Dossier Especial del 71 – “Allí cambió algo en la Universidad”

“Allí cambió algo en la Universidad”
Diego Roldán Luna

El entonces decano de los estudiantes en el 71, Diego Roldán Luna, un académico muy importante de la Universidad del Valle, quien escribió la Historia de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas, comparte sus recuerdos e interpretación del movimiento estudiantil del 71. Especial para La Palabra.


Por: Equipo La Palabra





Diego Roldán Luna, académico univalluno.
Foto: La Palabra


Un breve contexto

Fue una época muy ardiente. Los acontecimientos de mayo del 68 en Francia y la matanza de Tlatelolco en la Plaza de los Tres poderes, Ciudad de México, por mencionar dos casos relevantes, indican que había un movimiento estudiantil muy fuerte a nivel mundial. Acá estábamos en la última época del Frente Nacional, los famosos 16 años. Políticamente había contrastes, pues teníamos un presidente conservador, Misael Pastrana Borrero, y un gobernador liberal, Marino Rengifo Salcedo, quienes a duras penas se saludaban.

El movimiento estudiantil, en su parte más dramática, fue llegando de repente, y un detonante fue la elección del decano de Economía. Fue un proceso muy bonito porque la Facultad de Economía estaba implementando una elección más democrática que permitiera la participación de estudiantes y profesores. Eso no se había visto en la Universidad. Vale la pena destacar ese hecho porque fue un movimiento muy fuerte que traía detrás la intención de democratizar las elecciones de los decanos.

El rector de la época, Alfonso Ocampo Londoño, era un hombre muy capaz pero muy autoritario. Mi principal problema con Alfonso Ocampo Londoño fue su autoritarismo a ultranza. Hubo un grupo de profesores de la Universidad que estaba de acuerdo en que las posiciones autoritarias de Ocampo no funcionaban. En el caso de la elección del decano de Economía, que fue uno de los motivos que provocó la protesta estudiantil, Ocampo tenía la potestad de cambiar un miembro de la terna, pero se le ocurrió cambiar, precisamente, al candidato de los estudiantes, Bernardo García, lo cual fue un desacierto.

Varias personas decían que Ocampo no estaba en sintonía con lo que estaba pasando afuera, y eso se fue acumulando hasta que estalló. El punto culminante fue el 26 de febrero, cuando fue asesinado Édgar Mejía Vargas y otros estudiantes cuyas identidades no se conocen.

Para mí fue una época muy difícil. Hubo convergencias entre los cambios que nosotros queríamos dentro de la Universidad desde el punto de vista de su manejo, y de los intereses de los estudiantes, que eran muy diversos, pero que confluyeron en la necesidad de cambiar los sistemas de elección. Se buscaba una mayor participación. Allí cambió algo en la Universidad. Ese fue el foco.

Las décadas del 60 y del 70 fueron de grandes transformaciones en el mundo. ¿Cómo las percibían y cómo las ve hoy?

Me atrevo a citar mi caso porque experimenté muchas transformaciones a raíz de la situación. Yo era una persona extremadamente católica, religiosa. Cuando era estudiante hacía parte del grupo de los católicos, anticomunista. Un cambio importante vino de la Iglesia católica con la Teoría de la Liberación, etcétera. Yo pertenecí a un grupo que se llamaba Equipos Universitarios, fundado por un cura antioqueño, el Padre Néstor Giraldo. Asistí a un seminario de Paz Romana en la Capilla de Cundinamarca, que agrupaba a intelectuales y estudiantes católicos, y ese seminario cambió totalmente mi vida. Allí conocí a Camilo Torres, quien nos dictó tres conferencias absolutamente incendiarias desde el punto de vista religioso: el Evangelio, amar al prójimo, el compromiso con los pobres. Yo, que de todas maneras era muy religioso, le dije: “Padre Torres, me da pena pero quisiera confesarme con usted”. Recuerdo que fue en un corredor de un sitio muy bello. Me contestó: “Sí, caminá, sentáte aquí”, cosa que me pareció un cambio radical, y comencé a confesarme de las cositas que uno siempre se confesaba, las cuales no voy a repetir aquí. Me puso la mano en el hombro y me dijo: “Diego, ¿no cree usted que el mayor pecado que puede cometer un cristiano es permitir que su prójimo se muera de hambre?”. Eso cambió totalmente mi visión del mundo y comencé a evolucionar. En este momento no creo ni en la orilla de las sotanas, pero transformó positivamente mi visión de la religión.

Cito esto porque en términos personales fue un cambio muy importante; no sé si para otras personas signifique lo mismo, pero para mí fue un cambio muy radical.

Salí en el 72 porque me expulsaron de la Universidad. De ahí en adelante, creo que hubo cuatro años bien difíciles. El rector era Alberto León Betancourt, y como se sabe, el problema de la ideología es un problema que está allí, nadie lo dirige y nadie lo puede cambiar. Entonces creo que fueron cuatro años muy difíciles, especialmente para la Facultad de Economía, hasta cuando llegó Álvaro Escobar, quien cambió y matizó muchas cosas. En el aspecto personal, de todos los estudiantes que fueron actores, simplemente tuvieron que vivir esa experiencia; eso debió cambiar muchas perspectivas de la gente y su mirada hacia lo social.

Cuando fui a ese seminario al que asistieron chilenos, argentinos y unos peruanos que eran unos intelectuales extraordinarios, me di cuenta que había hambre en este país. Yo no hacía sino estudiar y rezar, nada más. Entonces creo que eso fue un cambio no solamente en lo social sino en la misma Iglesia católica.

El gran cambio de mentalidad

En el campo cultural y de pensamiento asistimos a grandes transformaciónes. Por ejemplo, el auge de la llamada música de protesta de autores como Violeta Parra, Pablo Milanés, Paco Ibañez, Victor Jara, Silvio Rodriguez, entre tantos; los escritores del boom latinoamericano, las bienales de arte, el movimiento teatral, el cineclubismo, los festivales de arte, y en fin, tantas manifestaciones que contribuyeron a los cambios de las época. Y por supuesto las revoluciones de Cuba, Rusia, China y Vietnam, junto a los movimientos por la liberación sexual, por la paz y contra las guerras y dictaduras en el continente, ayudaron a este clima de renovación.

Como decano de los estudiantes manejaba el área de deportes. Fundamos el grupo de danzas, la estudiantina, y apoyamos a los grupos de teatro. Esto era parte de mi responsabilidad; no era una cuestión muy meritoria, pero me tocaba ser responsable por eso. Sin duda esto aportaba al surgimiento de nuevas mentalidades.

El nuevo rol de las mujeres

En estos tiempos se destaca el surgimiento del papel de la mujer y su liderazgo, no solamente en los movimientos estudiantiles, sino también en lo político y en lo social. Sería insólito que lo que está sucediendo en la sociedad, donde la mujer se ha reivindicado, donde un gran número de ellas asiste a las universidades, ocupan puestos importantes y tienen algo que ver y opinar sobre la historia de este país, no se presentara en la Universidad también. Este proceso fue mucho más lento en la Universidad. Creo que en los últimos 20 o 30 años es que se ha visto la fuerza de la injerencia de estos movimientos feministas, lo mismo que el de las negritudes. Fernando Urrea es un referente importante en estos temas, por ejemplo.

Creo que no debe sorprender que la Universidad se haya acompasado con las cosas que suceden en la sociedad. Sería absolutamente absurdo que no fuera así.

¿Qué pasó con la FES? ¿Cuál fue el conflicto real con esta fundación que sale de la Universidad?

La FES era una institución inescrutable. Parecía un organismo secreto de manejo privado, pero contaba con la aureola de que apoyaría financieramente a la Universidad. Por consiguiente, llegaron las suspicacias que cuestionaron el manejo de una universidad pública por una entidad privada, y este era el eslogan más generalizado. La historia nos dio la razón porque el fin de la FES fue muy doloroso. Era una entidad que manejaba dineros inimaginables, de muchas personas y de muchos conventos, y de la noche a la mañana se quebró. Comenzaron a ingresar dineros peligrosos. En este momento existe para ciertas cosas, para ciertos proyectos sociales, pero su poder financiero fue cancelado totalmente.

Me parece que la historia nos dió la razón de que ese era un escenario peligroso por los manejos privados que allí se hacían. La mayoría de los sueldos grandes de la Universidad se manejaban por esta fundación. Por ejemplo a mí, que era el decano de los estudiantes, me tocaban como 100.000 pesos mensuales, hasta el punto que profesores ilustres de medicina pagaron muy caro la situación de ser empleados oficiales con unos sueldos muy pequeños, pero que recibían el resto del dinero por debajo de cuerda. Esta situación generó al momento de su jubilación una crisis que coincide paralelamente con la crisis de la Universidad, donde nos quedamos sin pensiones o había que ir a cobrar y estos personajes ilustres tenían que hacer enormes filas para recibir sus 1500 pesitos, porque los dineros que ellos recibieron no contaron en la nómina al momento de liquidar su pensión. Dolorosamente la historia nos dio la razón.

Había que ver el edificio proyectado por Salmona, un monumento hermoso que por fortuna heredó la ciudad de Cali. Así, la FES fue un intento fallido de manejar privadamente una universidad oficial. Después la burguesía caleña se metió la mano al bolsillo y fundaron las universidades privadas como la ICESI, que tiene un papel proyectivo. Esta fue la consecuencia de todo ese proceso. El papel de la FES, a mi modo de ver, fue nefasto. Dicho de otro modo: no la supieron manejar.





Foto: http://ntc-documentos.blogspot.com/2013/12/universidad-del-valle-facultad-de.html

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