Editorial – Brasil a la deriva

Brasil a la deriva




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Grave la situación de desolación y muerte que asola al Brasil. El gigante latinoamericano, por el torpe manejo del actual gobierno de Bolsonaro, ya ultrapasó a Estados Unidos en el record de mayor número de muertes por día. La batalla contra el virus es desigual: hay filas para el acceso a las unidades de terapia intensiva y faltan herramientas esenciales para entubar, sedar y ofrecer oxígeno a los enfermos. Según los expertos de ese país, casi el 80% de la población cree que el virus está fuera de control. Mientras, Bolsonaro desestima la situación por televisión y no atiende al clamor de las múltiples manifestaciones de la gente.

Con un promedio, con tendencia a subir, de 3.200 muertes diarias la última semana, el país de Lula se ubica solitario de primero en el ranking mundial. La letalidad del coronavirus llega a 11.2 muertes por millón de habitantes, el más alto del continente. Un estudio de la Universidad Federal Fluminense pronostica que se puede llegar a 5000 muertes diarias al final de abril o inicio de mayo.

La crisis hospitalaria es dantesca. Para los médicos brasileros el pan de cada día lo copa una sucesión interminable de decisiones sobre quién vive y quién muere, luchando con el trauma mental de que se sigue. En este espejo terrible se reflejan los dramas que en mayor o menor escala se han vivido en el mundo por causa de la pandemia.

El manejo de la pandemia, las responsabilidades de los gobiernos, se puede avaluar por aspectos cruciales como en el caso del gobierno de Bolsonaro: subestimó la pandemia (la llamó “gripita”); desestimó las medidas de bioseguridad (asistía a actos públicos sin tapabocas, fue a tiendas y a la playa); redujo los recursos para la red hospitalaria pública (disminuyó de 320 mil millones de reales en 2020, a 44 mil millones en 2021); retrasó las compras de vacunas (rechazó en agosto la compra de 70 millones de dosis a Pfizer y de otras farmaceúticas, la situación la han salvado los estados, como los del Nordeste o Sao Paulo); retiró fondos de la salud en el peor momento de la pandemia (miles de millones desviados); invirtió en medicamentos que no funcionaban (designó recursos para el Ejército en la producción de remedios que no sirvieron); despidió a dos ministros de Salud que sabian de medicina porque se negaban a aceptar su política negacionista (nombró a un general en la cartera de Salud); desatendió los requerimientos mínimos de los profesionales de la salud y los pacientes (el caso de Manaus fue el más aberrante); negó la ayuda a las poblaciones indigenas y afros, de mayor vulnerabilidad (ni agua potable, ni alimentos fueron suministrados), y ocultó los datos para minimizar la gravedad de la pandemia.

El caso de Brasil pone a pensar al mundo. Si por allá llueve, en otros lugares tampoco escampa. Razón tiene el pedido de ex presidente Lula a Biden, para que convoque una cumbre de líderes mundiales, los del G 20, sobre la emergencia del Covid 19. Los países ricos deben ayudar a los países más urgidos y con escasos recursos.

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