Crónica – Historia de un desplazamiento intraurbano

Historia de un desplazamiento intraurbano
“¿Cuáles son las víctimas para el Estado? ¿Los de la ciudad no somos víctimas?”

Vereda Dominguillo. Ocho de la noche. Si a duras penas había luz eléctrica, era imposible tener señal en el celular, pero como decía Douglas Adams “las malas noticias obedecen a sus propias leyes”. Así que contra todo pronóstico el teléfono de Daicy Chocó sonó; al contestar escuchó esa frase aterradora que ninguna madre quiere escuchar: “¡Mataron a su hijo!”. Era su hijo mayor, al menor lo habían asesinado seis meses atrás.


Por: Natalia Vinasco Martínez
Estudiante de Estudios Políticos y Resolución de Conflictos




Daicy Chocó, víctima de desplazamiento intraurbano.
Foto: Natalia Vinasco Martínez.


Daicy Chocó llegó en 1998 con sus dos hijos al barrio La Pradera en la Comuna 21, oriente de Cali, como beneficiaría de un proyecto de reubicación para quienes, como ella, no habían tenido otra alternativa de vivienda distinta a la de ocupar un pedazo de tierra en Charco Azul.
A los pocos años de llegar a su nueva casa empezó a escuchar cómo algunos de sus vecinos debían pagar un “impuesto” para entrar y salir del barrio sin problemas. Los encargados de cobrar lo que hoy es popularmente conocido como “vacuna” eran los habitantes más jóvenes del sector. Quienes se negaban a pagarles contaban con plazos de 24 horas para abandonar sus viviendas “Pero nunca se me llegó a pasar por la mente que de pronto yo tuviera que pasar por lo mismo”, recuerda Daicy.

En Junio de 2010, a Daicy le asesinaron a su hijo menor. Allí empezó una pesadilla de la que difícilmente lograría despertar. Cuando Daicy no había escogido ni siquiera la lápida que pondría en la tumba de su hijo, quien lo asesinó fue atacado “a bala” en su casa, su madre resultó herida. Este nuevo encuentro que tuvo el asesino con la sangre, lo hizo sospechar del hijo mayor de Daicy, pues quizá podría tener un interés en vengar la muerte de su hermano. Si bien nada podía confirmarle su sospecha decidió darla por sentada y acompañarla de una amenaza: si él había llorado por su madre, su supuesto nuevo enemigo también tendría que llorar por la suya. Ahora, la vida de Daicy estaba en peligro. Debía abandonar su casa en el menor tiempo posible. Eran las 7:30 de la mañana cuando en medio del llanto su hijo la llamó a suplicarle que saliera cuanto antes de su casa sin sostener ningún tipo de conversación con nadie durante su huida. Por recomendación de su angustiado hijo, para salir del barrio Daicy tuvo que abordar cuatro rutas distintas de buses “para despistar” por si alguien la estaba siguiendo, ese fue el inicio de su calvario.

“Empezó esa odisea, noches de no dormir; un día me quedaba donde un pariente otro día donde otro, donde otro y así siempre con esa zozobra de que me estaban buscando para matarme”. Como si fuera poco, Daicy fue despedida de su trabajo, pues ahora era considerada un riesgo. Desesperada trató de encontrar ayuda, se fue para una oficina en el CAM (Centro Administrativo Municipal) con la esperanza de que alguna autoridad le tendiera la mano, expuso su caso ante la primera funcionaria que encontró y que como si se tratara de una conversación de rutina (tal vez lo era para ella, pero no para Daicy) le preguntó con frialdad: “¿A tu hijo quien lo mató?” luego de que Daicy le relatara su historia, la funcionaria le advirtió que como su hijo había sido asesinado en la ciudad no tenía derecho a una reparación administrativa -“Yo le pregunté: ¿Eso qué es?, y ella me respondió que en ese momento no me podía atender, pero que yo no tenía el perfil de una persona desplazada”. Daicy pidió una explicación -“Yo preguntaba, pero ¿Cómo es el perfil de una persona desplazada? ¿Tengo que venir sucia? ¿Descalza? ¿Llorando? o ¿Cómo es una persona desplazada?” la mujer la miró a los ojos y le insistió: “Madrecita, tú no tienes el perfil”.

Al no encontrar ayuda Daicy tuvo que desplazarse de la ciudad al campo, era la única manera de seguir con vida, para ella su situación era todo un mal sueño “Yo siempre pensaba que eso del desplazamiento era de Buenaventura pa´ llá, o que era en Tumaco o en El Charco y yo no estaba ni en Buenaventura, ni en Tumaco ni en el Naya, yo estaba en Cali, entonces yo decía eso a mí no me va a pasar, además porque yo no me metía con nadie y tenía muy buena relación con mis vecinos”. Huyéndole a la muerte, sólo con su cama y algo de ropa, pues todo lo demás tuvo que dejarlo tirado, incluida la casa, Daicy llegó a una finca ubicada en una vereda en el departamento del Cauca, -“Y yo decía ¡Dios mío! me tocó venirme a vivir al campo y a mí el campo me gusta, pero para ir de paseo y devolverme a las cinco de la tarde al bullicio de la ciudad”.




En 1998 Daicy Chocó salió de este asentamiento en Charco Azul como beneficiaria de un proyecto de reubicación.
Foto: Archivo del Patrimonio Fotográfico y Fílmico del Valle del Cauca.


Daicy debía viajar constantemente a Cali a buscar atención médica, pese a ser una mujer fuerte “de peso pesado”, como dice ella, su cuerpo no soportaba tanto dolor. De Junio, mes en el que le asesinaron a su primer hijo, a Agosto, fecha de su desplazamiento, perdió 45 kilos de peso “Me colgaba la ropa, con una aguja me tocó empezar a cogerle para tratar de remodelarla y que me volviera a quedar buena”.

Lo único que Daicy quería era que su hijo se fuera a vivir con ella a esa vereda lejana de la ciudad a la que sentía que no pertenecía. Él le contó que antes de irse quería hablar con “el man” que había asesinado a su hermano para que le dijera “en la cara” quien le había dicho que ellos (Daicy y él) habían mandado a matar a su mamá para que las cosas quedaran claras. Daicy le insistía en lo peligrosa que podía ser esa conversación y le decía que todo debía quedar en manos de Dios. Finalmente, su hijo aceptó y le prometió que primero vendería su moto para no llegar “con las manos vacías”. Era Diciembre de 2010, cuando Daicy contestó su teléfono; se negaba a creer que la noticia que le estaban dando fuera cierta: lo que le había pasado seis meses atrás se repetía, su segundo hijo había sido asesinado “Yo decía, pero como le cambia la vida a uno así, cuando uno piensa que la violencia está como tan lejos. Si yo no me hubiera ido para el campo a esta hora no estaría contando esta historia”

Cuando Daicy se devolvió de la finca a la ciudad a reclamar el cuerpo de su hijo, la primera persona con la que se encontró fue con su cuñado, al verlo, lo único que pudo pronunciar fue: “¡Me quedé sin hijos!”, lloró. Lloró con todas sus fuerzas por primera vez porque la persecución a la que había estado sometida desde el asesinato de su hijo menor ni siquiera le había permitido procesar su primer duelo. Después de enterrar a su hijo, Daicy tuvo que regresar definitivamente a Cali, pero sin poder volver a su casa. Necesitaba trabajar, era la única manera de “amortiguar” la deuda que tenía con la Secretaría de Vivienda que la llamaba mañana, tarde y noche a cobrarle la cuota de la casa de interés social que había dejado tirada en medio de la tragedia. La deuda había crecido tanto como su desgracia “Y además debía todos los recibos de la casa porque los servicios los cortaron todos, pero igual los intereses seguían subiendo” las cuentas de servicios públicos llegaron a alcanzar casi los cuatro millones de pesos.

Después de un año regreso a la UAO (Unidad de Atención y Orientación al Desplazado) esta vez le dijeron que no podían ayudarla porque había pasado mucho tiempo desde el asesinato de sus hijos y le recordaron una vez más que “no tenía el perfil” opinaban que lo suyo no era tan grave porque todo había acontecido en la ciudad “Eso me parece que es falta de humanidad con las personas que somos víctimas o es que ¿Para el Estado cuáles son las víctimas? ¿Los de la ciudad no somos víctimas? ¿Solamente los del campo lo son?”

Hoy Daicy vive junto a su madre en un barrio cercano a Charco Azul, el mismo del que salió en 1998 con sus hijos hacia La Pradera con la ilusión de tener su propia vivienda. Con su autorización una vecina tumbó la chapa de la puerta de la casa que dejó abandonada, para ponerla en alquiler y evitar que fuera invadida. El precio del arrendamiento está destinado a pagar la cuota de los recibos (Daicy hizo un convenio de pago con Emcali) y la cuota mensual de la vivienda, para no perderla “No la vendo porque en esa casa viví cosas muy especiales con mis hijos y pienso que si la vendo es como faltarles a ellos, serles desleal”.




Actualmente Daicy vive con su madre en un barrio cerca a Charco Azul, lugar en el que vivió inicialmente con sus hijos.
Foto: Natalia Vinasco Martínez.

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