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Encuentro de
cronopios en San Telmo

Este texto hace parte de una serie de crónicas de
viaje por el cono sur de América Latina, reunidas en
el proyecto editorial Radio Zudaca Sursystem,
crónicas de viaje subjetivo, próximo a
publicarse en la XIII Feria del Libro del Pacífico
Colombiano.
Por Harold Pardey y Caren Hulten *
Ya sé que el tiempo es infinito, pero ella, la
música de mis días y noches de persecución
desenfrenada, me recuerda que es posible extraviarme
en agujeros intemporales de casualidades desmedidas
y ahogarse en sensaciones de levedades inmateriales
en este milenio que apenas empieza.
La otra noche, una que embrujaba lunáticamente mi
espíritu de gato, hice contacto con una mina
cronopio, uff en medio de tantas alucinaciones
dispares creo que nos encontramos luego con la maga
y sus mates del más allá.
Desde mi cueva cráter mundo-maga llegué a la Ciudad
de la Furia intentando dar un paseo por este
incierto territorio que tantos desvelos ha causado.
Quería recorrerlo en mi pequeña y solitaria nave, su
calidez, su no-ser-el-mundo me lo pedían ... Bajo
del ómnibus con escasas horas de sueño, desde el
primer segundo en que pisé la ciudad atravesé un
estado de realidad no ordinaria, podría decir
Castañeda. Un muchacho se acerca a mí y me ofrece
alojamiento. Guardo el papel aunque lo gregario no
es lo que vine buscando. Revuelvo baldosa por
baldosa la ciudad hasta darme cuenta de que no soy
bienvenida sino traigo euros en el bolsillo. Y
entonces hago mi entrada triunfal vía micro la
tostadera a la máquina de tostar. Salí a pasear,
saqué fotos, hablé con la gente, en fin, mis
maravillosos ojos-maga vieron todo por primera vez.,
como esa inmensa rayuela entre las calles defensa y
justicia del querido San Telmo
Pero no era yo la única que viajaba por las rutas
cortazarianas, lo mismo estaba pasando con otros en
el mismo momento...mismo lugar. Algo que puede haber
sido un cronopio nos conectó con TODAS las fuerzas
universales en un clímax energético.
En la escala de lo cósmico, sólo lo fantástico tiene
probabilidad de ser verdadero, y en este lugar, la
fraternidad cultural arrasa cualquier vestigio de
racionalidad, tod@s estábamos on the road, en esa
ruptura entre lo tangible y lo irreal por eso
navegamos entre certezas e incertidumbres, siempre
fieles a la búsqueda incesante del destino humano,
en esa manera pendular de abarcar la realidad, ese
vaivén entre tierra y cielo, que nos acerca a los
desposeídos y a los misterios extrasensoriales; y
quizás, pasar con una sonrisa pícara por el paraíso
alguna vez soñado, no sin antes jugar a la rayuela,
como lo hizo miles de veces Julio Florencio,
buscando el cielo de la solidaridad y la justicia.
Hicimos saltar los tapones galácticos en un
encuentro supraterrenal, donde la magia se posó en
una remota terraza del barrio de San Telmo en Buenos
Aires- Capital Federal. Entre nuestros cuerpos se
construyeron puentes, canales. Los lazos que
sentimos fueron tan intensos que han quedado
abiertos como eternas cicatrices que nos surcan de
lado a lado. Ingresamos al mundo-otro por un umbral
que descubrimos en la espesura de la noche. De a
ratos podía sentir la música en el aire y bailaba
tan profundamente feliz como pocas veces, dejándome
llevar por el viento. Los hilos los llevaba algún
ser venido del macrocosmos, se divertía conmigo
tanto como yo con él. Lo sentía, podía hasta
verlo... ahí estábamos el uno para el otro en un
encuentro fugaz. Indecible.
Una velada misteriosa donde irreversiblemente
encontré mi propio punto gravitatorio en el planeta.
Como una pieza imantada sin poder acaso negarme
quede fijada en un fragmento de suelo del cual no
pude ya salir. Me encontraba atornillada a una
coordenada de tiempo y espacio. Desde allí todo
encajaba. Todo se resolvía: Llega un momento en que
la vida se convierte en una gran rayuela. Te gusta
jugar, sabes hacerlo cada vez mejor. Aprendes a
tirar la piedra con precisión y estas a punto de
llegar al cielo, solo hay que...
Empecé a volver... Mis pies pisaban tierra, otra
vez de este lado. Estaba a punto de caer cuando unos
brazos me tomaron por la espalda dándome la
bienvenida, recibiéndome. El viaje a la otredad
había terminado. Al menos mi cuerpo había regresado
una vez más. Pero no estaba sola. Ya no.
Pues nos encontramos para fumarnos las palabras y tomarnos
por asalto la noche impredecible, acariciándola con
la suavidad transparente de la magia mestiza,
flasheada por el dulce sabor de los malos pasos que
avanzan a contracorriente, reescribiendo la vida
desde la honestidad que divaga entre los océanos de
mundos inagotables de las ficciones irresueltas. Sí
era eso, un clímax galáctico de respirar juntos una
bocanada de libertad en un rincón de alteridad que
regalaba la lluvia y nos reflejaba como almas
etéreas para encender pequeños faros de resistencia
alrededor del planeta trampa, donde como dice manu
chao la resignación es un suicidio permanente.
Luego la placita Cortázar en Palermo nos encontró una
tarde, mateando como de costumbre y algo de todo lo
que alguna vez soñamos se materializó frente a
nosotros ...un cuerpo de mujer de otro tiempo
perdido en una esquina. Una mujer esperando...una
mujer de otra esfera envuelta en un vestido violeta
libertario esperando...una Penélope de cuento y
canción y esperando quien sabe qué cosa, de pie
frente a nosotros observándonos. Ella supo quiénes
éramos nosotros, qué estábamos haciendo allí. Pero
no dijo nada. Sólo nos sonrió como hacen los que
saben cuando es uno de esos momentos en los que no
hace falta hacer aclaraciones. Un poco extraviados
por la fascinación que ejercía sobre nosotros el
haberla encontrado, nosotros entendimos también
quién era ella y nos entregamos al placer de
observarla. Miraba incansablemente en derredor,
desnudando con sus ojos enormes y hermosos cada
rincón, cada baldosa, convencida de que lo que
buscaba podía sorprenderla de inmediato. Esa tarde
no era una más de todas las tardes de marzo.
Al rato se acercó a nosotros y nos tomó una foto. Su
impecable manera de ver y de mirarnos registró
eternamente nuestro encuentro, haciéndose así
partícipe de aquella comunión en que silenciosamente
nos encontrábamos. Éramos entonces cuatro almas,
cuatro fantasmas extraviados que tomaban forma en el
mismo lugar.
Aquella
plaza se convirtió en un núcleo. El nodo de acceso
a esa realidad aparte en la que uno es por escasos
segundos eso que verdaderamente es. La plaza fue una
suerte de imán para maltratados corazones. Para
espíritus incansables que construyen senderos,
recrean historias, construyen puentes.
Para errantes ánimas que viajan sin brújula
intentando develar el misterio de la vida.
*Cronopixs de la rayuela cortazariana/
zudacaboy@hotmail.com,carenhulten@hotmail.com |