Crónica – Las últimas palabras: el rastro variopinto que perdurará

Las últimas palabras: el rastro variopinto que perdurará

¿Qué tienen en común el nacimiento de bibliotecas en antiguos CAI’s de la Policía y la basta cantidad de murales, grafitis y afiches que hoy en día proliferan en Cali? Ambos aspiran a ser la memoria viva de una generación que no quiso guardar silencio, aunque eso le costará la vida propia.


Por: Jhon Gamboa
Estudiante de Comunicación Social – Univalle





Todo inició cuando alguien pintó juntas las palabras “biblioteca” y “popular”, quizá sin saber que ese gesto libertario iba a cobrar la seriedad de una revolución. Es la tarde del 20 de mayo del 2011 y el sol cae con una intensidad metálica, corrosiva. Claudia Muñoz es docente de teatro, promotora de lectura y vecina del lugar. Tiene el cabello morado, con puntas azules que le caen a los costados, camisa remangada a la altura del codo, pañoleta azul oscuro con un estampado en arabescos blancos y una manilla de piedras cafés en la muñeca derecha. Ella es quien me recibe al llegar. Luego de encontrar un sitio fresco para hablar, me dice que cuando vieron el letrero en el que se convertían esas dos palabras ella y otros grupos de colectivos, gente que trabajaba en los alrededores de manera artística, decidieron apropiarse de la idea:

— Oiga: ¿y si montamos una biblioteca popular? —recuerda que se dijeron, y que con ese propósito empezaron a traer libros y a partir de la marcha que se convocó el 1 de mayo, día del trabajo, el lugar empezó a funcionar — Los vecinos poco a poco se fueron acomodando a la idea, traían libros. Trabajamos por trueque o donación. Empezamos con unos 30 y ya tenemos más de 200, con muy buenas colecciones. No solamente los que se quieren deshacer de la Biblia en la casa, sino muy buenas colecciones de todo género: sociología, historia, infantil, política, novela, etc.

Estamos en lo alto de la Loma de la Cruz, hace poco rebautizada por los marchantes de Cali en el marco del Paro Nacional como la Loma de la Dignidad, sentados bajo la sombra de un pequeño árbol, a un costado del sendero que sube desde la calle Quinta hasta la plazoleta central. Alrededor se avistan las primeras casetas pintadas de beige, donde artesanos venden toda clase de artículos tradicionales. Más arriba se escucha “Amor y control”, de Rubén Blades.

— Hicimos una pintatón, como desde el tercer día de arrancar, entre todos, con las pinturas que nos iban llegando, y empezamos a pintar el espacio –continúa Claudia. El otro día había una jornada de pintatón y vinieron personas de diferentes colectivos que hacen murales y empezamos a trabajar todo el espacio. Ellos tenían libertad de hacerlo. Adentro un compañero del sector de las artes nos pintó un chamán, y tiene la frase representativa de las comunidades indígenas. Pusimos “Biblioteca” por todo lado. Todavía le falta.

Porque, me cuenta, hasta que no se aclare el estado legal de la Biblioteca no pueden disponer por completo del espacio. Para esto han buscado entablar diálogos con la comunidad que vive cerca y los artesanos que trabajan en el sector, y han descubierto que las opiniones están divididas: la mitad de ellos quiere el retorno del CAI, porque tiene la sensación de que la presencia de un policía genera seguridad; la otra mitad admite que el problema de seguridad que se presenta en el barrio –robos a visitantes y vecinos en horas de la noche por parte de personas que se aprovechan de las múltiples entradas que ofrece el sitio— no lo resuelven los agentes de la policía que se ubican en el CAI.

— Contado por ellos mismos, decían que cuando veían robar a alguien aquí abajo cerca a la Quinta venían y pedían ayuda a la policía y la policía no hacía nada porque ellos no se podían mover del lugar. Entonces esa indignación para la mitad de los vecinos es clara. ¿Pa’ qué vamos a traer a engordar dos policías –aclara Claudia que les dijo una vecina— si de todas maneras no van a tener una acción contundente para ayudarnos? Queda claro que, en los diálogos con la comunidad, el CAI no va a solucionar que siga habiendo conflictos en la Loma.

—En ese sentido era como un símbolo –le digo.
—Sí, pues un símbolo normal para nuestros abuelos, nuestros papás que consideran que un policía genera autoridad. Pero ahorita, y justo en este gobierno y lo que ha pasado en estos más de 20 días, quedó clarísimo que ya no existe y no es válido el cuento de unas manzanas podridas. Creo que si vos sos policía, tu deber es ser ciudadano y proteger al pueblo, pero si a vos te permiten masacrar… Eso es lo que tenemos en las calles. Ante eso, parte de lo que se está peleando es un cambio social. Debe haber una reestructuración porque se ha perdido lo humano. Y, si no tenemos ese factor, nos vamos a matar entre todos.



—Es muy importante hablar de símbolos y de cambio de símbolos, a partir de este paro, y esto que sucede acá es un ejemplo.
—Los tres CAI’s que están en Cali –aparte del ubicado en la Loma de la Dignidad, otros dos CAI’s se han convertido en bibliotecas en los puntos de Puerto Resistencia y El Paso del Aguante, oficialmente conocidos como el Barrio Metropolitano del Norte y la glorieta de Puerto Rellena— serían un ejemplo porque es una transformación de lo que está pasando en el espacio y con la autoridad. Cómo quitar ese símbolo de seguridad, de dictadura y de golpe contra el pueblo por bibliotecas, por cultura, que la gente pueda entrar a leer, que la gente pueda tener un espacio para generar ideas, para respirar, para conocer otros mundos, otra literatura. Esa es la importancia de las bibliotecas en Colombia. Porque la educación de nosotros no es de las mejores. Cada vez hay menos bibliotecas, cada vez van menos a los espacios… —me dice Claudia, y luego parece entender cómo las circunstancias actuales resultan irónicas ante algunos prejuicios provenientes del uso excesivo de las redes sociales, una de las principales distracciones que alejan a los jóvenes de hábitos de lectura.
— Los aparatos tecnológicos que tanto criticamos… mira cómo han servido ahorita en la lucha social. Gracias a este teléfono que vos tenés ahí, el mundo se dio cuenta de lo que pasa en Colombia. Que no es nuevo. Que es algo que se está viviendo hace más de 50 años por los campesinos. Se viven en los pueblos. Este es un país de los que más masacra líderes sociales en el mundo… y ahorita que eso viene a las ciudades, mucha gente que estaba en la comodidad despierta. La comodidad nos adormece un poco el alma y aquí el espíritu reventó y esa solidaridad se está viendo. Y entre más sangre hay en las calles, creo que hay más apoyo.

Luego me invita a que conozca el interior de la Biblioteca.
—Nosotros entramos a trabajar en comunidad y la gente quiere hacer cosas, ¿sí me entendés? Todos los pelados que ves acá, y todos los que vas a ver ahorita mientras vayas entrando. Nos hemos unido entre todos –concluye, mientras nos ponemos de pie y nos dirigimos a la Biblioteca, ubicada en diagonal a nosotros, a menos de cinco metros.



*

Caminar por las calles de Cali es como posar la mirada sobre un lienzo, con la sospecha de que su extensión abarca tanto como podamos ver. Desde hace más de un mes, en diferentes puntos de la ciudad se encuentran murales, grafitis, afiches y demás consignas que dan cuenta de lo que está ocurriendo en el país: los actos de abuso policial, las exigencias para con el gobierno nacional, la indignación ante la tara de la corrupción, el racismo y el arribismo, entre muchas más. Algunos, ubicados en las calles y paredes de las principales avenidas, dicen: “mañana saldré con el temor de dejar mi sueño en un charco de sangre”, “aguante la capucha”, “parece imposible hasta que se logra”, “los niños también sabemos de resistencia”, “el amor es la mayor solución”, “sean como niños”, “apaga la tele, que te miente”, “nos quieren sacar los ojos porque saben que ya los abrimos”, “me gustaría salir a marchar sin preocupar a mi mamá”, “aullándole a la vida”, “ no se puede comprar el sol”, “más educación, menos plomo”, “cuando la mariposa es libre solo vuelve a un lugar por elección”, “menos es-mad”, “el pueblo habla en la calle”, “la normalidad está montada sobre la sangre y la miseria de los desposeídos”, “a Colombia la cuida la capucha”, “roban los de arriba, pagan los de abajo”, “nos quitaron hasta lo bailao!”, “si los huevos costaran 1.800, yo no marcharía”.

Sería imposible abarcar el lienzo, mucho más si tenemos en cuenta que este movimiento se ha visto a lo largo del territorio nacional. A pesar de los distintos canales de comunicación que han aflorado durante estos días, está latente el riesgo de que gran cantidad de estos mensajes se pierda, a fuerza del flujo interminable de información que se está manejando. Que pasen desapercibidos, reduciendo su alcance a un círculo muy específico, lo que los llevaría a perderse en el tiempo. Ante este escenario, iniciativas curatoriales como las de “Nonoscallarán”, un portal web, surgen para recoger los trabajos que colectivos artísticos y particulares han producido por estos días y servir de puente masificador del ánimo general: el gran repositorio del clamor ciudadano.

“Nonoscallarán” fue creado por Eva Parra, una española de 39 años graduada de Filosofía e Historia del Arte Contemporáneo que lleva siete años viviendo en Cali. Eva es fundadora, junto con su esposo Camilo Otero, de la imprenta Calipso Press, un lugar cuya parte editorial está centrada en los libros de artistas, proyectos que en lugar de hacer el compendio de una obra se plantean a sí mismos como obras artísticas, y que tiene como autores tanto a artistas como a antropólogos, diseñadoras y toda clase de persona cuya propuesta consideran que es importante de ser publicada en ese sentido. Sus proyectos, así como los de muchos más, cambiaron cuando fueron testigos de este paro.

—Yo creo que como mucha gente que también está en nuestra situación, una situación mucho más privilegiada, donde vives a las afueras de la ciudad, no ha habido tanto “jaleo”, por así decirlo, en el propio barrio, pero como muchos de nosotros se está dando cuenta de lo que está ocurriendo a través de redes sociales, “Lives” –transmisiones en vivo y en directo—, pasando la noticia en vela y sin dormir, nos surgió la necesidad de hacer algo. De poder como ayudar haciendo algo, o simplemente no sé si de una manera egoísta hacer algo para no estar pensando en qué está pasando. Y, bueno, la máquina que tenemos –la RISO, japonesa, duplicadora en términos más generales—, tiene una larga tradición, en general, con publicaciones clandestinas. Con cosas que se necesiten hacer como muy rápido, en mucho número, y dijimos: “bueno, pues abramos la máquina a que la gente que quiera imprimir, imprima”. La gente que podía ir a las marchas y necesitara un cartel, lo pudiera imprimir. Hicimos un llamado, en nuestra página de Instagram, y nosotros no esperábamos… ¡hombre!, esperábamos que alguien iba a contestar, pero no esperábamos que fuera tanto el volumen de personas. Durante cinco días estuvimos imprimiendo, constantemente –me dice, y que en ese tiempo alcanzaron a imprimir más de 3.000 afiches, de unos 60 modelos diferentes, que se distribuyeron a lo largo de la ciudad.



— ¿De dónde surge el nombre de “Nonoscallarán”? —le pregunto.
— Notamos esa situación de, no sé ni cómo interpretarlo, supongo que también hay toda una historia en esta ciudad, de miedo y de represión, y por todo esto la gente no quería hablar, no quería decir nada. Y nos parecía importante no callarse, por lo menos asumir la obligación de seguir teniendo una voz, seguir diciendo aquello que pensabas. Por eso el nombre no es tanto en el sentido del “no nos callarán”, sino más una voluntad personal de “no nos vamos a callar”, y también como una especie de intensión de ánimo de contagio, que sentíamos que teníamos que hacer. Como de decirle a la gente: “oye, no me voy a callar, no te calles tú tampoco, y no nos callemos ninguno porque no es el momento de estar callado”.<7br>
—De las propuestas que han recibido, ¿qué opinas de la creatividad que se puede percibir a través de ellas?
—Ha sido increíble. La verdad es que estoy yo sola con la página, entonces estoy tardando mucho en subirlas. Es una lástima porque no puedes ver todos los afiches ahora mismo. Pero, ¡hombre!, una de las cosas que más me ha llamado la atención es la diferencia entre los intereses al final, de lo que significan las consignas y las temáticas, y también cómo todas forman parte de una sola cosa. Que es un poco como el reflejo de lo que ha pasado con este paro, o con muchas revueltas alrededor del mundo: una situación muy concreta, que en realidad lo único que hace es destapar un montón de intereses que funcionan más como una constelación que como elementos aislados. –y luego me explica que la transformación de las muestras gráficas a lo largo de estos días se podría explicar como una especie de duelo colectivo— Una de las cosas que más he observado, también por el mundo en el que me muevo —Eva es docente de arte y diseño en la Universidad Javeriana—, lo más duro que he visto, y también en los carteles, es esa necesidad al final de duelo colectivo. Los primeros días, los carteles fueron mucho más creativos, a nivel de juego de palabras, y recordaba mucho más a “mayo del 68” en ese sentido, y a medida que se fue recrudeciendo la violencia y entendimos que había una situación urgente fueron cambiando como a elementos que tenían que negociar una rabia o negociar un duelo.

— ¿Como imprenta ustedes se han visualizado un proyecto que dé constancia física de, por ejemplo, “Nonoscallarán”?

—Sí, de hecho en estos momentos estamos hablando con ISSUE PRESS, que es como una imprenta increíble, y nos propuso hacer como una especie de carpeta de afiches con una selección para que las ventas vayan dirigidas a cualquier institución u ONG que las vaya a necesitar en este post-paro –me dice Eva, del otro lado del teléfono, y luego agrega una frase cuya esperanza se hace, con el pasar de los días, más improbable— Porque espero que cuando tengamos el libro ya estemos hablando más bien de qué hacer ahora.



*

La Biblioteca de la Dignidad es un cubículo de aproximadamente 3 metros cuadrados, cuya estructura la asemeja a un iglú compuesto por tres túneles de entrada, sin cúpula, aunque cuando se observa de cerca es claro que dos de ellos son ventanas sin cristales que solo conservan la forma de arco, bajo las cuales está escrito “Biblioteca la Dignidad”. Su interior está protegido por una reja blanca, y los ladrillos que la cubren alrededor han sido pintados de tal forma que da la sensación de atravesar un arcoíris. Adentro, sobre un muro de ladrillos que ha sido pintado con símbolos de tribus indígenas, descansan uno sobre otro, en ediciones antiguas y recientes, libros que van desde La Ilíada, de Homero, hasta la colección completa de las Cincuenta sombras de Grey, de E. L. James. En una de las paredes está el dibujo del chamán con su mensaje familiar —“nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie aunque piense y diga diferente”—, en otra se lee “Cuando se lee mucho, se dispara poco” en letras blancas sobre fondo vino tinto.

Al fondo, sentados en el suelo, hay tres muchachos. Uno de ellos, vestido con camiseta a cuadros en tonos grises, pantalón en dril, un alicate en el bolsillo trasero derecho y una cinta colgada de un arnés pequeño de la agarradera izquierda, intenta avivar la esencia del palosanto que ha metido en el interior de una lata de cerveza a la que le ha cortado la parte superior, convirtiéndola en un recipiente para el sahumerio. Una más, libro en mano, le cuenta al otro muchacho el mito de Shakespeare: según ella, el poeta inglés no murió sino que se fue a otro país, con otra identidad, y en adelante se llamó Marlowe: Marlowe es el mismo Shakespeare, le dice. El sol se cuela hacia el interior y me confina, también, al fondo, junto a ellos. Tomamos aguadepanela. De repente, el rumor de una noticia que amenaza con golpear los ánimos concentra toda su atención en el celular que uno de ellos sostiene: según se puede entender, uno de los locales de los almacenes Éxito, ubicado en el barrio de Calipso, está sirviendo como centro de reclusión ilegal de manifestantes que han sido capturados arbitrariamente por la policía, y nadie les permite el acceso a integrantes de DD. HH. para corroborar si es cierto o no. Nadie dice nada, atento al video que está transmitiendo la noticia en vivo. Entonces recuerdo lo que me dijo Claudia hace un rato, y pienso que tiene razón.

Gracias a las crudas transmisiones parecidas que se hicieron desde diferentes puntos del país, sobre todo en Cali, el número de personas que conoció lo que estaba ocurriendo en Colombia se amplió exponencialmente. De un día para otro nos despertamos con mensajes de cantantes como Justin Bieber, Demi Lovato, Residente, Karol G, Goyo y Tostao –de la agrupación “Chocquibtown”—, Shakira, Nicky Jam, Monsieur Periné, Camilo Echeverry, Adriana Lucía, Mario —de “Doctor Krápula”—, Aterciopelados; actores como Santiago Alarcón, Julián Román, Diana Ángel, Carolina Guerra; youtubers como El Rubius, Auronplay, Luisito Comunica, Brianda Deyanara; y un amplio espectro inverosímil que incluye nombres como los de Mia Khalifa, Kim Kardashian y James Rodríguez.

El apoyo a las protestas en Colombia, y la exigencia para que se establezcan garantías reales de seguridad han ido más allá del plano mediático que se podría vislumbrar por esta marejada de mensajes en redes sociales. Casi que al mismo tiempo que Instagram se llenaba de publicaciones por parte de estas personalidades de la farándula, en el ámbito político empezaban a aparecer los cuestionamientos y las reprobaciones ante las violaciones a los derechos humanos que el mundo estaba atestiguando a la distancia. Los comunicados oficiales no tardaron en redactarse, desde todos los organismos de control y verificación: la Portavoz del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, ACNUDH; el Portavoz del Servicio Europeo de Acción Exterior; congresistas del Partido Demócrata estadounidense; el Relator Especial sobre el derecho a la libertad de reunión pacífica y de asociación –también de la ACNUDH—; el Director Ejecutivo para la División de las Américas de Human Rigths Watch; la Misión de Apoyo al Proceso de Paz en Colombia, de la Organización para los Estados Americanos –OEA—. De ellas quizá la más significativa, por su lugar de procedencia, fue la del presidente de la Argentina, Alberto Fernández, quien el 6 de mayo dijo desde su cuenta de Twitter: “Con preocupación observo la represión desatada ante las protestas sociales ocurridas en Colombia. Ruego porque el pueblo colombiano retome la paz social e insto a su gobierno a que, en resguardo de los derechos humanos, cese la singular violencia institucional que se ha ejercido.”

La Cancillería colombiana, por toda respuesta, emitió el siguiente comunicado también por medio de su cuenta en Twitter, el día 7 de mayo: “Acorde con nuestra posición histórica, Colombia seguirá siendo un país abierto al escrutinio internacional, pero rechazaremos siempre los pronunciamientos externos que no reflejan objetividad y que buscan alimentar la polarización e impedir la construcción de consensos en nuestra patria. Seguiremos trabajando con la comunidad internacional para informarle de forma integral sobre la situación interna y sobre el avance de los diálogos que viene realizando el gobierno nacional con todos los sectores políticos, económicos y sociales del país.”

Prueba de la soberbia y la improvisación de la administración que encabeza el presidente Iván Duque es que Claudia Blum, su Ministra de Relaciones Exteriores, haya tenido que renunciar al cargo el jueves 13 de mayo, debido a las polémicas e inconformidades suscitadas a raíz de dicho comunicado. El cargo sería ocupado luego por la actual vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, en cuyo primer comunicado culparía a los Acuerdos de Paz firmados entre Colombia y la antigua guerrilla de las FARC-EP de la situación que estamos viviendo.



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La cobertura nacional ha estado determinada, sobre todo, por medios emergentes que han salido a las calles a mostrar –en muchas ocasiones en tiempo real— lo que ha ocurrido en este casi mes de protestas. Entre ellos cabe destacar a portales web como 070, La Silla Vacía, Vorágine, Cuestión Pública, Rolling Stone, Rutas del conflicto, Pacifista, Baudó, Cartel Urbano, Manifiesta, La Oreja Roja y La Cola de Rata. Ante la hegemonía de los dos canales de televisión tradicionales –cuya intensión deslegitimadora del paro ha llegado a absurdos como el de atribuir celebraciones por razones que no correspondían—, estos medios han servido como reflector para la población y han apoyado el trabajo de canales y demás publicaciones internacionales que han llegado a Colombia a cubrir cada jornada por su propia cuenta: la BBC, de Londres; FRANCE 24, de Francia; El País, de España; El Comercio, de Perú; La Nación, de la Argentina; El Mercurio, de Chile; Deutsche Welle, de Alemania; The New York Times y The Washington Post y Time, de Estados Unidos; Al Jaazera, de Medio Oeste; Cosecha Roja y Anfibia, de Argentina; y Televisa, de México.

Los ojos mediáticos y diplomáticos están, en efecto, en Colombia, lo que renueva el ánimo de los ciudadanos frente al registro riguroso que pueda quedar cuando salen a las distintas marchas a las que son convocados, así como porque les permite un medio confiable al cual acudir en procura de visibilizar los atropellos que se cometen a diario, en especial en horas de la noche, en varias ciudades. Desde la llegada de periodistas extranjeros una sospecha fue ratificada: ante un medio internacional ha habido menos represión —amén de la buena imagen, cada vez más autosaboteada, que el gobierno nacional quiere dar en el exterior—, y existe la esperanza de que los niveles de impunidad a los que nos hemos visto enfrentados en anteriores paros disminuyan. En menos de un mes hemos vivido en carne propia, sin que nadie lo viera venir, la puesta en escena de un conflicto bélico que tiene a los jóvenes como sus principales objetivos. Mucho se habla de la necesidad de pensar este momento como algo que, tarde o temprano, verá su fin, pero lo cierto es que nos han obligado a sentir la impotencia y la angustia de vivir a pesar de una guerra contra la soberbia de un presidente que no ha tenido la humildad de aceptar sus equívocos. ¿Qué seguirá después? ¿Qué pasará con todos los casos de desaparición forzada cuando el tiempo le reste novedad a la situación de Colombia y, por consiguiente, los grandes medios que han dedicado páginas y páginas a este país dejen de vernos con interés?

— Cuando yo era pequeña, tenía menos de 10 años, vivía en España y había muchas pintadas en los edificios, donde ponían “OTAN no”, y yo no entendía qué era eso. Le preguntaba a mi madre y ella me decía: “es que hubo un momento en el que se votó si entrábamos en la OTAN o no”. Yo siempre pensé que no entrar era lo que había que hacer, porque solo veía pintadas de “OTAN no”, y nunca veía pintadas de “OTAN sí”. Un día le pregunté a mi madre por qué habíamos entrado en la OTAN, si era tan visible que parecía que no se quería. Y me dijo: “no, a ver, lo que pasa es que los que querían entrar en la OTAN tenían dinero, hacían carteles, los carteles tienen una duración efímera; los que no querían entrar era la gente que menos presupuesto tenía o que no venía de un lado institucional, entonces hacían pintadas”. —me dice Eva, y luego se arriesga, sin saber que esas palabras bien podrán cifrar el destino de todas las iniciativas que han surgido de jóvenes grafiteros, colectivos que buscan fundar bibliotecas y todos aquellos que no tienen el arrojo necesario para pararse en la primera línea— Al final las pintadas quedan más tiempo, ¿no?





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