CVI – James Joyce recreó el mito del artista exiliado en París

James Joyce recreó el mito del artista exiliado en París


Por: Julio Olaciregui
Escritor colombiano




James Joyce (1882 – 1941), escritor irlandés.
Foto: https://partidero.com/james-joyce-y-el-contenido-poetico-de-la-forma/


El irlandés James Joyce, célebre por su invento narrativo de convertir un día cualquiera en una odisea, balanceó con el personaje de Stephan Dedalus, artista exiliado en París, la figura del burgués y casero Leopoldo Bloom, cuyo recorrido ficticio por Dublín es festejado anualmente.

Unica celebración consagrada a un personaje de novela, el ya famoso “Bloomsday” (16 de junio de 1904) se conmemora también en París –donde Joyce vivió en dos oportunidades– con conciertos, lecturas y exposiciones en el Centro cultural irlandés, situado en pleno corazón del Barrio Latino.

“Joyce era un hombre impresionante, con una hermosa voz de tenor y gruesas gafas de miope. Mi padre, el pintor Auguste Suter, le estaba haciendo un retrato. Cuando él llegaba al taller a posar me asustaba mucho. Eso fue por 1935. Yo tenía unos 12 años en esa época y jugaba con su hija Lucía”, contó a la AFP el arquitecto francés Claude Suter, quien a los 83 años aún recuerda muy bien al escritor irlandés.

“El era muy supersticioso y le tenía pánico a las tempestades, a los rayos y centellas. Su cuerpo se electrizaba con las tormentas y una vez que estaba en el taller se tiró al piso pidiendo que lo cubriéramos con unas mantas porque temblaba”, contó.

En 1902, Joyce, de 20 años, ex alumno de los Jesuitas, con alma de artista soñador, amante de Grecia y Roma, llegó a París por primera vez para estudiar medicina y escribir, pero en 1903 debió regresar a Dublín porque su madre se estaba muriendo.

Es entonces cuando conoce a Nora, la mujer de su vida, y para exaltar ese 16 de junio de 1904, día de su primera cita de amor con ella, lo convierte en el tema de su futura novela, con la Odisea de Homero como trasfondo.

“El milagro de la luz de los dioses se renueva eternamente en el alma imaginativa. Los dioses antiguos son visiones de los nombres divinos (…) Todos los días tenemos que rendirle homenaje a Afrodita, nacida de la espuma, fuente de la vida”, escribiría Joyce.

El llamado “Bloomsday” es uno de los mejores ejemplos del proyecto dinámico de su escritura –el flujo de conciencia– exaltando con bellas frases poéticas el heroísmo de la vida cotidiana y la experiencia común.

“Ulises” abarca con su discurso realista, experimental, jocoso, lo que le ocurre a una conciencia durante un día, con su masa de pensamientos, observaciones y relatos sobre comportamientos sexuales, funciones corporales, controversias religiosas, miedos, fantasmas, deseos, todo ello mezclado con reflexiones sobre arte, literatura y filosofía.

Bloom representa las necesidades del cuerpo, es un personaje que al final regresa de madrugada a casa al lecho de su mujer. Su doble es el joven Stephan Dedalus, el artista exiliado y astuto como Odiseo, que se vale más de la sagacidad y de la inteligencia que de las armas.

Dedalus tiene algo de don Quijote, luchando por hallar su camino en el laberinto de la vida, preocupado por el alma, el arte, la estética, las ideas. Bloom es el hombre cincuentón, figura madura y prosaica, suerte de Sancho Panza que gusta comer “riñones de carnero a la parrilla con sabor a orina ligeramente perfumada”.

En “Ulises”, que sería publicada en 1922, hay muchas alusiones al ambiente de las calles de París en los primeros años del siglo XX.

Joyce cuenta que se encerraba a leer en la biblioteca Sainte Genevieve, en el Barrio Latino, para que el “silencioso ambiente estudioso lo protegiera del pecado de París, noche tras noche”.

Su método de escritura era llenar muchos cuadernos de notas con frases que borraba y corregía, añadiendo día a día, durante años, nuevas palabras y frases que le gustaban, inventando así la “maquinaria” narrativa que le garantizaría la inmortalidad.

Aun cuando el “Ulises” lo hizo célebre al publicarse en una editorial de la rue del Odeón, pasó muchos trabajos en París mientras escribía el onírico “Finnegans Wake”, durante los años que precedieron al estallido de la segunda guerra mundial.

Joyce murió en Zurich en 1941, pero su espíritu creativo sigue vivo, como lo demuestran las fiestas del “Bloomsday” y las nuevas traducciones y ediciones de sus libros.

Suscribirse

* indicates required
/ / ( dd / mm / yyyy )