Dossier Especial del 71 – La novela del 26 de febrero

La novela del 26 de febrero

La muerte de Edgar Mejía Vargas, asesinado por el Ejército el 26 de febrero de 1971 en las inmediaciones de la sede de Univalle en San Fernando, y todo el contexto de las protestas estudiantiles de ese momento, constituye el eje del universo narrativo que la escritora Gabriela Castellanos Llanos reelabora para dar cuenta de quiénes fueron sus protagonistas: muchos jóvenes que, junto a sus compañeros de universidad y del colegio, se destacaron en la rebelión por la autonomía, la participación en la tomas de decisiones de la Universidad y en la democratización del acceso a la educación superior. Jalisco pierde en Cali desentraña la intimidad de los ideales del movimiento.


Por: Ángela Rosa Giraldo Cruz
Estudiante de la Mestría en Literatura Colombiana
Universidad del Valle





Gabriella Castellanos Llanos, autora de Jalisco pierde en Cali.
Foto: https://cutt.ly/mlNV4PR


Cuando vi que no tenía idea de quién era Jalisco ni de qué le estaba hablando, me puse a tratar de refrescarle la memoria.
Jalisco pierde en Cali

Jalisco pierde en Cali (2015), de la autora Gabriela Castellanos Llanos, es la paradoja personificada del estudiante que nunca perdía; ni como voleibolista de la Selección Valle, ni como galán con las mujeres, ni como monitor del Departamento de Educación Física. Pero aquel viernes 26 de febrero de 1971, hace 50 años, fue el primero de muchos en perder la vida en los predios de la Universidad del Valle a manos del Ejército Nacional de Colombia: “¿Dónde estás Jalisco que no te veo? Ah estás ahí detrás de ese arcoíris la camisa de Edgar, sino una acumulación de brochazos de todos los colores; quizá un poco psicodélica”.

La novela, basada en los hechos verídicos que enmarcaron el emblemático Movimiento Estudiantil Colombiano de 1971, transcurre en un solo día, en el que todos los personajes quedan sitiados por el suceso de la revuelta estudiantil, de la pedrea, del bloqueo, del incendio, de los francotiradores, del toque de queda. Ésta podría ser una metáfora del país en cuanto a los tiempos que corrían de reformas, como el cuestionado Programa de Modernización a la Educación Superior, implantado por el presidente Misael Pastrana Borrero, y que en ese entonces lo hizo efectivo en Univalle el rector Alfonso Ocampo Londoño, apodado Alfonso, El Soberbio. La linealidad del relato se rompe frecuentemente con secuencias cronológicas que trasladan la acción a los ensueños y recuerdos de sus personajes, o al recuento histórico de la ciudad, que arrastra un signo trágico y carnavalesco desde su mismo nombre, alusivo a la diosa hindú, guerrera y antropófaga.

El mundo femenino en Jalisco pierde en Cali también es protagonista, lo cual es apenas lógico, dado que la autora es una de las pioneras nacionales de los estudios y enseñanza de género. Pues bien, este universo se configura en personajes que trascienden barreras, como la rebelde Catalina, Cristina que escribe, y las monjas holandesas, que conforman un grupo parroquial con sor Juana, sor Esther, y hasta con la monja delatora sor Francisca, quien está en desacuerdo con los nuevos lineamientos del Concilio Vaticano II, y se burla de la Teología de la liberación. También están presentes en la novela las líderes estudiantiles Luz Ángela Mondragón, y sobre todo, Vicky Donneys, apodada por sus ojos rasgados y su cabello liso como La Vietnamita. Este personaje, que se corresponde con la vida real, se merece una novela entera por su poder de oratoria y por su capacidad de convocar al estudiantado universitario y colegial a unirse a la revolución estudiantil. En la novela de Gabriela Castellanos Llanos, esta menuda mujer vibra y persuade:

“La vietnamita se aparece en todas partes: en el INEM, en Santa Librada, en el Politécnico, en el SENA, en la plazoleta de Medicina de la Universidad del Valle, en la calle. Vicky Donneys se sube en un estrado, en una tarima, en una mesa, en un muro, en un par de cajas de gaseosas, e inmediatamente se transforma.”





Foto: https://www.buscalibre.com.co/libro-jalisco-pierde-en cali/9789587651508/p/47217353


De muchas formas, en Jalisco pierde en Cali las mujeres son las portadoras de esa memoria colectiva, y las que empujan la revolución estudiantil y el cambio social.

A diferencia de Andrés Caicedo con El atravesado y de Gustavo Álvarez Gardeazábal con El titiritero, que publicaron sus obras recién acontecidos los hechos, para Gabriela Castellanos Llanos haber escrito la novela a 44 años del suceso histórico, le permitió construir una trama centrada en la memoria. No hablamos de una memoria volátil como la de la olvidadiza Cristina, la mamá de Catalina, a quien un año después los recuerdos se le esfuman para desconsuelo de su hija: “Tal vez tengo que resignarme a que mamá nunca va a entender por qué es tan importante para mí el trabajo con la gente. Y concentrarme en lo que estamos haciendo para recordar a Jalisco, y a toda esa gente.” La novela en sí, es un intento invaluable por hacer de la memoria algo perenne y colectiva.

El estar configurada desde la memoria le da a Jalisco pierde en Cali ciertos tintes de novela psicológica desde un tono íntimo. Acudimos a una especie de discurrir de la conciencia, al modo de Virginia Woolf, de quien la autora es una apasionada estudiosa. Ello se evidencia en las recomendaciones que el psicoanalista le entrega a Cristina para la escritura de su diario: “Él dice que deje salir todos mis pensamientos, lo que me fluya, como si estuviera en el diván, la famosa asociación libre”. Otra muestra de esos personajes que se repiensan, se desarman y se construyen, es la relación sobresaltada de Cristina y Catalina, madre-hija que intentan zanjar diferencias a través del discurso, de la reflexión de una mujer-madre que acepta sus equivocaciones y límites, para tratar de entender los bríos revolucionarios de su hija burguesa, quien del oeste de la ciudad, decide trasladarse al barrio hecho de invasiones: Siloé. De este modo, Catalina podrá trabajar palmo a palmo con las comunidades sin las presiones de la madre.

Es relevante en la novela de Gabriela Castellanos Llanos la fuerza simbólica y poética con la cual se personifica la barahúnda de la revuelta estudiantil del 26 de febrero de 1971:

“En cada rincón de la ciudad se fueron despertando huracanes que se habían quedado dormidos durante años en los zaguanes, colgando de los aleros entre amasijos de cables viejos, agazapados entre las hierbas en los lotes de engorde, doblados entre papeles rotos, sedimentados en botellas y latas vacías.” (…) “En medio de la calle se detienen, viendo como pasa lentamente una piedra sobre ellos, silbando, dejando en el aire ondas irisadas, reflejos de sol sobre los diminutos cristales que componen la piedra, para luego estrellarse en la parte trasera del bus”.

En ese orden de ideas, valdría la pena un concienzudo estudio del lenguaje poético en la novela Jalisco pierde en Cali.

Por último, y para quienes prefieren el erotismo, la novela también puede leerse como una historia de amor entre Catalina y Marcos, dos estudiantes de la Universidad del Valle, quienes creen en la utopía del cambio y hacen de lado sus diferencias sociales. Aquí una prueba del deseo: “Es una delicia ese beso, el contacto húmedo y caliente de los labios le reblandece aún más el cuerpo entero; algo pulsa y se abre entre sus piernas.” Nada más oportuno, para congraciarnos con el pasado y el presente, que leer con fruición Jalisco pierde en Cali, ahora que el actual gobierno propone una nueva reforma a la educación superior en Colombia.





Archivo El Tiempo, febrero 27 de 1971.
Foto: https://cartelurbano.com/historias/aquella-utopica-bogota-una-mirada-la-contracultura-de-los-anos-setenta

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