Crónica – Los Turcos del Medio

Los Turcos del Medio


Por: Hernando Aldana
Historiador Universidad del Valle





— ¿Cómo se dio el amor?
— Empezamos a coincidir en todas las ciudades del mundo, donde yo participaba en congresos sobre neurociencia y neurobiología. Ella era una periodista especializada y yo su blanco perfecto. Nos tomábamos un café mientras me entrevistaba y luego el tema era todo, la vaina, que decimos en Colombia. Sin embargo, los temas se quedaban a medio camino porque siempre había un avión que nos estaba esperando. Yo vivía en New York y ella en las antípodas. Así que le propuse casarnos para poder terminar las conversaciones.

— Muy curioso.
— ¿Por qué le parece tan curioso?
— Porque ayer, Luis Ospina, andaba filmando la implosión que convirtió en escombros el templo de los buenos conversadores que tuvo la ciudad, entre finales de los 60 y el 2007, ese lugar, el Café de los Turcos del medio, fue fundado por siete contertulios contrariados por lo mismo: cuando mejor era el nivel, la agudeza, o el humor de la conversación, los meseros, a una hora determinada, dondequiera que fueran, empezaban a apagar luces y voltear asientos sobre las mesas.
— Estamos pasados de montar un café — declaró Alejandro Valencia entre dientes.
— O un restaurante — afirmó Estrella Sayin.
— Lo que sea, con tal que podamos terminar las historias — declaró Fernando Cruz.
— Si están hablando en serio les tengo el lugar perfecto — terció Carlos Arturo Jaramillo.
— ¿Dónde puede quedar tanta belleza? — preguntó Lucy Tejada.
— En medio de los dos cafés de la calle de los Turcos.
— ¿Tres cafés en la misma calle? — observó Isy Levites.
— Ya mismo los puedo llevar.
— Yo tengo que ver eso — declaró Fernando Urrea.
Uno a uno, se fueron levantando, caminaron hacia tres autos parqueados sobre la calle, avanzaron sobre la cuarta norte y desembocaron a la calle de las cadmias. Se detuvieron frente a la portada de utilería de una de las plazas de toros que tuvo Cali en los años 30, ahora un lote convertido en parqueadero. Ahí estaba el local marcado por un Se alquila en letras rojas y un número de teléfono. Alejandro se aproximó al vidrio de la puerta, hizo visera con la palma de la mano y miró hacia el interior.
— Es un espacio desangelado, pero perfecto para un café como el que estamos pensando.
— O un restaurante — repitió Estrella.
— O lo que sea, las conversaciones inconclusas se vuelven almas en pena que vagan desamparadas por toda la eternidad — proclamó el escritor.

Allí en medio del Café Bolívar y el Café Juanambú, dos lugares de comida árabe, poblada por árabes y judíos, lejos de las detonaciones de artillería y explosiones de mortero de sus remotas tierras, los eternos enemigos jugaban backgamón en silencio. En las mesas, gringos y europeos de camiseta, bermudas y sandalias desayunaban mezclados entre caleños, escribían cartas y postales que luego llevaban al correo a tan solo veinte pasos.

A los Turcos del medio fueron llegando los amigos de los fundadores, luego los amigos de los amigos, sus esposas, sus novias, sus amantes, y con ellos el amor domesticado, el amor a contrapelo y los inquietantes amores cruzados, pero finalmente el amor, que de tanto en tanto viajaba de mesa en mesa. Los políticos de todos los colores, tanto los que entonados cantaban “La internacional”, como los de “cara al solo por una patria nueva”, los que se enardecían hablando de futbol, como los que no le paraban ni cinco de bolas. Los que cantaban los viernes, los que les daba oso hacerlo, los que solo hablaban de éxito y negocios. El cuadrado diván de Estanislao, Oscar Espinoza, Anthony Sampson, Alfredo Reyes. La mesa de Fernell, Silvia, Hernando Guerrero, Gertjan, la de Gaby, Larry, Hensy, Conny, María Cecilia, Adolfo Montaño y otros músicos, la de Oscar Muñoz, Ever Astudillo, Diego Pombo, la mesa de los publicistas presidida por Hernán Nicholls, el hombre que se inventó la máquina para andar a pie, siempre haciendo malabares con la palabra en compañía de Saaavedra, y Manchola. La mesa de William Ospina, Gerardo Rivera y Edgard Collazos, quien fue severamente azotado cuando se pasó a la mesa de Aldana, Pepe y Arellano. Arellano Echavarría Carlos, el necio inventor del tenedor para tomar lulada y salpicón, quien nos dejó una excelente y diversa obra que Gloria, su madre, se niega a soltar. El jugo de mandarina que glorificó Daniel Samper Pizano cuando vino a Cali para dirigir el periódico El Pueblo. El encebollado, la ensalada turca con aguacate, el tabbule, los quibbes, el hummus de garbanzo y berenjena sobre el pan árabe. La Vitoria Arduino de vapor para hacer café. Chichí el embolador que cantaba a Ismael Rivera, se nos fue con la pandemia. Guerra, el profesor palmirano de geografía que según decían, se enloqueció fumando bareta. Nos bendecía o nos soltaba una sarta de todo lo soez y excomulgable en lengua castellana, cuando ni lo mirábamos por andar conversando. Cocoliso, marcado en la frente por andar jugando entre mesas de filosas esquinas, su patio de juego. Entretanto Marianita, precoz discípula de Lucy, nos sorprendía con la belleza de sus dibujos. La mesa de Luis Ospina, Carlos Mayolo, Andrés Caicedo, la Rata Carvajal y Ramiro Arbeláez, el quinto mosquetero. La mesa de Jaime Galarza, Marino Cañizales, Umberto Valverde. La mesa de las Luces que huyeron de los prestamistas en compañía de Gabriela, que no debía nada y en cambio le quedamos debiendo el amor. Isabel, la santarrosana madre de Alberto Guzmán, maravillada de ver mujeres en un café y fumando y repetía, fumando. Torres, Arana, Sharif y el gran Pablito, inolvidables con cuajó y sin cuajó. Los ingleses del británico -salvo Penny- se resistían a hablar español, una lengua en la que nunca escribió Shakespeare, la pálida irlandesa del Sinn Fein, Marjorie, la bella uruglesa errante. Luego fueron llegando los muchachos y entre ellos, uno sencillo y feliz que nos hizo palpar un verde millón de dólares de su primer corone, perfectamente acomodado dentro de una maleta negra puesta encima de los bultos de arroz de la alacena. Porque un hombre que no tiene a quien contar sus éxitos, no ha hecho nada. También los de pocas palabras que cada tanto se nos llevaba al personaje del turbante deshilachado, lunar de pelos en la mejilla, que desbarataba asientos con su risa, el mejor cocinero, no de lo que ustedes están bien pensando sino de lo otro, él, que era un autodidacta en todo, él, que iba de sublime a hijodeputa sin dejar de ser el mismo. Je, je, es una buena definición mía, celebró William, el árabe-griego, mi personaje inolvidable.

— ¿Ala, eso tan bueno quedaba en Bogotá?
— No, doctor Llinás, en Cali.
— Ahh.

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