Crónica – El “Aguapanela Team”

El “Aguapanela Team”

De cocinar para alimentar el cuerpo, a nutrir el espíritu en medio del paro nacional en la ciudad de Cali, Colombia.


Por: Nadia Freire
Redactora de La Palabra





Huele a tierra mojada y a humo, no a un humo cualquiera. Esta olla humanitaria huele a humo de leña, a solidaridad y a hermandad. Allí cada día desde las 9 de la mañana, un grupo de voluntarios de confianza nos juntamos para preparar los almuerzos que serán enviados a los jóvenes de primera y segunda línea que permanecen en resistencia, y a otros miembros de la comunidad próxima; entre ellos vendedores ambulantes y extranjeros en condiciones complejas. En un principio todo el producido era enviado al barrio Meléndez, luego se sumó un grupo de misión médica, quienes reciben aproximadamente 70 almuerzos diarios, y finalmente se adicionó Univalle.

El “Aguapanela Team” ha crecido significativamente y cada vez se suman nuevos miembros que disponen sus manos para ayudar. Mientras unos pelan y pican alimentos en calidad de ayudantes de cocina para la señora Rosa Stella, otros arman y marcan cajas con emotivos mensajes. Algunos sencillos como “¡Resistencia!” o “Eres mi héroe”; otros más elaborados que reflejan el entusiasmo de la olla y terminan arrancando sonrisas a quienes reciben los almuerzos: “Este gobierno resultó ser más falso que mis pestañas”; “Ni Chayanne dejaría todo porque te quedaras”; “Es posible que mi mamá no te quiera, pero yo te amo”; “Mejor morir luchando por la libertad que ser un prisionero todos los días de tu vida”; “Me basta con los cuentos de Disney”; “Besos por allá”; “Echemos el miedo a la espalda y salvemos a la patria”; “Mamá dice sueña con ángeles y yo sueño con capuchos”, entre otros.

Hay que preparar el concentrado de panela, llenar los tarros de agua, exprimir los limones o las naranjas, alistar las bolsitas, ir a traer los bloques gigantes de hielo, los que alguien con “buen brazo” quiebra con ayuda de la piedra de la cocina. “Hasta la nimiedad más simple, resulta relevante como engranaje de reloj suizo”. Para servir, dos personas se ubican en el extremo de la mesa, sacan la bebida del tarro gigante con ayuda de dos jarras pequeñas, una jarra azul y otra transparente, que sirven “de medida exacta” para contrarrestar los diversos tamaños de bolsitas que surgen a la hora del llenado. Tres o cuatro personas a cada lado de la mesa reciben y hacen los respectivos nudos. El control de calidad es exigente, tanto para revisar que las bolsitas llenas no estén rotas -como suele ocurrir con frecuencia-, así como para revolver el agua de panela con un “remo” gigante de madera que impide que se “asiente” y evita terminar sirviendo solo agua.

En la mesa intermedia se sacan las cajas ya marcadas y se alistan para servir la comida. Junto a la cabecera de esta mesa, se colocan dos ollas junto a cada punta, la olla gigante del arroz y la del “fuerte”, cada una es soportada como trofeo por un tronco fuerte de madera. El menú es variado y las porciones son generosas. Se han preparado frijoladas, sancocho, arroz con pollo y otras delicias. Se inicia un trabajo bien articulado que fluye al son de alguna canción que nos sorprende gracias al “salpicón” de las listas de reproducción de alguna compañera. No faltan las bromas, las conversaciones, mientras de fondo bajo un árbol se escucha a Mateo, el loro de la casa, que grita, se ríe o llama a su tocayo Matheo -con h intermedia-, quien ayuda a servir la comida.

Una o dos personas se encargan de pasar las cajas vacías, dos personas sirven el arroz, una pasa estas cajas a quienes sirven “el fuerte”, estas últimas entregan a otras dos personas que completan el servido si hay “adicionales” y cierran las cajas. Una o dos personas más reciben las cajas cerradas, las van organizando y contando en las canastillas.

Y empieza un grito que simula los juegos de salón o una subasta: “¡Van cincuenta!”, “¡Ciento veinte!”, “¡Doscientos quince!”, “¡Trescientos cuarenta!”, “¡Cuatrocientos!”. ¡Sí!, el viernes 21 de mayo rompimos el record que traíamos: sacamos 400 almuerzos. Lo mínimo producido era de 162, y el sábado 22 de mayo preparamos 405 almuerzos.



Angélica Medina Flórez, llamada con cariño Yika, ha dejado un poco de lado su negocio Ítalo Esquivel Studio -casa de tatuaje-, para liderar esta olla humanitaria de la mano de un equipo que se ha ido conformando mediante relaciones de amistad, entera cooperación y el apoyo de colaboradores como Diego Franco. Todo surgió de la experiencia de asistir a las marchas y plantones de Univalle y Meléndez en compañía de su hija mayor de catorce años llamada Sara. Se percató que las noches se tornaban inseguras debido a los hostigamientos de la policía y el ESMAD.

En las palabras de Yika: “Es un sentimiento de impotencia y frustración. En medio de ese sentimiento, Ítalo, mi esposo, decidió ayudarnos y se me ocurrió llevarles alimentos y bebidas”. Esa primera donación de aproximadamente un millón de pesos se convirtió en 362 sanduches y gaseosas para el primer día; y al día siguiente se hizo el primer arroz con pollo, para 270 almuerzos.

“Trabajamos en la casa de los abuelos de Juan David Valencia, miembro de mi equipo de trabajo. Él es hermano de Jonathan Landinez, quien fue muerto en la minga indígena del año 2019 en medio de una explosión. Ha sido una bendición muy grande contar con este espacio, muy cómodo para trabajar, estamos al aire libre, contamos con buen espacio en la cocina, nos rinde el trabajo”. Se invitó a otros a donar y a cooperar en la elaboración de la comida: “Al día siguiente ya teníamos dos millones, al día siguiente cuatro y así sucesivamente no han parado las donaciones”. Al 22 de mayo ya se aproximan las donaciones a los 20 millones de pesos. “Se han sumado colombianos que buscan lo mismo que los que están en la calle y nosotros: un cambio real”.

Esta olla humanitaria invierte aproximadamente 800 mil pesos como mínimo para la preparación de los almuerzos de cada día, incluyendo bebidas y empaques desechables. Esto ha sido posible gracias a todas las personas que generosamente han realizado aportes económicos que van desde los 3 mil pesos colombianos, hasta quienes han donado desde diversos países como Australia, Estados Unidos y Canadá. Adicionalmente a los recursos económicos y en especie que han sido recolectados, el alma de esta olla la constituyen la amorosa labor de la señora Rosa Stella Valencia y Luis Eduardo Landinez.

Ellos lideran el quehacer diario de la olla, y también son los padres de Jhonatan Eduardo Landinez Valencia, quien cursaba el último semestre de Arquitectura de la Universidad del Valle cuando murió producto de un bombardeo en Dagua en el año 2019 -caso que sigue sin ser esclarecido-. Ellos han encontrado en esta olla humanitaria un espacio renovador, mediante el cual la memoria y el espíritu servicial de Jhonatan nos impregnan a todos quienes concurrimos a ayudar.

Con el paso de los días, esta labor se ha ganado la confianza de los jóvenes de primera y segunda línea, quienes reciben estos alimentos con total entusiasmo. Al comienzo, algunos de ellos expresaban abiertamente su desconfianza, debido a los casos de intoxicación y los intentos de envenenamiento que sufrieron.

Esta situación se corroboró el domingo 16 de mayo cuando se decidió apoyar la actividad cultural que se desarrollaría en Siloé. Al momento de llegar, los compañeros de la olla fueron recibidos inicialmente con hostilidad. Era la primera vez que visitaban ese punto y escucharon la experiencia de varios jóvenes que se enfermaron gravemente debido a alimentos donados. Pese a la tensión, finalmente los dejaron pasar hasta la Nave, requisaron minuciosamente los dos carros y a los integrantes. Cuando recibieron el VoBo de uno de sus líderes, los hicieron regresar hasta la glorieta de la 52. Pasado este episodio, todo se convirtió en un espacio familiar y de distención.

Lo planeado era ofrecer un espacio lúdico, una alegre demostración de salsa, mientras se entregaban los almuerzos a diversas personas de la comunidad, y así se hizo. Ronald Marín, instructor de salsa conocido como Rumbero loco y miembro del “Aguapanela Team”, se fue ataviado con un traje rojo, un chaleco vistoso y un sombrero que le hacía juego; absolutamente animado y dispuesto para brindar un momento de esparcimiento en compañía de su amigo Andrés Leudo, residente de Siloé y pionero fundador de la escuela de formación de salsa caleña La Hermandad Latina. Después de ese día, se han entregado un número importante de almuerzos para este punto, los que han sido recibidos con inmensa gratitud.

Aunque Yika refiere que lo más difícil ha sido el tema del agotamiento físico, su intención es continuar adelante con esta olla humanitaria, con o sin paro. Tal vez formalizar la olla mediante una fundación, para seguir ayudando a personas menos favorecidas. “La idea es continuar, yo siento que un común denominador de quienes estamos acá, es la satisfacción del dar y el ayudar”.

“Me pongo en los zapatos de estas personas, si yo estuviera en esa situación y alguien me brinda un plato de comida, lo agradecería enormemente. Me indispone un poco la actitud de algunos –que son pocos– residentes de Ciudad Jardín que arremeten contra los manifestantes y van a hacerles contrapeso, hasta han ido a darles bala. ¿Por qué me indispone? Porque yo vivo en ese sector y hay manera de movilizarse, todos los días vengo acá, todos los días voy a repartir los almuerzos, ando en el carro y no tengo problema. Ah, que el trancón, sí… uno se incomoda un rato; que no hay lo que gusta comprar para el mercado, pues los mercados están abastecidos con lo básico”. “Sacrifiquemos nosotros un poquito”. Pienso que si todos nos uniéramos a esa mentalidad, lograríamos más cosas en menos tiempo. Mientras estemos unidos como lo hemos hecho aquí en esta olla, vamos a seguir adelante”.





Suscribirse

* indicates required
/ / ( dd / mm / yyyy )