Dossier Especial del 71 – “Sólo con la autonomía se puede democratizar la Universidad”

“Sólo con la autonomía se puede democratizar la Universidad”
Ricardo Sánchez Ángel
Recuerdos del 26 de febrero

La Universidad del Valle no volvió a ser la misma, ni tampoco las demás universidades colombianas después del 26 de febrero de 1971. El movimiento del 71 introdujo una ruptura en la formas de llevar la vida universitaria con la participación de profesores y estudiantes, con cambios al unanimismo de los currículos impulsados por parte de los intereses de las élites modernizantes. Ricardo Sánchez Ángel, líder del movimiento estudiantil del 71, recuerda y valora los hechos vividos hace 50 años.


Por: Equipo La Palabra





Ricardo Sánchez Ángel, abogado de la Universidad Santiago de Cali, magíster en Filosofía y doctor en Historia de la Universidad Nacional de Colombia.
Foto: https://cutt.ly/dlNJncm


El día que mataron a Edgar Mejía Vargas

Ese día yo estaba en la Universidad del Valle y me proponía acompañar la manifestación. La Universidad estaba militarizada. La manifestación era precisamente para protestar por eso. Había muchos policías y soldados. Salimos a la manifestación, y a las pocas cuadras supimos que a Edgar Mejía Vargas lo habían asesinado brutalmente con un disparo en la cabeza, había quedado totalmente descerebrado. Ese fue el acontecimiento. Seguimos marchando, mientras empezaron a generarse una serie de reacciones normales de ira. Grupos de estudiantes empezaron a manifestarse de una manera bastante airada. Finalmente, el desbordamiento fue muy grande. A la marcha por la calle quinta se fueron sumando muchas gentes, no solo estudiantes, paisanos. Había mucha posibilidad de armarse porque estaban en obras públicas. Entonces había mucho fierro, había mucho ladrillo, mucha piedra. Esto empezó a propiciar una respuesta muy dura y muy fuerte. La consigna era ir hasta la Plaza de Caicedo, a la gobernación. Yo terminé siendo marginado de algo que fue caótico posteriormente, porque empezaron a llegar noticias de quema de buses. Recuerdo que, en la marcha que yo iba, estaba al frente una bomba de gasolina. A mí me dio muchísimo miedo y muchísima preocupación que con esta situación de ira fueran a incendiar esa bomba de gasolina. Y fui y me puse con los brazos abiertos. Tenía algún reconocimiento entre los compañeros que iban en el mismo grupo y planteé: “Por aquí no, por aquí no, hacía allá”. Y logré desviar ese objetivo. Seguramente hubiera sido una verdadera catástrofe, pero esa imagen me ha visitado muchísimo. Fue una escena para mí de mucha preocupación, angustia, sobre lo que pudiera suceder. Luego busqué dónde refugiarme porque declararon el toque de queda muy temprano, hacía la una o dos de la tarde. Había mucha soldadezca haciendo tiros. Había mucho desconcierto, y empezó a reconocerse que había levantamientos en los barrios, había una marcha de maestros que coincidía para ese día, una protesta de proletarios, había un paro de FECODE, una marcha de Buenaventura a Cali de gentes de toda condición. Eso ya era inimaginable, altamente riesgoso o peligroso. Me retiré y me refugié en la casa de algún amigo o amiga. Fuimos perseguidos, encarcelados. La dirección del movimiento fue encarcelada. El entierro de Edgar al otro día se hizo sumamente controlado. No se podía llegar al entierro. No obstante, nos reunimos el comité de huelga e hicimos luego nuestra propia marcha en el entierro, en la decisión de esa marcha tuve las convicciones más profundas de que teníamos que enterrar a nuestros muertos, y ese era el imperativo del momento, como enterramos muchos muertos durante todas las luchas del movimiento estudiantil.

El acontecimiento mismo fue inmenso, una verdadera rebelión, ríos de gentes. Todo está muy bien descrito en la novela de Gabriela Castellanos – Jalisco pierde en Cali – un trabajo minucioso de reconstrucción y documentación de esta gran rebelión del 26 de febrero. Eso ya había dejado de ser una rebelión estudiantil para convertirse en una rebelión popular, social; al levantamiento en la plaza, se sumaron los estudiantes de los colegios de bachillerato – Santa Librada, Politécnico, la Normal de Señoritas, el Eustaquio Palacios, el Liceo Departamental Femenino, el INEM, el Saavedra Galindo, entre otros, incluso privados – en una explosión de ira poco vista en la ciudad en muchas décadas. La medida del toque a la una o dos de la tarde fue un boomerang, eso caldeó los ánimos de la rebeldía.

La significación del 71

El 71 fue una rebelión, una inconformidad frente a esa cultura boba, tecnocrática, que imperaba en las universidades. Se luchó por abrir las universidades a lo social, a las corrientes internacionales genuinas del pensamiento y la cultura. Queríamos conectarnos con las luchas de Estados Unidos, contra el imperialismo, contra el racismo, contra la guerra de Vietnam. Aquí nos beneficiamos mucho de la Revolución cubana. Igualmente el Mayo del 68 en Francia fue para nosotros un acontecimiento educativo extraordinario. La lucha contra la burocracia estalinista en la Unión Soviética, en Praga, junto a los distintos países del socialismo realmente existente donde hubo verdadera revolución política, eso alimentaba los espíritus de manera extraordinaria. El ejemplo de la Revolución china gravitaba, la de Rusia en octubre de 1917 estaba siempre ahí como trasfondo. Se volvieron a desempolvar figuras icónicas que habían sido desterradas del propio movimiento comunista internacional, dominado por las corrientes del estalinismo. Rosa Luxemburgo volvió a ser una de las figuras importantes entre nosotros. Trotsky fue recuperado con la biografía de Isaacs Deutscher, que tuvo una gran acogida entre nosotros. Todo esto era una apertura, se hacían los seminarios en torno a Marx, luego va a jugar un papel fundamental la figura de Estanislao Zuleta en la organización de la cultura, ya lo venía haciendo en Bogotá, en la Universidad Libre como profesor con Hernando Llanos y Mario Arrubla con las lecturas de El Capital. El estudio de Marx invitaba a tomar la cultura en serio, por fuera del catequismo de manual, contra el dogma, y retroalimentaba el pensamiento político.

Las dos corrientes distintas a la nuestra más importantes, a la corriente socialista que agrupó profesores y estudiantes, y se vinculó al Movimiento obrero y Magisterial, fueron la Juventud Patriótica JUPA), que formaba parte del MOIR, y la Juventud Comunista (JUCO), que formaba parte del Partido Comunista. El líder nacional de la JUPA era Marcelo Torres y el líder de la JUCO era Jaime Caicedo, hasta hoy destacados luchadores de la izquierda. Teníamos diferencias muy grandes – teóricas y políticas -, pero coincidimos en una batalla que se tomó y logró en el Encuentro Nacional Estudiantil de Palmira, donde se aprobó el Programa Mínimo de los estudiantes con las 27 representaciones de estudiantes, algo muy grande para la época. Sólo la Universidad Gran Colombia se abstuvo o votó en contra. Y ahí se logró un consenso y el nombre mismo indica que era un programa mínimo, un acuerdo mínimo sustancial. Bastante bueno para el momento, hicimos bien en llegar a ese acuerdo las distintas corrientes y sacarlo adelante, ahí se recoge la experiencia de las luchas contra las fundaciones americanas y su injerencia en la universidades.



El movimiento estudiantil no fue el único protagonista de las protestas y movimientos sociales, pues participaron también partidos y agremiaciones como el Partido Comunista Colombiano (PCC), el Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR), la Juventud Comunista Colombiana (JUCO), estudiantes y mujeres.
Foto: Archivo Jorge Silva, colección particular.


La abolición de las fundaciones americanas

Diego Roldán Luna, en su Historia sobre la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas de la Universidad del Valle, presenta un panorama muy completo del contexto social del conflicto del 71. Ahí se habla de los documentos que los estudiantes encontraron en la toma de la rectoría que mostraban la indebida injerencia de las fundaciones Ford, Kellog y Rockefeller en la Universidad, en la rectoría de Alfonso Ocampo Londoño. Estaban las clausulas impositivas sobre los programas y el manejo de la Universidad. Eso le dio al movimiento una profundidad antiimperialista real, no retórica. Es que los cogimos con las manos en la masa y no pudieron refutar, tenían que defender que eso era bueno, que eso tenía que ser así, como defienden ahora que los convenios de las multinacionales con las vacunas tienen que ser así, es decir, de sometimiento, y además porque la Universidad del Valle ya había tenido un bautizo de lucha antimperialista que fue la lucha contra los Cuerpos de Paz que habíamos hecho en años anteriores, en la cual logramos la cancelación del programa de Cuerpos de Paz en Colombia. Un movimiento que se hizo en la Universidad del Valle, igualmente los cogimos con las manos en la masa. Mostramos la intencionalidad que había detrás de ese debate. Tan grave fue eso que el gobierno decidió cancelar ese tema, había un debate en el Congreso y una generalización en la conciencia de los jóvenes a nivel nacional, especialmente en la Universidad Nacional, gran epicentro de mucha fuerza, de tradición del movimiento estudiantil. Esto lo demuestro en mi libro Universidad y Política, fruto de mi experiencia, pues he tenido la oportunidad de tomarle pulso directo, de actuar y saber cómo es la profundidad de esa rebeldía y de esa conciencia que se ha dado en la Universidad Nacional, que ha alimentado los cambios y ha evitado que la reacción política pueda imponer el control sobre la Academia. Las universidades resisten al autoritarismo con creatividad, unidad y propuestas.

Lo que resta de la experiencia vivida

La lucha le ha dado mucha tranquilidad a mi vida. Siempre me he sentido un continuador humilde pero real, nada solitario. He sido derrotado en muchas batallas, pero no he sido vencido, me enriquece mi espíritu, la consciencia de esa larga tradición de luchas, por hacer de la Universidad un escenario real de los saberes a favor de la emancipación humana, y eso es lo que me alimenta y me sigue alimentando la consciencia. De manera que esas experiencias tienen mucha vigencia. En estos momentos de autoritarismo tan fuertes, de enclaustramiento, vuelvo a decirlo: necesitamos poner las libertades en primer lugar. Las libertades en materia universitaria significan autonomía. Sólo con la autonomía se puede democratizar la Universidad; se pueden conseguir los cambios curriculares; los programas definidos por criterios científicos y psicológicos; darle a la literatura la presencia que merece, no marginal; ligar la medicina con las ciencias sociales, y concebir las ciencias naturales como parte de la historia natural y social. En fin, una batalla contra la división del trabajo en los aspectos del saber completamente impositiva. Estamos en tiempos de la lucha por la libertad contra toda forma de autoritarismo.

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