Crónica – “Yo, señores, soy de Zapotlán el grande”

“Yo, señores, soy de Zapotlán el grande”


Por: Fabio Martínez.
Profesor titular, Universidad del Valle.




Juan Rulfo (1917 -1986), escritor mexicano.
Foto: http://www.udg.mx/es/noticia/recomiendan-leer-juan-rulfo-un-autor-que-no-envejece


En el mes de febrero, un poco antes que estallara la pandemia del coronavirus, fui invitado por la Feria Internacional del Libro Palacio de Minería a presentar el libro De Comala a Macondo, publicado por el Programa Editorial de la Universidad del Valle.

Después de un animado conversatorio con los escritores mexicanos Guillermina Cuevas y Patricio Eufracio Solano, la autora del libro Ya floreció la vainilla (Puerta abierta Editores), me tenía una sorpresa: recorrer la ruta Rulfo.

Luego de impartir un par de conferencias en la Secretaria de Cultura de Colima y en la Universidad que lleva el mismo nombre, con Guillermina Cuevas y el médico Julián Ríos, tomamos la carretera alterna, y nos dirigimos a Comala, Sayula, Talpa y Contla, pequeñas poblaciones de origen indígena que el autor jalisciense cita en su obra literaria.

Comala, que está situada a unos pocos kilómetros de Colima, es un pueblo de casas blancas y calles empedradas, donde la canícula golpea fuerte, y aún se siente el silencio que tanto amaba Rulfo.

Los lectores de Rulfo siempre pensamos que Comala era una invención literaria del escritor; ahora, mientras caminamos el pueblo y escuchamos el eco de las voces de sus pobladores, sentimos una sensación maravillosa y extraña por haber visitado la ciudad donde alguna vez Juan Preciado fue en busca de su padre.

Llegamos a la antigua ciudad de Zapotlán, hoy llamada ciudad Guzmán. Allí, la escritora mexicana nos tenía preparada otra sorpresa: la Casa Taller Juan José Arreola, que dirige Orso, el hijo y biógrafo de su padre.

Zapotlán es una ciudad antigua y colonial que está situada en el valle que lleva el mismo nombre. Allí se encuentra la Casa Taller donde vivió Arreola sus últimos años.

La morada, que hoy sirve para dictar conferencias y hacer talleres, está situada en el pie de Monte de la Sierra. Es una casa amplia, sobria, de grandes ventanales, y llena de fotos y recuerdos del escritor mexicano.

Arreola la adquirió en 1969, luego que se produjo la masacre de Tlatelolco en la ciudad de México, y algunos intelectuales y académicos tuvieron que salir por miedo a las represalias.

En la casa de Arreola nos recibió Orso, un hombre de unos setenta años de edad, que se ha dedicado a preservar la memoria del autor de Confabulario real.

Orso, quien ha publicado los libros El último juglar y Memorias de Juan José Arreola (Editorial Diana), comienza a hablar de los años de infancia de su padre; de su maestro de escuela, don Ernesto Aceves, que lo marcó para siempre; de sus años como actor; de su viaje a la capital donde se matriculó en la Escuela Nacional de Bellas Artes; y luego, su viaje a Paris, donde se relacionó con el dramaturgo francés Louis Jouvet.

“Rulfo y Arreola son hijos de esta región”, afirma Orso. “Allá, detrás de aquel bosque de pinos, se encuentra la Media Luna, más allá está Talpa, Sayula y San Gabriel”.

Los biógrafos de Rulfo siempre han asegurado que el autor mexicano nació en Sayula. Lo cierto es que el mismo Rulfo, que siempre confundía a los periodistas en sus entrevistas, nunca corroboró esta información. Orso nos aclara que los padres de Rulfo registraron al niño en este pueblo, quizás porque en los otros lugares de la región, no había una notaría al alcance de sus pobladores. Rulfo como Arreola pertenecen a esta región enclavada en la Sierra Madre Occidental.

“La familia de Rulfo y la de Arreola eran de esta región. Los dos autores se vieron por primera vez en la ciudad de Guadalajara, en 1942, cuando eran jóvenes. Rulfo entró al Seminario Mayor de la ciudad, pero al poco tiempo desistió y consiguió un trabajo vendiendo llantas en la región”.

Arreola publicó su obra maestra, Confabulario real, en 1952, y al año siguiente, Rulfo sacó a la luz pública su libro de cuentos El llano en llamas.

Luego, vendrían Bestiario y Pedro Páramo, dos grandes obras que los entronizaron, respectivamente, en la literatura hispanoamericana.

A Rulfo como Arreola les tocó vivir durante su infancia y adolescencia, los últimos estertores de la revolución mexicana, la guerra de los cristeros, y la presidencia de Lázaro Cárdenas, quien fuera uno de los mandatarios más progresistas de la historia.

El hijo de Arreola, quien no para de platicar, recuerda que su padre estuvo en Bogotá en el Primer Encuentro de la Cultura Hispanoamericana, en 1983, donde el evento, a pesar de su éxito, se vio empañado por el accidente fatal de un avión en el aeropuerto de Barajas de Madrid. Allí venían al encuentro literario de Bogotá el escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia, el autor peruano Manuel Scorza, la crítica de arte Marta Traba, el crítico uruguayo Ángel Rama, y la pianista española Rosa Sabater.

Yo, por mi parte, le cuento a Orso Arreola que Juan Rulfo estuvo en Cali, en 1979, en el Encuentro de Escritores Hispanoamericanos, organizado por Gustavo Álvarez Gardeazábal.

Allí, en el Teatro Municipal Enrique Buenaventura, se reunieron Camilo José Cela, Mario Vargas Llosa, Clarice Lispector, Manuel Puig y el maestro Rulfo, entre otros.

Cuando le tocó a Rulfo el turno para hablar, el autor de Pedro Páramo estaba dormido. Rulfo despertó, y con su voz pausada y silenciosa, le dijo al público que seguía soñando.

En el teatro se escuchó una carcajada colectiva. Lo que el público no sabía era que el maestro mexicano sufría de insomnio, y era poco adicto a los congresos, el vedetismo y las reuniones de escritores.

“Yo, señores, soy de Zapotlán el grande”.

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