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Breve inventario del
cuento
En algún pasaje de “El mundo, el texto y el
crítico”, Edward Saíd, uno de los estudiosos
interculturales más importantes del siglo XX,
refiere cómo el crítico literario Erich Auerbach
escribió su “Mímesis” en circunstancias singulares.
Auerbach había viajado de Inglaterra a Estambul, en
pleno oriente, para levantar, desprovisto de su
biblioteca, ese portentoso estudio sobre la
representación en la literatura occidental. La
singularidad del lugar y el distanciamiento
geográfico y cultural, sumados como factores al
vasto conocimiento de Auerbach, fueron fundamentales
para la escritura de “Mímesis”.
El vínculo entre escritura, imaginario y geografía
está presente no sólo en el ejercicio crítico sino
también, y sobre todo, en la faena creativa, es
decir, en todas las modalidades que la literatura
ofrece y hállese donde se halle el creador
literario.
Basta con ir a cualquiera de los nombres clásicos,
modernos o contemporáneos que se imponen, para
escuchar el diálogo fecundo entre espacio
geográfico, memoria, imaginario y representación
literaria. Oigámoslo en el más remoto Homero, en el
moderno Joyce que redescribe su “Odisea” en el
Dublín al que tanto le deben él y Dylan Thomas, o en
el actualísimo Pedro Juan Gutiérrez, quien reinventa
La Habana de última generación a la manera de un
nuevo Cabrera Infante. Se trata de entender la
escritura literaria como espacio de convergencia de
móviles geográficos que a través del acto de la
representación son convertidos en hechos literarios
y simbólicos, que le dan identidad, nombre y
prestigio al corpus literario de una región.
Narradores como Jorge Luís Borges, Carlos Fuentes o
Héctor Rojas Herazo se deben a la alquimia producida
por la confluencia de dos patrias, la física y
tangible, provista de pampas, ciudades, llanuras y
desiertos, y la de la lengua literaria, que
transforma la primera en símbolo perenne.
De alguna manera esto es lo que sucede en la mayoría
de cuentistas que La Palabra presenta en esta
edición. Muchos han nacido en el Valle del Cauca,
pero también otros han venido de lejos para hacerse
habitués (¡‘caro’ Cabrera Infante!) de estos lugares
a fin de vivirlos e incorporarlos al cotidiano
existir mediante el ejercicio creativo, en un
espectro rico y sugerente que va del cubano Alberto
Dow hasta la caleña Ángela Rengifo (joven escritora,
estudiante de la Maestría en Literatura de Univalle,
y quien recientemente ganó el Premio de Cuento Jorge
Isaacs), pasando por el norteamericano Tim Keppel o
el tolimense –o tolimeño, por aquello de su bien
ganado estatuto caleño-- Boris Salazar.
La convergencia de la que venimos hablando también
se da en la lírica. Gracias a las palabras de
Giovanni Quessep podemos intuir cómo el espacio
geográfico más remoto, hecho símbolo en el espacio
presente, resulta metaforizado en la poesía
contenida, casi alada, hecha de silencio y misterio
del creador caribeño.
La Palabra
vuelve a este grupo de creadores literarios que
deliberadamente o no inscriben sus figuraciones en
un espacio al que se deben originalmente o al que
han llegado para cumplir con el acto vital de la
escritura. Finalmente, una investigación más honda
tendrá que dar cuenta de qué cuentan las mujeres
vallecaucanas en el pulso del cuento, para responder
a una pregunta que siempre rondó la preparación de
este número, con el que de la mano del fallecido
Rogelio Salmona le decimos adiós a 2007.
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