Editorial – La protesta social

La protesta social




Foto: Darío Trullo Ramírez


Como nunca se había visto en décadas, centenares de miles de colombianos salieron a las calles a expresar su descontento ante el gobierno nacional por la situación de precariedad económica, en peligro de agravarse por el paquete de medidas anunciadas por el presidente Duque. Lo inédito han sido los cacelorazos continuados en todos los sectores sociales y las marchas que se siguen realizando en todo el país. Fenómeno que amerita ser tenido en cuenta por lo que significa como cambio para la sociedad colombiana. No se pueden negar los asesinatos de líderes populares, ni lo inequitativo del sistema tributario, las carencias en salud y educación, ni la incerteza de la reforma al sistema pensional de la cual desconfían los que menos ganan, ni la desbordada desigualdad y exclusión social que padece la mayoría de nuestra población. Esta explosión de descontento social requiere ser bien interpretada para buscarle soluciones y salidas en beneficio real para la paz y la democracia colombiana.

La marchas representan el clamor de las gentes por mejorar la condiciones de vida, por un país más justo y equitativo. De ninguna manera atentan contra la democracia, como algunos partidarios del gobierno y ciertos medios han venido expresando. Satanizar y manipular la información en nada contribuye para encontrar el diálogo real y necesario para lograr acuerdos que atiendan a los cambios que necesita el país.

El vigor, la creatividad y el entusiasmo de las multitudinarias marchas ha corrido por cuenta de la juventud de universidades, colegios y escuelas de todos los estratos sociales. Conmueve ver jóvenes de municipios y barrios populares cargando sus pancartas pidiendo un futuro mejor. Muchos se autodefinen como una generación que ya no tiene nada que perder ante el oscuro panorama laboral que los espera. En las universidades públicas el estudiantado ha sido fundamental para la conquista de la financiación adecuada de la educación. Ahora los preocupan que muchos acuerdos no se han cumplido, y por supuesto, se suman al clamor de los demás sectores de la población con los que se identifican y solidarizan.

La protesta puede acrecentarse en lo que resta del año y augura mucho para el 2020. El desenlace aún tiene mucho de impredecible. La conciencia generalizada en la mayoría de los colombianos requiere un giro de fondo en el manejo del país. Cambio de rumbo que no se logrará sino con diálogo y profundizando en el proceso de paz que tanto necesita el país. Hay que escuchar de verdad el clamor popular, negociar con los verdaderos actores, y tener la paciencia y voluntad para que se consigan acuerdos que le den el rumbo que Colombia se merece en el siglo XXI.

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