Dossier Especial del 71 – Masacre de Tlatelolco. Efeméride de un rojo amanecer

Masacre de Tlatelolco
Efeméride de un rojo amanecer

El verano del 68 dividió la historia social y política de México en dos: un antes y un después de la barbarie que, a diez días de la inauguración de los Juegos Olímpicos realizados en el territorio azteca, puso fin indiscriminadamente a la vida de cientos de manifestantes. Han pasado 52 años de la matanza y aún se desconoce la cifra exacta de cuántos fueron asesinados a manos del gobierno durante la temida noche del 2 de octubre. Tlatelolco simboliza las huellas de un pasado sin resolver.


Por: Natalia Candado López
Estudiante de Licenciatura en Literatura





“Eran casi las seis de la tarde, el mitin estaba por finalizar, un helicóptero sobrevoló la plaza del cual se dispararon bengalas, era la señal del Batallón Olimpia, los francotiradores abrieron fuego, estudiantes, madres, hermanos, vecinos, obreros… todos corrieron por la Plaza de las Tres Culturas y las inmediaciones del Edificio Chihuahua”.
Foto: https://www.reporteindigo.com/reporte/mexico-a-49-anos-la-matanza-tlatelolco/


El 2 de octubre de 1968, la Plaza de las Tres Culturas, ubicada en Tlatelolco (Ciudad de México), sirvió de escenario para perpetuar uno de los actos más sangrientos y desgarradores en la historia del continente latinoamericano: el asesinato de cientos de estudiantes, profesores, niños, amas de casa y obreros que, convocados por el Consejo Nacional de Huelga (CNH), se manifestaban en contra de la represión militar y el autoritarismo gubernamental de la época, exigiendo la liberación de los presos políticos y la desarticulación del grupo antimotines cuerpo de granaderos, con el fin de garantizar el bienestar y la libertad de expresión dentro y fuera de las instituciones de educación; teniendo en cuenta que, luego de la creación del movimiento estudiantil en julio del mismo año, tanto la Universidad Nacional Autónoma de México como el Instituto Politécnico Nacional, habían sido militarizados por orden del presidente al mando, Gustavo Díaz Ordaz, quien aseguraba que dicha rebelión era promovida por un grupo de comunistas infiltrados con el fin de sabotear los Juegos de la XIX Olimpiada.

Si bien el verano del 68 transformó la postura crítica de gran parte de los ciudadanos frente al mecanismo de gobierno establecido desde la culminación de la Revolución Mexicana por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), es necesario resaltar que, a lo largo de la década del 50, médicos, mecanógrafos, obreros y diversos profesionales, habían emprendido la lucha con protestas multitudinarias que encendieron las ansias de transformación en un pueblo abatido por la corrupción y la incertidumbre en el marco de la Guerra Fría. No obstante, sus voces fueron acalladas rápidamente con la intervención militar. Ahora bien, el conflicto que desencadenó la tragedia aquel verano sombrío, fue originado por una riña entre alumnos de la vocacional 5 y la preparatoria particular Isaac Ochoterena, el 23 de julio de 1968. Es decir, los sucesos que condujeron a esta carnicería de tanta repercusión comenzaron con una serie de nimiedades. La brutalidad policial convirtió por medio de la represión, un problema juvenil en un enfrentamiento político.

Así pues, a unos días de la fundación del movimiento nacional estudiantil, el rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, propuso la creación del CNH, encargado de convocar y representar a las diferentes universidades y escuelas de la capital mexicana ante el gobierno, con el fin de hacer cumplir un pliego con seis peticiones que permitirían recobrar la autonomía de las diferentes entidades. El movimiento estudiantil tomó fuerza con rapidez. En todos los rincones de México se hablaba de la irreverencia y el empoderamiento de la juventud que buscaba reivindicar el verdadero sentido de la dignidad. Mientras tanto, los grandes dirigentes se ocupaban de estructurar la estrategia perfecta para exterminar la rebelión y mantener una imagen inexistente frente a los países desarrollados: México, sin importar los contratiempos, sería la sede de los Juegos Olímpicos y la Olimpiada Cultural. Parafraseando a Octavio Paz, una increíble ironía para un país que oficialmente mataba estudiantes, encarcelaba profesores, rodeaba los institutos de cultura de tanques y practicaba el terrorismo total contra los intelectuales.

El temido 2 de octubre llegó un día después de la salida del cuerpo de granaderos del campus universitario de la UNAM, como señal de acercamiento entre el gobierno y los revoltosos. Luego de una extensa y fallida conversación entre los representantes del CNH y los enviados de Díaz Ordaz, se convocó a un mitin para dar inicio a la huelga de hambre que se llevaría a cabo durante diez días, hasta la inauguración de los tan esperados Juegos Olímpicos. A la Plaza de las Tres Culturas llegaron al menos 10.000 personas que coreaban al unísono una frase inmortalizada por la sangre: “¡No queremos olimpiadas, queremos revolución!”. Los oradores, ubicados en el tercer piso del edificio Chihuahua, pronunciaban su discurso sin temor alguno. Parecía ser un miércoles común, hasta que los policías y militares sobrepasaron en cantidad a los manifestantes. Justo después de culminar la reunión y pedir a los asistentes que regresaran a sus casas para evitar la violencia, tres luces de bengala entre verdes y rojas iluminaron el cielo. Fue la señal para dar inicio a dos prolongadas horas de terror; se puso en marcha la “Operación Galeana”, era imprescindible eliminar al enemigo.



La Estela de Tlatelolco, piedra que lleva tallados los nombres de las víctimas de la masacre de Tlatelolco de 1968, ubicada en la Plaza de las Tres Culturas, Ciudad de México.
Foto: https://www.cipdh.gob.ar/memorias-situadas/lugar-de-memoria/estela-de-tlatelolco/


Infiltrados como civiles e identificados con un guante blanco, el grupo paramilitar Batallón Olimpia y algunos francotiradores ubicados en las azoteas de los edificios que rodeaban la plaza, abrieron fuego indiscriminadamente contra la multitud, sumándose los militares que aparentemente desconocían el plan y seguían la única orden de responder en caso de violencia. Los manifestantes indefensos ante las armas fueron acorralados, no había salida diferente a la muerte, la desaparición o el apresamiento; quienes intentaron huir solo consiguieron prolongar la tragedia. Las fuerzas militares irrumpieron sin autorización previa en los diferentes bloques residenciales, y haciendo uso de la fuerza lograron ingresar a cada apartamento con el objetivo de capturar a quienes habían logrado esquivar los proyectiles. Luego de recibir brutales golpizas, los jóvenes manifestantes fueron encarcelados por periodos que se prolongaron hasta tres años después de lo ocurrido. Manifestarse en contra del gobierno fue considerado un delito. Por el contrario, acabar con una cifra indeterminada de seres humanos fue un crimen que se evaporó en la impunidad. No existió ningún reparo. Hombres, mujeres y niños fueron asesinados sin la más mínima compasión. Tlatelolco vio correr la sangre de los huelguistas por las grietas de sus calles. Ahora bien, no fue el fin de la revolución: los poderosos ganaron una batalla, pero apenas iniciaba la guerra. Aquel 2 de octubre pasó a la historia como la profusa huella de un rojo amanecer, la Plaza de las Tres Culturas guarda en cada tramo las esperanzas deshechas de miles de mexicanos que, envalentonados por la revolución levantaron la voz y fueron silenciados eternamente por un poderoso ejército de plomo.

Diez días después de la barbarie se inauguró por todo lo alto aquello que Díaz Ordaz denominó “La Olimpiada de la paz”, enfatizando en la importancia del papel de los jóvenes como edificadores de la armonía y la unidad de los pueblos. Con un estadio rodeado de tanquetas y el hedor de la sangre aun evaporándose en las calles de México, fueron liberadas 15.000 palomas blancas, un simbolismo irónico teniendo en cuenta los acontecimientos. La indignación fue reemplaza por medallas y días enteros frente a la pantalla de un televisor. Los Juegos se convirtieron en la estrategia perfecta para invisibilizar la masacre ante los ojos de un pueblo abatido por la represión. Gustavo Díaz Ordaz pronunció su frío discurso de apertura, recordando las palabras de Carlos Fuentes, “con una sonrisa de satisfacción tan amplia como su hocico sangriento”.

Se desconoce el papel de los protestantes dentro de los quince días televisados dedicados al desarrollo de los Juegos, puesto que las innumerables cámaras fueron utilizadas para grabar únicamente lo estimado como conveniente, con el fin de elevar la buena imagen de México ante el mundo. Sin embargo, existe el rumor de la presencia de una cometa en forma de paloma negra que rodeaba el palco donde Díaz Ordaz divisaba el desarrollo del evento deportivo. Asimismo, aunque prevalecía el silencio, las principales calles de la Ciudad de México fueron empapeladas con gráficos de protesta, en los que se plasmaba lo ocurrido a principios de octubre: palomas blancas atravesadas por bayonetas, soldados que emergían de los aros olímpicos cargados de armas, granaderos golpeadores y tanquetas listas para atacar. Los sobrevivientes seguían dispuestos a permanecer en la lucha, algunos de manera pacífica; otros tantos optaron por marchar hacia una revolución que los llevaría a enfrentarse en otra angustiante pugna durante al menos tres décadas: la cólera de los jóvenes fortaleció a los grupos abatidos entre 1970 y el 2000 en la conocida “guerra sucia”.

El 2 de octubre de 1968 trascendió en la historia de México como un sinónimo de resistencia. Hay incluso quienes lo señalan como un momento crucial para la transición del país hacia una democracia que, aún en la actualidad, se encuentra en proceso. Ese día tan inolvidable como doloroso, consiguió fragmentar la estabilidad política del pueblo azteca. El ataque a Tlatelolco se convirtió en el símbolo que inspiró a la creación de diversos movimientos juveniles políticos y al alistamiento de gran cantidad de mexicanos en los diferentes grupos guerrilleros a lo largo del país. Quienes participaron, según Sergio Aguayo, investigador del Colegio de México, “empezaron a crear las instituciones que gradualmente debilitaron los cimientos del autoritarismo”, consiguiendo derrocar al PRI a inicios del nuevo milenio. Ahora bien, la transformación es tan gradual como eterna. México, como el resto de Latinoamérica, es territorio de impunidad. Todos los asesinados y desaparecidos el 2 de octubre son el reflejo del gran fracaso del Estado y de la inexistencia de justicia en el país.





Así titulaban los medios la masacre de Tlautelolco.
Foto: https://www.pinterest.com.mx/pin/454089574907978226/

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