CVI – Responso para Lelio Fernández

Responso para Lelio Fernández


Por: Edgard Collazos Córdoba




Lelio Fernández, profesor titular jubilado del Departamento de Filosofía y profesor emérito de la Universidad del Valle.
Foto: https://www.icesi.edu.co/profesores/cv/lelio-fernandez


No recuerdo con precisión la fecha cuando Lelio Fernández llegó a la Universidad del Valle. Solo tengo presente que yo cursaba tercer semestre de filosofía, y que fue Francisco Jarauta quien lo llevó al salón de clase y lo presentó como el nuevo profesor que nos dictaría la cátedra sobre Platón y Aristóteles. Ese primer día no habló mucho, pero las pocas frases con las que se refirió a la relación de las palabras y las cosas, al universo griego, a la Eneida, y con más precisión, al Cratilo, que ya habíamos leído, hizo que Carlos Satizabal, Edgar Varela, Julián Malatesta, Orlando Almanza y yo, saliéramos al pasillo del edificio de Ciencias y nos miráramos asombrados, sin palabras, no tanto por la sabiduría y la erudición del nuevo profesor; nos impresionó la pasión por los temas; también nos abrumó su estilo, sus maneras, su decencia.

Era el tiempo en que la intelectualidad de los jóvenes univallunos y centenares de personas de la ciudad seguían el verbo audaz e inteligente de Estanislao Zuleta, las intervenciones sobre la Historia de Colombia de Germán Colmenares y las sabias y divertidas intervenciones de Enrique Buenaventura sobre Bertol Brecht y el teatro.

Mientras tanto nosotros gozábamos escuchando y aprendiendo de grandes maestros; la precisión de Jean Paul Margot y su vasto conocimiento sobre Descartes y Espinosa; la meditada clase de Angelo Papacchini; la intrincada exposición de William Betancourt y la sagacidad de unir tantos temas alrededor de Platón desde donde Lelio abordaba la clase. Vale decir que nos sentíamos en Harvard.


Lelio Fernández en un acto público.
Foto: https://www.icesi.edu.co/interaccion/edicion52/sala%20audiencias.htm


A Lelio lo esperábamos con unción todos los miércoles, a las tres de la tarde. Desde muy temprano nos reuníamos en el Jardín de Freud a esperar a que pasara para iniciar la clase. Ahí iban llegando. Malatesta dejaba sus compromisos políticos para no faltar y lanzar sus venablos revolucionarios entre tema y tema; Carlos Satizabal, que vivía en Palmira, ese día tomaba el bus más temprano y ahí estaba después del almuerzo; Edgar Varela, quien tenía el don de la omnipresencia, aparecía desde cualquier parte de la Universidad con un cerro de libros bajo el brazo, y yo, seducido por la presencia de ese hombre que a veces me parecía un filósofo medieval y otras veces un renacentista, llegaba puntual a la cita.

Pasaron los semestres y ya no era nuestro profesor, tampoco dejó de ser nuestro maestro. Poco a poco Lelio fue ganando audiencia entre la élite culta de la ciudad y entre los estudiantes. Era inevitable. También me fui volviendo su amigo. En poco tiempo empezó a tratar los temas más diversos; sobre la Eneida, sobre Borges, la Comedia de Dante. Una tarde lo escuché hablar de Shakespeare y sigo hasta la fecha sin conocer a nadie que conozca tanto sobre la tragedia y comedia del mundo isabelino y su relación con Seneca. Otro día quise sorprenderlo declamándole un poema en italiano: Ed é súbito será (de pronto anochece).

Ognuno sta solo sul cor della terra
Trafitto da un raggigio do sole
Ed é súbito será.

Mientras yo decía cada verso en un pésimo italiano, él iba traduciendo:

Cada uno está solo en el corazón de la tierra,
Traspasado por un rayo de sol
Y de pronto anochece

Luego lo fue diciendo en un italiano tan dulce y tan armónico que sentí vergüenza de mi versión. Le dije que era un poema de Ungaretti y me corrigió –es de Salvatore Quasimodo- y a renglón seguido me hizo una corta reseña de los poetas herméticos; sobre todo de Eugenio Montale y el dolce stil nuovo que tanto influyó en Dante.


Lelio Fernández (izquierda) junto a colegas.
Foto: https://www.icesi.edu.co/interaccion/edicion34/foroley794.htm


Llegué a último semestre y andaba desesperado buscando un director de tesis. Mi ambicioso tema era sobre Borges, la cábala y la filosofía de Hume. Era indudable que el director tenía que ser Lelio, pero no me atrevía a pedirle semejante favor. Hasta una tarde de diciembre cuando lo encontré en una cafetería y me preguntó si ya había escrito un capítulo. Le respondí que aún no tenía director, me miró fijo y me dijo: “Escribe una carta diciéndome por qué yo debo ser el director”.

Una semana después iniciamos mi trabajo de grado. No recuerdo una mejor época de mi vida. Pese a que todos los viernes me reunía con él, llevando veinte páginas escritas, y regresaba a casa derrotado con dos párrafos que había sobrevivido a su crítica, era feliz, sentía que mi vida cobraba el sentido que estaba buscando desde niño. En una de esas reuniones le llevé una vieja edición inglesa de Urn Burial (Las tumbas sepulcrales) de Sir Thomas Browne. Lelio lo miró asombrado y me preguntó: “¿Dónde lo conseguiste?”. Agaché la mirada y le respondí que estaba en la biblioteca de mi padre. Le mentí, lo había robado en una librería de viejo en Bogotá y pensé que no se dio cuenta, porque no hizo comentario alguno.

Pasaron las semanas y no me enteré que se había aplicado a la traducción de Urn Burial, hasta que un viernes, cuando ya iba a despedirme, me dijo: “Ya casi acabo de traducir el libro que te robaste”. Quedé atónito, juré nunca más volver a robar libros y he cumplido. Las reuniones continuaban y mi trabajo de grado avanzaba lento y yo feliz de que progresara poco, sufría pensando en el día cuando terminara y ya no volviera a esos felices encuentros donde aprendía tantas cosas y sobre todo a escribir. En esos días ensayamos escribir un diccionario de palabras no borgianas que Lelio iba señalando, como búsqueda, ensimismado, cumbamba, etc.

También tuve el privilegio de acercarme más a su mundo y descubrí que, aunque era un hombre pudoroso con las palabras, tenía otra cualidad memorable: su fino humor. Una tarde mi hermano se encontró con él, mi hermano lucía una camiseta con un letrero que decía: I born to dance. Lelio lo saludo y reparó en la camiseta y antes de despedirse le dijo: “Dichoso vos que naciste para bailar”. El chiste era muy profundo, aludía a otros seres nacidos para sufrir y así lo entendió con culpa mi hermano. Otro día le dije que estaba buscando la simplicidad, y me dijo: “La simplicidad no es difícil para los pobres”. Cierta vez me dijo que me encontraba sosegado, pues un mes atrás había sufrido de insomnio; le conté que me había conseguido una novia, entonces me dijo: “Cuando el corazón está lleno, la noche es breve”. Cuando murió Borges quise ser el primero en darle la noticia. Lo llamé y le dije: “Lelio, murió Borges”, y me respondió: “¿No te parece una noticia exagerada?”.

Publiqué mi primera novela y supe que Lelio la había leído y deseaba hablar conmigo. Me llené de pánico, me aterraba enfrentarme a su crítica demoledora y feroz. Así que desde ese día empecé a escabullirme. Si lo veía venir huía. Lo evité por meses hasta que una tarde a la hora del crepúsculo, me sorprendió en la Librería, lo miré derrotado como mira una víctima acorralada a su cazador. Que alivió cuando me dijo: “Me gustó mucho, ven te doy un abrazo”, y cuando ya me sentía tranquilo, empezó: “Claro que en la página cien habías podido cambiar el narrador, porque el punto de vista de ese narrador…”, y no paró, todas sus correcciones eran acertadas.

Sé que a despecho de no poder narrar la magnanimidad de un hombre al que presidieron la sabiduría de gran maestro y su alta ética, he recurrido a compartir anécdotas que nos acercan a su espíritu magnánimo, al hombre que mientras estuvo en el corazón de la tierra, dio todo su saber a sus alumnos. Ahora que el rayo de sol ya no lo alumbra, que su tarde ha llegado al ocaso y su espíritu busca una nueva aurora, quiero extender mi amistad y mi tristeza al dolor de Elena, a Juan José y a Gabriel. Abrazos.




Foto: https://www.icesi.edu.co/interaccion/edicion35/tertulias.htm

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