Crónica – Fernell Franco

Fernell Franco


Por: Hernando Aldana
Escritor y fotógrafo caleño




Fernell Franco (1942 – 2006), fotógrafo colombiano.
Foto: Carlos Duque. Tomada de: https://carlosduque.com.co/ojo-por-ojo/


Fernelly Franco, el cuarto de siete hermanos, fue uno de los cientos de desplazados de la violencia que llegaron a Cali a finales de los cincuenta. Venía de Versalles, un pueblo del norte del Valle del Cauca, de clima templado y vocación agrícola. Llegó siendo un niño con su familia en un camión junto con los enseres.

En Versalles había quedado una casa, unos cultivos y la incierta posibilidad de envejecer en el campo en un país que ya se estaba acostumbrando a la violencia. Llegó a uno de los barrios de inmigrantes, se alojaron en la casa de un familiar. Se estrecharon hasta estorbarse. A los catorce años madrugó a bajar por el polvero de calle que iba desde lo pavimentado hasta el punto más empinado del barrio. Bajó a buscar trabajo, preguntó cómo se llegaba al centro de Cali, le habían dicho que empezara por esa parte de la ciudad. Descartó buscar trabajo en una ruta de cafés, billares, misceláneas, talleres de mecánica de autos, de bicicletas, cerrajerías, panaderías, ventorros callejeros. A medida que caminaba ante sus ojos iban apareciendo opciones más sugerentes. Había llegado al centro. Allí lo detuvo la vitrina de Foto Arte Italia, se embelesó con el registro gráfico de la vida social de la ciudad donde había llegado.

— Ese jovencito lleva más de veinte minutos mirando la vitrina —dijo uno de los italianos dueños de la fotografía.
— ¿Qué intenciones tendrá? Voy a averiguarlo.
Dudó su hermano y se dirigió a la puerta.
— ¿Joven, en que podemos servirle? Lo veo muy interesado.
— Sí, mucho. ¿Estas fotografías fueron tomadas por usted?
— Por mí y por mi hermano. ¿El joven sabe algo de fotografía?
— No, señor.
— ¿A qué se dedica?
— A buscar trabajo, llegué de Versalles con toda mi familia.
— ¿Con toda la familia?… Mejor ni le pregunto.
— Mejor.
— Le puedo ofrecer trabajo como mensajero. ¿Le interesa?

Le dieron unas cuantas explicaciones bugueñas y cartesianas sobre la ciudad y los puntos de referencia para orientarse. Una bicicleta Raleigh negra, marco 26. Lo enviaron a entregar paquetes de fotografías. Dio muchas vueltas, se perdió, pero aprendió la lógica de la ciudad cuando un señor le explicó que las montañas quedaban al occidente y que el río atravesaba la ciudad, que en ese entonces era de bolsillo. Regresó empapado en sudor y feliz, había empezado a conocer, calle a calle, la ciudad que tanto interés le despertaría registrar con la fotografía.

Cuando no andaba haciendo vueltas y entregando paquetes de fotografías, se dedicaba a mirar todo lo del estudio y a preguntar. Las luces, los telones, a mirar el proceso fotográfico, el revelado, el manejo de la cámara.

— Promete —dijo uno de ellos. Si sigue así lo sacamos de la calle y le enseñamos fotografía.

Unos meses después ya no estaba en la calle y ya se había enamorado de una cámara Vöigtlander usada, que pagó en muchos meses. Luego los hermanos empezaron a conocer sus primeras fotografías. Nada especial para ellos. Era el registro gráfico del recorrido desde su casa, bajando por el polvero pedregoso de la calle, los negocios de ropa colgada en la puerta, las carnicerías, los talleres de bicicletas, las ferreterías, las cerrajerías, los cafés, los restaurantes. Todo lo que había descartado en la búsqueda de trabajo hasta llegar a la vitrina de los italianos, ahora era su centro de interés.

Cuando los italianos estaban más entusiasmados con el joven mensajero, este renunció para irse a trabajar como fotocinero en el Puente Ortiz, que tenía como telón de fondo el Hotel Alférez Real, el Edificio de la Colombiana de Tabaco y el Teatro Jorge Isaacs. Era el año de 1963 y aun se presentaba como Fernelly.

— Es muy sencillo, usted escoge un transeúnte del puente, lo enfoca, si usted nota algún gesto de rechazo no insista, déjelo pasar que gente es lo que pasa por este puente. Si acepta, toma la fotografía con el Alférez Real o la Colombiana de Tabaco al fondo y le entrega uno de estos papelitos numerados para que reclame la fotografía. Eso es todo el trabajo de un fotocinero. No sabemos quién nos bautizó con ese nombre.

Allí estuvo Fernelly en el puente Ortiz, afinando el ojo, buscando el mejor ángulo, el mejor fondo, destacando la persona, bajando el nivel de la cámara, desplazando la persona a derecha o a izquierda. Siempre con el Hotel al fondo y el edificio de la Colombiana y bien al fondo el Teatro Jorge Isaacs.



Fernell Franco y su serie titulada Prostitutas.
Foto: https://culturafotografica.es/fotografos-latinoamerica-fernell-franco/


Un buen día de 1964 el director del departamento de fotografía del diario El País, se vio en la urgencia de reemplazar a uno de los fotógrafos del diario, se le ocurrió buscarlo entre los fotocineros del puente Ortiz, los observó a todos y no dudó en que ese joven delgado que espantaba un mechón de pelo que le caía sobre el ojo de tomar la foto y que se movía con tanta agilidad buscando el mejor ángulo, era el que más prometía. Luego pasó al Diario Occidente. Era el año de 1965.

Esos años en los periódicos fueron muy nutritivos, conoció los mejores equipos y avezados fotógrafos a los que les aprendió todo lo que sabían, hasta que un buen día el publicista Hernán Nicholls preguntó por el autor de las fotografías que más le había llamado la atención en el periódico.

— Es ese joven delgado.

Se lo llevó para la agencia y no precisó pulirlo demasiado, el joven avanzaba a pasos muy firmes, haciendo fotografía de moda, de producto, autos, comida, joyas, arquitectura. Había llegado a la agencia, su casa, en donde lo quisieron y lo acabaron de pulir entre Hernán, el Papa de la publicidad en Colombia y el diseñador gráfico Carlos Duque. Sus fotos y la agencia ya eran toda una leyenda. Era el año de 1970. Ahora firmaba Fernell.

En 1972 participa en Ciudad Solar con Hernando Guerrero, Luis Ospina, Carlos Mayolo, Oscar Muñoz, Miguel Gonzales y Eduardo la Rata Carvajal haciendo parte del grupo de Cali, en Ciudad Solar, el lugar donde empezó todo, se puede decir sin equivocase mucho.

En el año de 1973, el joven fotógrafo ya no era tan joven, pero sí muy conocido, tanto que la revista Cromos lo contrató. Viajó a Paris, fotografió a Álvaro Mutis, Rafael Puyana y a Gabriel García Márquez sentados en la misma banca, este último mientras los enfocaba y componía levantó risas cuando dijo:

— No joda, aquí solo falta Antonio Cervantes, Kid Pambelé.

En 1973, Fernell ya era casi si tan famoso como los famosos que aparecían en la banca y la revista. En Cromos aprendió todos los secretos hasta independizarse.

Llegaron los días fastuosos, las bellas modelos, la rumba infinita, días que se fueron agotando y volvió al ojo de sus orígenes. Se dedicó a historiar la ciudad, que había conocido a pie y en bicicleta, sus casas, sus barrios, sus buses, la gente, los burdeles y sus prostitutas, la noche, los fardos de basura envueltos y atados dentro de un lugar desangelado al que solo su ojo de cíclope y el rayo de luz que entraba por una ventana alta, le daba sentido.

Fotografió lo que quedaba de la bella arquitectura de San Nicolás, Granada, Centenario, una casa completa o un fragmento de pared, un muro, los restos de un baño. Fernell le apuntaba con eficacia narrativa y un gran sentido histórico a la ciudad, su gente y personajes populares como Jovita Feijó, a quien le hizo un retrato memorable. Se expone con Interiores, Demoliciones, Álbumes de Ciudad. Era el año de 1976.

Ya tenía dos hijas, se separó, ya lo fastuoso era un recuerdo, dejaron de requerirlo porque un fotógrafo tan bueno debía ser muy caro. En esa época, se sumó a la mesa en los Turcos del medio. Era el contertulio que escuchaba y hablaba poco, cuando intentaba hacerlo, un aprendiz de conversador alzaba la voz y lo callaba. Mientras tanto el movía el salero, la servilleta, el aceite de oliva, el ají, los cubiertos como si fueran fichas de ajedrez, las movía una y otra vez hasta organizarlos. Lo que antes eran simples elementos para salar, endulzar, condimentar, cortar, trinchar, quedaban convertidos en un gracioso conjunto. Era su ejercicio cuando su ojo no estaba mirando el mundo a través del visor de la cámara.

En el año de 1988 le dio un infarto, el mal de la familia. Cuando se reincorporó a la mesa de los Turcos del medio, hablaba más que un perdido. Tenía mucho que decir y Oscar Campo y María Clara Borrero lograron como nadie que cantara su guardado estético en Escritura de luces y sombras, un video reportaje para UV TV.

La fina red de su cámara había atrapado todo, pero lo de él era la ciudad y sus contingencias. Tenía una deuda con los billares, se fue para los mejores, los más viejos de la Avenida Colombia, olorosos a orines y tabaco, donde solo se escuchan tangos y boleros, la voz del garitero que pide cervezas, el golpe del taco y el chocar de las bolas. Estuvo días haciendo clíck en blanco y negro, una y otra vez, estorbando, fastidiando, componiendo. Solo se detuvo cuando creyó tener material para una exposición.

Tenía material de sobra, de ello hablan sus numerosas exposiciones por todo el continente americano y exposiciones póstumas como Una impecable Soledad en el Museo Nacional de Colombia, en febrero de 2011, y la retrospectiva de su obra 1970-1996, Cali Clair-Obscur en la Fundación Cartier Bresson, de París. La Fundación le encargó a Oscar Muñoz crear una obra específicamente para la exposición en homenaje a Fernell Franco y como recuerdo de sus fructíferas colaboraciones artísticas. En el año 2004 hubo una especialmente significativa cuando la curadora María Iovino lo descubrió de carambola cuando hacía un libro sobre la diversa obra de Oscar Muñoz. Quedó deslumbrada. Montó un enorme homenaje que fue expuesto en seis galerías, varios museos y la Biblioteca Departamental. Significativa para él y su familia, para Cali, para los amigos de toda la vida y nosotros, los del café, quienes lo acompañamos en auto y a pie desde que empezó la noche hasta terminar embriagados con la fuerza de sus imágenes. Dijo muy poco, pero la sonrisa le duró todo el recorrido.

Un lunes, a mediados de 1987, escuchó el timbre de la puerta en su estudio de la Avenida Circunvalar. Era ella, Martha, la bella mujer de rizos negros con quien había estado conversando la noche del sábado anterior, venía por él, venía a decirle que él era el hombre con quien ella quería vivir el resto de sus días. Hizo caso omiso de sus quejas de recién abandonado, de su falta de dinero, de sus fracasos en el amor. No me importa, no me importa, y se quedó con él hasta el final de sus días, ella, la mujer que iluminó sus últimos años, también iluminó de verde billar el paño y el rojo de las bolas rojas de la serie billares en blanco y negro.

Fernell Franco murió el 2 de enero del 2006 a sus 63 años, en su estudio de la cuarta norte, en la misma cuadra de la iglesia del Berchmans. Desde entonces el historiador gráfico de Cali, nuestro cíclope, no volvió a hacer clíck, ni a espantar el mechón impertinente que cae sobre el ojo de hacer la fotografía.



El fotógrafo Fernell Franco en su estudio.
Foto: https://bit.ly/3BzgAwW


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