Crónica – ¿Qué pasa dentro de la Loma de la Dignidad?

¿Qué pasa dentro de la Loma de la Dignidad?

Quedarse en casa recibiendo las noticias de los hostigamientos, oyendo las explosiones, los helicópteros, el avión fantasma y seguir los en vivos puede llevarlo a uno a pensar que no hay salida y a paranoiquear.


Por: Luis Miranda – Escritor
Egresado de la Licenciatura y Maestria de la Escuela de Estudios Literarios -Univalle





Cuando supe que habían convertido el CAI (pequeño centro de detención policial cuya sigla significa Centro de Atención Inmediata) en una biblioteca popular, acepté donar libros. Me pareció la ocasión perfecta para acercarme por primera vez al movimiento de bloqueo y concentración iniciado con la marcha del 28 de abril de 2021, que se convocó inicialmente en contra de la reforma tributaria pero que se convirtió en la voz desesperada del 75% de la nación para que al fin el altísimo gobierno le escuche.

No fui el único que salió a dejar los libros a disposición del barrio que hoy me da residencia y que he admirado desde que vine por primera vez. Hay unas seis cuadras entre mi casa y la loma. En la tienda de la esquina vecinos nos hicieron bromas y nosotros proclamamos que llevábamos la cura para el fanatismo político. Les mostramos. Uno de ellos, antes fanático enceguecido, dijo que le gustaría tomar una dosis y entregamos la primera vacuna: el tomo uno de la historia de Colombia.

El barrio estaba normal, la gente hacía cola en el corresponsal bancario, en el Gane, en la quesera, en el granero y en la panadería. Yo me había imaginado las calles vacías de pánico por el paro; el vandalismo de la Policía y el violento resentimiento de los jóvenes en primera línea. Ni lo uno ni lo otro. Al llegar al parque artesanal, vi soldados. Temí que eso significara caos y violencia, pero me equivocaba; cuando los hombres de un carro particular, parqueado a unos metros de la barricada, se bajaron con armas de fuego, los soldados se adelantaron para verificar lo que ocurría. Los civiles armados se retiraron.

Había solo unos cuantos libros en la improvisada biblioteca. Organicé los que había llevado y pregunté sobre el método de conservación y préstamo. Me respondieron que la gente podía ir, tomar un libro, leer en el parque o en su casa, devolverlo o quedárselo a cambio de otro. Por primera vez me extrañó la idea de tener que guardar un libro bajo llave y pedir los datos del beneficiario. ¡Es una biblioteca popular! -me dijo- nos encargamos de almacenar libros y redistribuirlos. El conocimiento es de todos. Recordé a Pablo Neruda, la lengua es la última propiedad común de este continente, dice algún verso del canto general. La lengua y el conocimiento que se transmite a través de ella.

La Loma de Dignidad, antes Loma de la Cruz, es un parque escalonado, con dos plazoletas circulares, y unos iglús de ladrillo en donde muchos artesanos venden sus productos. Los artesanos no están del todo contentos con el paro, pero van a trabajar todos los días y su presencia da confianza. También los bares y puestos de comida que hay alrededor de la loma inspiran tranquilidad. Bajé por la escalera central del parque que lleva a las cascadas que dan a la quinta. Ya había mucha gente con banderas y vuvuzelas, algunos artistas pintando el asfalto de la calle, algunos colectivos conectando equipos de sonido en los establecimientos aledaños. La gente empezaba a llegar.

Al bajar una cantante rapera, MC Tita me ofreció curao; tiene una hija, una madre y un alquiler qué pagar. Desde que comenzó la pandemia a los músicos les ha tocado rebuscársela, pues la mayoría depende de la vida nocturna. Me dijo que era el anti – Covid que usaban las culturas ancestrales, la Minga. Le compré uno, le ofrecí un trago y bajé.

Dentro de la concentración se mueven varios colectivos, uno de ellos se encarga de la olla comunitaria, sí, una de esas cosas que ya no creí que volvería a ver: vecinas llevando mercado y jóvenes picando, pelando plátano, prendiendo fogón de leña; otros sirviendo; habitantes de la calle y vendedores ambulantes comiendo alrededor; y un primera línea que dice contento: “Estoy comiendo mejor aquí que en mi rancho”. Me costó concebir el significado de esa frase. Luego recordé las estadísticas: 42% de pobreza y 19% de desempleo. Con solo eso se puede explicar lo que algunos medios grandes llamaron “Estallido Social” refiriéndose a Venezuela. Al menos una tercera parte de ese 42% se acuesta a dormir con un solo golpe de comida.

En la calle, me acerco a lo que pienso que es un colectivo que hace una pancarta gigantesca. A penas me ven, me preguntan si quiero escribir algo. Yo no sé qué responder. Entonces otra persona me dice que estén pensando escribir algo que dijo Boaventura De Sousa Santos: “El neoliberalismo entre más mata, más muere”. Me di cuenta de que no eran un colectivo. Una de ellas llegó con el lienzo, otra persona llegó con témperas, otra con pintura, otra con brochas, otra ofreció hacer el diseño a lápiz. Lo que no había se conseguía entre la multitud. Yo conseguí unas piedras para que el viento no levantara la tela del piso.

Sostuvimos un buen rato una conversa sobre política. Estábamos ilusionados porque al fin estábamos sintiendo un cambio, no en el establecimiento, sino en el comportamiento de las personas, incluso de las personas más inesperadas, en las que antes estaban dispuestas a jurar categórica e irreduciblemente hasta que la tierra es la luna de la luna con tal de estar en el lado triunfador de la balanza. La chica que hacía las letras sobre el lienzo era futbolista, venía de un barrio que nunca había oído nombrar y había aprendido a dibujar en el colegio para no molestar a su abuela que harto se esforzaba para mantenerla a ella y su hermano. Su destreza para mantener la fuente y las proporciones me inspiraron admiración y agradecí que el plantón me diera la posibilidad de conocerla, cosa que tal vez no habría ocurrido de otra manera. Sobre lo que estaba ocurriendo no opinábamos exactamente igual, pero estábamos de acuerdo en lo esencial: no podemos aguantar más que nos maten a tantos. Es mucho luto, mucho miedo, mucha infelicidad para aceptarlo, desvaloriza todo, esmerarse, ser recto, tener alguna clase de moral se vuelve absurdo.

De hecho, había un cabildo abierto en ese momento. Se estaban recogiendo sentires y proposiciones que se escribían en un papel y se dejaban pegados en una cartelera. Pensé que eso era una placebo, pero al acercarme noté que en cada pequeño grupo se discutía sobre el precio de los alimentos, los corredores humanitarios, los pacientes crónicos que necesitaban atención y fármacos importados, sobre la afectación del comercio y los campesinos, sobre la banalización de la muerte y la normalización de los bloqueos, de las negociaciones entre los habitantes de la Portada y la primera línea de ese punto para no imponerle el paro a los que no querían parar, sobre los vecinos dispuestos a disparar hacia sus convecinos.



Alguien decía algo como: “Estamos en un mundo en que perder es humillante. Pero es como si ignoráramos que para que haya un ganador, debe haber muchísimos perdedores. Y los ganadores no aceptan la derrota, ganarán a como dé lugar. Es algo que puedes sentir en tu amigo de la escuela mientras juegan un picado de futbol en equipos contrarios. Si tienes que darle una patada se la das; si tienen que empujarte hacia una zanja, prefieren eso a perder”. En ese momento se jugaba un partido en la calle entre las primeras líneas del norte y del sur del plantón de la Loma de la Dignidad. No se veían angustiados por ganar, jugaban al fútbol más con alegría de dominar la esférica que con el afán irresoluto de imponerse sobre el otro.

Había ya anochecido. La primera línea estaba tan distraída que no vieron la avalancha de carros que venía desde el sur. Una mujer salió a la mitad de la calle para detener el tráfico: iban directo a la cancha de fútbol improvisada; muy probablemente los conductores no la habían visto porque esa parte de la calle quinta es curva. Sin pensarlo mucho salimos a la mitad de la calzada para cuidar a la primera línea que nos cuidaba, pero también para cuidar a los conductores de meterse en un aprieto y lesionar a alguien. Los carros se detuvieron, pero curiosamente una camioneta Toyota blanca amagó con pasar a las malas haciendo una peligrosa maniobra. Más gente corrió a trancarlo. Los gritos llamaron la atención de la primera línea y en segundos estuvieron frente al vehículo. Pensamos que los ocupantes de la Toyota iban a abrir fuego en cualquier momento, ya había pasado en la Luna y otros puntos de resistencia.

Afortunadamente ese no fue el caso. Los autos dieron media vuelta y tomaron por San Bosco. Tampoco era larga la ruta alterna hasta más arriba del bloqueo. No celebramos con una arenga. Nos miramos, nos reconocimos como ciudadanos, vinculados por la calle que es de todos y todas, por la lealtad a ganarnos el pan de cada día, por la sensación de que nos atracan en el banco, en la nómina, en la EPS, en el IVA, en los peajes, en los servicios tenemos que pagar los desfalcos de los honorables, nos vincula la indignación de que haya más plata para comprar armas, aviones, carros para la guerra y en cambio las escuelas no tienen pupitres para toda la población, no hay computadores, no hay instrumentos musicales, no hay salas de música, no hay laboratorios, no hay video proyectores, ni cámaras y encima se roban la comida de esos niños que van a la escuela sobre todo para comer dos veces.

Volvió a sonar la música. Arriesgando sus equipos, músicos y sonidistas se han unido al paro y animan el tiempo con composiciones nuevas y recomposiciones de canciones viejas. Cantantes desconocidos, conocidos y reconocidos han estado tocando todos estos días de paro. Son gestos que no olvidaremos. Entre un concierto y otro un vecino empresario me contaba que unos días atrás había venido el ESMAD y había tirado gases lacrimógenos hacia las casas del barrio por donde corría la gente. Los vecinos salieron a reclamarle a la Policía, una de las granadas había caído en el patio de una casa. La Policía retrocedió, “yo creo”, dijo el empresario. “que es así como ganamos. Uniéndonos”.

Volví a casa a las 7 pm. La recomendación de los líderes es irse a descansar para salir a luchar otro día. En la Loma la calle amanece despejada, pero en la tarde vuelve a ser bloqueada para una nueva asamblea. “Esperamos que el gobierno se dé cuenta de que camioneros, trabajadores, minga, estudiantes, pequeños ganaderos, campesinos, lecheros, y otros gremios no somos FARC ni ELN, y venga a sentarse con nosotros a discutir la agenda del año que le queda”. Por lo pronto parece que el gobierno cree que todo se resuelve a lo narco, a punta de bala.





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