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Vistazos a la escena
teatral en Cali

En un entusiasta texto de 1965 dedicado a la
impetuosa Fanny Mikey y a uno de esos Festivales de
Arte de Cali ya tan lejanos, Gonzalo Arango, el
poeta nadaísta, escribe: “¡Compatriotas! Si se
quieren sentir orgullosos de ser colombianos, si
quieren tener idea de lo que es una patria con
majestad, con cultura y con un gran pueblo, vayan a
Cali y verán que Colombia puede ser, que Colombia es
la mejor de las patrias posibles”.
Cuarenta años después, vale preguntarse: ¿Qué pasaba
en esa época en Cali para que Arango apostara
incluso su conciencia de poeta a una ciudad que ese
mismo año vería coronar por primera vez al Deportivo
Cali campeón del fútbol colombiano?
Esas palabras parecieran hoy inverosímiles en un
medio como el nuestro, donde ha hecho carrera la
idea de que en Cali la cultura gira alrededor de
unos agitados y sudorosos pasos de salsa, aderezados
con miel y azúcar, para evocar al chontaduro y al
raspao. Lo cierto es que entre 1960 y 1970 Cali no
se preparó únicamente para convertirse en la Capital
deportiva de América sino que también impulsó, como
bien es sabido, una empresa cultura en todos los
órdenes, especialmente el teatral, y que gracias a
la gesta histriónica de Enrique Buenaventura y Fanny
Mikey (semilla y gerencia del TEC, respectivamente)
pudo situarse en el campo cultural del país como
ciudad despierta, beligerante y cultora del mundo de
las tablas.
Pero, ¿qué sucede hoy en Cali? Lo mismo, aunque
diferente; la escena teatral, con todos sus matices
y niveles, es quizá similar o mayor; la diferencia
estriba en los personajes y espacios que no están y
que han surgido, y en el hecho de que el paisaje de
la ciudad, a pesar de que sigue devastado, le brinda
al espectáculo un interesante caldo de cultivo. Ante
el auge de festivales, grupos, corporaciones y
movimientos, vale reivindicar las palabras de
Orlando Cajamarca: “El teatro en Cali está vivo, así
lo expresa la gran actividad teatral de grupos
aficionados en barrios, colegios, empresas—la
actividad de equipos estables de teatro que se
mantienen y, antes del grito del TEC, se han
replanteado la crisis en la relación con el público
y el modelo de producción y mercadeo” (‘¡Hacia dónde
va el teatro en Cali!’).
La Palabra
hace eco a esta apreciación y presenta ahora una
cartografía del teatro contemporáneo en la Cali del
siglo XXI. Más con vocación de inventario que con
pretensiones críticas, esta muestra pone de relieve
las acciones culturales de un puñado de grupos que
parecen entender muy bien a Arthur Millar cuando
dice que “el
teatro no puede desaparecer porque es el único arte
donde la humanidad se enfrenta a sí misma”.
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