Crónica – El último ayuno de doña Beatriz

El último ayuno de doña Beatriz


Por: Clara Inés González Libreros
Estudiante de Comunicación social





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Dormía como sepultada. Las manos postradas sobre el pecho, el cabello gris sobre los hombros como hilos de plata, los ojos entreabiertos inspeccionando la soledad de la habitación, y el cuerpo inmóvil, averiado por una cirugía de cadera de emergencia realizada cuatro meses atrás, tras tropezar con un separador vial y derrumbarse sobre sí misma mientras caminaba por las calles del centro de Cali. A su lado, sobre la mesa de noche, la imagen del Divino niño, un tapabocas, una biblia, y un escapulario de oro; pastas de acetaminofén, lomotil, vitagran, verapamilo; y una bandeja de porcelana con su almuerzo: sopa de pollo tibia, un pedazo de pan y agua de manzanilla. Con la mano izquierda temblorosa, se agarró de la cabecera de la cama para sacar —con la otra mano— el orinal portátil debajo de la misma. Lo dejó en el piso cerca de ella. Con su elegancia principal, agarró el plato de sopa levantando el dedo meñique, y vertió el caldo sobre su orina reposada.

—La comida es para los vivos, balbuceó.

En la mañana, al colarse la luz por la ventana y descubrirse intacta, rezaba con toda la fe de su corazón un Santo Rosario para que Dios le concediera la muerte. Lo decidió una semana antes mientras veía el noticiero, cuando no pudo mover sus pies rojos e hinchados para alcanzar el control remoto, entendió que, por sus padecimientos o por las prohibiciones para mayores de setenta años en medio de la pandemia del coronavirus, tardaría años en volver a dedicarse a lo único que la distraía de su vejez: caminar como errante, andar la calle, vagabundear, como le decía su hijo por teléfono cada vez que trataba de evitar que saliera sola. En el pasado quedarían los atardeceres desde el puente Ortiz, los eternos recorridos por la ciudad con Julio, su taxista de confianza, y las misas dominicales en la iglesia de San Francisco.

Beatriz Hernández usaba una bata de dormir blanca hasta la rodilla, un anillo de oro en cada mano, y, en su cuello, la cadena de cristo crucificado que le había heredado su madre. A sus ochenta y ocho años, pensaba en lo poco que verdaderamente había compartido con ella. Siempre fue distante a sus ideales de mujer sumisa y abnegada, a entender el bordado como una virtud y el silencio como única respuesta. De ella sólo tenía los ojos, el segundo apellido y la devoción religiosa que la hubiese llevado a convertirse en monja a los diecinueve años, de no enamorarse de Miguel Saavedra, un bacteriólogo de mirada tímida que conoció en la facultad de Salud mientras ella estudiaba enfermería, con quien compartió durante medio siglo, lloró un aborto, y tuvo a su único hijo José, un médico radicado en Canadá, padre de dos recién nacidas, a las que Beatriz abrazaría por primera vez el quince de julio de dos mil veinte, fecha en que se mudaría con ellos para siempre. Pero la pandemia nos sorprendió a todos, a Beatriz, en medio del confinamiento nacional, anestesiada en un quirófano del Centro Médico Imbanaco; a José desesperado en su consultorio, con el teléfono en la mano, buscando alguien que cuidara de su madre en Colombia; y a Patricia, raspando la olla del arroz, recibiendo una llamada desde Canadá.

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Llevaba tres días sin comer. Para resucitar su apetito, Patricia le había preparado crema de verduras, sopa de pescado, y consomé de gallina; había intentado con infusiones de menta y miel, agua de laurel, y jugo de tomate. Le recordó que había gente sin comida, niños muriéndose de hambre en La Guajira; incluso trató de cucharear la papilla en nombre del Divino Niño, pero fue inútil, la anciana era terca como mula. Le respondía que no, muchas gracias, no me gusta el pescado, qué pena con usted mija, es que soy alérgica a la miel, o gritando de impaciencia con la desesperación de su vejez, que no me insista más, carajo, no es culpa mía que los colombianos no sepan votar.

Patricia, al borde del llanto, no sospechaba que la inapetencia de doña Beatriz era espiritual. En el fervor de una eucaristía transmitida por televisión el domingo 26 de julio le había ofrecido a Dios el último de sus ayunos para apresurar, de manera definitiva, el favor de su muerte. Además, como enfermera profesional, la anciana sabía que su cuerpo pálido, enfermo de hipertensión desde hace treinta años, no resistiría sin alimento y medicinas. Sólo bebía agua de manzanilla para calmar el único síntoma de su vigor: el hambre.

La detestaba en silencio por los exóticos caprichos de su vejez: pulirle las joyas, acomodarle el pato coprológico para que orinara acostada, trenzarle el cabello mientras veían la telenovela de las tres de la tarde, pintarle las uñas y, su labor más importante, planchar casi a diario un vestido negro de tela suave, perfumarlo y colgarlo en el armario para que, cuando fuese necesario, la enterraran con ropa de reina y no de moribunda. Pero también sentía una profunda compasión. Doña Beatriz estaba postrada en una cama, sin familia ni amigos, en medio de la peor crisis desde la segunda guerra mundial, según Antonio Guterres, secretario general de la Organización de las Naciones Unidas.

A las siete de la noche terminaba su jornada laboral. Dejaba a la anciana al cuidado de una enfermera, y tomaba un bus del Mío, desde el barrio La Flora hasta su casa en Desepaz, al oriente de la ciudad. Durante el viaje, observaba incrédula el silencio, la soledad de las calles, las bocas cubiertas, los ojos cansados que sostienen la economía, y el miedo colectivo a perder la respiración. Se quitaba los zapatos en la puerta, entraba a su casa descalza, lavaba sus manos, abandonaba sus ropas en un cesto, y restregaba con jabón cualquier posibilidad de albergar covid-19 en su piel, una enfermedad infecciosa, conocida desde su brote en Wuhan en diciembre de 2019, que se transmite de una persona infectada a otra, a través de las gotículas respiratorias procedentes de la nariz y la boca al toser, estornudar o hablar, produciendo fiebre, cansancio, tos seca, dificultad para respirar, e incluso la muerte. La pandemia del coronavirus hasta el 28 de julio de 2020 a las dos y quince de la tarde, había cobrado la vida de 655.300 personas en el mundo, cantidad suficiente para llenar, ocho veces, el Estadio Maracanã, según cifras de la Organización Mundial de la Salud y el mapa interactivo de la Universidad John Hopkins en Baltimore (EEUU).

Ponía a hervir agua de panela con jengibre y limoncillo, la servía en un vaso de plástico marcado con una X, y la dejaba en el piso, junto a la puerta de la habitación donde estaba confinado su esposo por solicitud del supervisor de la fábrica de metales donde trabajaba, tras notificarle que tres de sus compañeros hacían parte de los 16.521.620 casos positivos para covid-19 a nivel mundial. Carlos decidió aislarse, a pesar de no tener ningún síntoma. Temía contagiar a Patricia, y que ella contagiara a la anciana, pero lo amedrentaba más la incertidumbre. Durante los veinte años que llevaban juntos, él se había encargado de pagar la cuota del arriendo y el sistema de salud, el agua, la luz, de comprar el mercado y la comida del gato, mientras ella conseguía algún trabajo para ayudarle a pagar el predial o la cuota de la lavadora.

Patricia García tenía cincuenta y cuatro años, el pelo esponjado, las manos suaves, y un calor humano que le dio de comer desde que era una niña. A los quince años abandonó la escuela para ayudar a su madre en la crianza de cinco de sus hermanos. Y aunque terminó el bachillerato en la Institución Educativa Técnica Ciudadela Desepaz en la jornada para adultos hace unos años, nunca necesitó un certificado de estudio para cambiar pañales, enseñarles sus primeras palabras a hijos de padres muy ocupados, cocinar sopas de enfermos, o hacer reír a un anciano solitario. Además, sentía tan suyos los dolores ajenos que, desde la inapetencia repentina de doña Beatriz, había dejado de comer en las noches, y a veces se sorprendía mirándose las arrugas en el espejo, cuestionando quién la cuidaría en su vejez.

La sala de su casa se había convertido en una pintura surrealista. Se acostaba en un colchón frente al televisor con el gato ronroneando a sus pies. En la esquina, una maleta con su ropa, algunos uniformes colgados en las paredes, zapatos bajo la mesa del comedor, tarros de alcohol sobre uno de los bafles, varios tapabocas sobre una silla, y una pequeña imagen de la virgen de Fátima sobre el equipo de sonido. Para olvidarse por un momento de la anciana agonizante, encendió el televisor en un canal nacional, y se enteró de las siguientes noticias:

El presidente Iván Duque extendió la cuarentena obligatoria hasta el 30 de agosto. La lideresa social Yaneth Mosquera sobrevivió a un atentado en el Cauca. Más de 10.000 contagios y casi trescientos muertos por coronavirus el 28 de julio en el país. Vacuna contra covid-19 probada en monos generó “robusta” respuesta inmunitaria. Colombia será el país en Ocde con más desempleo en 2020 por coronavirus.

Se percató de que su esposo llevaba más de quince días sin trabajar, que no mercaban hace un mes y sólo quedaban dos libras de arroz. Apagó el televisor, cerró los ojos en total oscuridad, y rezó de corazón por doña Beatriz y por ella, para que Dios todavía no le quitara la vida, y con ella su trabajo.

***


Despertó a las cuatro de la mañana con el objetivo de cumplir la única labor y la más urgente de los últimos días: no dejar morir a la anciana. Resolvió prepararle agua de moringa para avivar su apetito, sahumar la casa con laurel para alejar la enfermedad, y rezar con ella una novena al Divino Niño. Llevaba un uniforme de enfermera azul, el cabello recogido en una cola de caballo y, en su bolso, agua bendita en un frasco de cristal que a veces confundía con el tarro del alcohol. Antes de salir, impregnó un beso rojo en el vaso de plástico con la aguapanela caliente y le encomendó un favor a su esposo:

—Mijo, me le pone cuidado a la vela que le puse a la virgencita, ¿oyó?

Dos horas después, Patricia se acercó caminando de puntillas al recinto de doña Beatriz. Contempló su sueño, la profundidad de su respiración, sus pestañas blancas. No parecía tan enferma ni tan desalmada. Era una niña aristocrática, un ángel dormido, una abuela indefensa. Desarmó su postura de muerta, y se encaminó a la cocina. Pero era tarde. Cuando regresó con el desayuno encontró a la anciana retorciéndose en la cama, agarrándose con fuerza, gimiendo del dolor. Patricia dejó caer la bandeja sobre sus pies y corrió a socorrerla. La ayudó a sentarse, le embutió sus medicinas y, acariciándole la cabeza le decía piadosa:

—Tranquila, doña Beatricita, ya vamos para la clínica. Respire, ¿sí? No se me vaya a ir. Piense en su hijo. Pídale al Divino Niño.

Pero ella creía que su hijo la había abandonado por un país nórdico, que su esposo la estaba esperando en el cielo, que ya lo había visto todo y no quería ver más: matrimonios homosexuales, mujeres exigiendo abortar, una pandemia, la muerte progresiva de sus mejores amigas, el río Cali secándose. Además, ya no quería ser un estorbo, un desagüe. Anhelaba el fin.

Varios vecinos ayudaron a cargar a la anciana y, con la ayuda de Julio, el taxista, llegaron al hospital en menos de veinte minutos. En medio de la pandemia, las calles estaban vacías, silenciosas. El aire seco. Las miradas ásperas. Cali jamás había sido tan cruel. En la sala de urgencias, Patricia escuchó a un joven hablando por teléfono, mientras esperaba que su novia entrara en labor de parto.

“El covid-19 es una estrategia de las élites mundiales para reducir la población, y cada país tiene un número mínimo de muertos por el que debe responder. Parce, a mí me contaron—decía asintiendo con la cabeza— que en los hospitales están pagando treinta palos* por cada muerto que hacen pasar por covid”.

En cuanto salía una camilla cubierta de plástico de la unidad de Cuidados Intensivos, Patricia imploraba con más fervor por la vida de doña Beatriz. Hacía promesas para que Dios la dejara vivir, le diera tiempo de arrepentirse y a ella de conseguir otro trabajo. Y así fue. En la sala de urgencias de la clínica Nuestra Señora de los Remedios, doña Beatriz Hernández se salvó de la muerte, y por el momento, salvó a Patricia de morir de hambre. Cuando le preguntaron cómo se sentía, la anciana respondió impávida:

—Mañana será otro día.

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