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Siempre la crónica 

Es indudable que el género periodístico por excelencia es la crónica. Diríamos, parafraseando a los cultores del ensayo como tipo literario, que ella es la más humana de las comunicaciones periodísticas, pues en su espacio, la información parece estar puesta al servicio del estilo, y éste, como bien anotó Buffon, representa el trazo indeleble de la condición humana.

La crónica, en términos literarios, nos trae noticias de la gesta conquistadora cuando América Latina fue avistada por Europa, hace ya seis siglos. Pero, como bien dice Susana Rotker en “La invención de la crónica”, la crónica periodística –que deviene en reinvención de los géneros literarios en nuestro medio hispanoamericano—surge en el contexto de las letras modernistas del siglo XIX, cuando José Martí, Rubén Darío y Manuel Gutiérrez Nájera, entre otros, imprimen en ella la “estilización del sujeto literario” a través de la cual se prescinde de la objetividad y se deriva en una suerte de información sobre el mundo, que es pretexto para forjar una escritura de sí. En este sentido, encontramos a la crónica –como hoy—a caballo entre la realidad y la autorreferencialidad a un yo que pretende hacerse estilo mediante una escritura enfáticamente literaria.

La crónica, además de ser un género periodístico-literario, también representa, como muchos discursos inscritos en el sistema de la cultura, un instrumento político. Así lo vio el cubano Juan Marinello –cercano a los modernistas--, quien dijo: “La crónica es una forma peculiar del periodismo, apresamiento del instante o de la figura representativa, del suceso trascendente, que esclarece el sentido de la historia política o cultural”.

Bajo esta hipótesis, La Palabra ha salido a las calles de Cali para interrogar fragmentos de sus espacios y de sus gentes, buscando dar cuenta de “la tercera orilla” que los caracteriza: el barrio Obrero de la nostalgia y el bailoteo, la morgue del Hospital Universitario, la calle 12 en pleno centro urbano, y otras instancias, quieren ser apresadas por una pluma conciente del estilo pero también de la necesidad de informar más allá de cualquier afán de objetividad. Se trata, incluso, de reinventar la ciudad a través del periodismo literario.

Quisimos darle contexto a las páginas que siguen, observando cuál es el panorama de la crónica en Colombia, país cuya permanente situación “crónica” ha hecho que el género, contrario a lo que muchos piensan, permanezca como instancia trascendente para el ejercicio del periodismo literario. Desde Luis Tejada, el célebre y fugaz autor de “Gotas de tinta”, hasta Germán Téllez, pasando por los poetas Porfirio Barba Jacob, Rogelio Echavarría y Héctor Rojas Herazo, más una pléyade en la que convergen periodistas y escritores de oficio (Antonio Caballero, Antonio Morales, Daniel Samper Pizano…), la crónica siempre ha declarado sin afanes algunos sucesos que por su tratamiento se han vuelto inolvidables a los ojos de los lectores de todas las épocas. De alguna manera esto es lo que confirman en este número las palabras de Mary Luz Vallejo y Juan José Hoyos, quienes en la pasada Feria del Libro de Univalle adelantaron talleres de periodismo alrededor de la crónica y de otros géneros.

El periodismo de hoy se debate entre las urgencias del mercado y la exigencia de lectores que cada vez tienen menos tiempo para leer pero que demandan más información que garantice agilidad y diversión. No obstante, cuando se trata de la crónica, sus páginas, si se acogen al mandato del estilo, siempre serán un bálsamo en medio del afán de las noticias.