CVI – El arte de narrar en género breve. Cuentos de Luis Miranda

El arte de narrar en género breve
Cuentos de Luis Miranda


Por: Darío Henao Restrepo
Profesor titular de la Escuela de Estudios Literarios
Univalle






En un universo propio y palpitante, asombran la factura de la trama y el manejo del tiempo que exhiben los diez cuentos breves que componen el primer libro de Luis Miranda, Una cucharada de dulce con tres gotas de veneno. La obra se levanta sobre el fondo opaco del vivir, del obrar y del sufrir de personajes urbanos de Cali o Palmira (la ciudad natal del autor), en años recientes, alrededor de sus experiencias vitales, con el telón de fondo de acontecimientos colectivos que marcaron nuestra sociedad (violencia urbana, narcotráfico, conflicto armado, paramilitarismo). Su imaginación reelabora dramas íntimos en un orden preciso, en una dimensión temporal irreductible. Como bien lo anotó Julio César Londoño, cada cuento pertenece a un subgénero distinto, apropiado con maestría: fábula, relato negro, relato de horror, drama, teatro, parábola, hasta el palimpsesto.

Con notable inteligencia narrativa, Miranda rastrea la cruda intimidad de sus personajes: un músico que quiere la fama y acaba encontrando otra forma de trascender; un joven que cae en el abismo insalvable del desamor que culmina en la muerte como salida; la hipotética contienda de ajedrez entre Atahualpa y Pizarro, metáfora de la confrontación de la cosmogonía andina y la cristiana; el universo familiar de una empinada cuadra de barrio y lo que sucede en pocos instantes; jóvenes que vuelven a su barrio, con el tren como trasfondo metafórico, en busca de su pasado, de la mujer que los inició en la vida sexual; el conflictivo diálogo dentro de un carro entre madre e hija, sus visiones contrapuestas de la vida íntima; la venganza entre dos amigos que terminan en bandos contrarios en los tiempos del narcotráfico; la brutal violencia de un terrateniente puestas al descubierto por las visiones de un niño; el trágico final de una joven en manos de un lava perros de la mafia. La creativa apropiación de los artificios de cada subgénero cuaja en relatos de gran calidad literaria, con la envidiable virtud de prender la inevitable atención del lector.

El breve prólogo que abre estos cuentos sintetiza la poética que los sustenta: la deuda con el colectivo que rodea al escritor; la plena conciencia de la no existencia de la originalidad, con la asumida convicción del oficio creativo como una paciente labor de reescritura, la que al final configura la literatura a lo largo del tiempo. Para Miranda el mundo ya ha sido contado y no queda más que volver a contarlo, asumiendo las infinitas variantes de la condición humana en definidas dimensiones temporales y geográficas. Asume las influencias y los plagios como parte, no siempre feliz, del infinito palimpsesto que es la literatura, siguiendo a Borges; comparte la poética del inexorable eterno retorno, tan preciado en la obra del cubano Luis Rogelio Nogueras. Los referentes son precisos: Brahms y el origen popular de su Danza húngara número 5, una canción trash (basura) compuesta en su ciudad natal, la referencia a García Márquez sobre la propiedad común de la ideas, como hijas del tiempo, a Rubén Darío como el autor de la idea de llevar a un niño a conocer el hielo. A esta hoja de ruta agrega el papel de sus amigos y de quienes hacen posible su existencia: editor, corrector, encuadernador, impresor, distribuidor, críticos, reseñistas, y claro está, los lectores.

Por su formación literaria (pregrado y maestría en literatura colombiana y latinoamericana en Univalle), por los años en el oficio de enseñar literatura en un colegio de secundaria, Miranda exhibe conocimientos que vienen de lo clásico, de lecturas profundas de los maestros del cuento y del teatro, que hacen pensar, por ejemplo, que leyó bien a Chéjov, a Julio Ramón Ribeyro, a Rubem Fonseca y a su maestro, el ruso Isaak Bábel – Caballería roja – ese gran libro de breves relatos que él mismo llamaba “la crónica de la maldad cotidiana, esa que oprime el corazón”. O relatos como “Feliz ano novo” o “O cobrador” de Fonseca, clásicos por su contundencia y eficacia literaria. Asumiendo los secretos de tantísimos maestros del oficio, Miranda introduce personajes sorprendentes y marginales, con imágenes intensas, de universos, digamos, para nada poéticos, pero sí en la forma de contarlos. La escritura parece muy sencilla pero tiene detrás todo un pensamiento crítico y una reflexión sobre cómo escribir. Se trata de una apuesta por contar un nuevo tiempo, de forma diferente, recombinando formas de todos los tiempos, con renovados propósitos.

“La partida de ajedrez” – extraordinaria síntesis de la pieza teatral La caída del sol, escrita por el autor con Jean-François Brient – confirma la famosa sentencia del ruso Isaacs Bábel: “Un historia bien inventada no tiene por qué parecerse a la vida real, la vida siempre trata de parecerse a una historia bien inventada”. La aguda y fina recreación poética del encuentro entre Atahualpa y Pizarro, tan honda y tan verosímil, sin duda, consigue que nos quedemos con esa verdad poética y su sentido histórico profundo. Algo semejante al diálogo en el mundo de los espíritus, facilitado por Yemayá, entre Toussain Loverture y Napoleón Bonaparte en la recreación de la revolución haitiana escrita por Manuel Zapata Olivella en Changó, el gran putas. En suma, ajustes de cuentas poéticos.

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