Crónica – Crónicas de resistencia: entre bombones y donas

Crónicas de resistencia: entre bombones y donas

En marzo del 2020, la Universidad del Valle cerró sus puertas por la cuarentena. Por ello, los pasillos quedaron despoblados. Robert y Jorge son dos rostros representativos del comercio en el campus Meléndez que decidieron narrar cómo resisten a la informalidad en medio de la pandemia.


Por: Yenniffer Cuenú Caicedo
Estudiante Lic. en Literatura
Univalle




En este edificio Robert tenía ubicado su negocio de colitas antes de la pandemia. Facultad de Ciencias, edificio 320, Universidad del Valle campus Meléndez.
Foto: https://mapio.net/pic/p-7058754/


La chaza de Robert


Eran alrededor de las 11:15 am. Lyndon Robert junto a su esposa Yuli Palacios abren una ventanita a la calidez de su hogar. Robert es egresado de Licenciatura en Educación Popular en la Universidad del Valle y Yuli de Química; actualmente está estudiando una tecnología: “Ella cree que por medio del SENA puede entrar a laborar”, recalca Robert. Dos rostros resistiendo a la crisis sanitaria del Covid-19 y a la falta de ingresos. Ambos siguen desempleados, nunca han ejercido la profesión. Hace más de un año resguardaron la chaza en Univalle y poco después salieron hacia el barrio Ciudad del Sur, entre El Hormiguero en Puerto Tejada.

Robert nació en 1977. Es bogotano, pero siente a Cali en su ser. Su fe es inquebrantable, no se desgasta, aun cuando dejaron de congregarse presencialmente en la iglesia Asamblea de Dios. Hace seis años es cristiano y hoy sigue esperando un milagro de Dios en su vida: “Dios aprieta, pero no ahorca”, le repite a su esposa cada tanto.

—Nosotros entregamos la casa que estaba en arriendo en Cali y nos vimos obligados a trasladarnos a Ciudad del Sur. Viajo cada que me llaman a hacer envíos de mensajería. Gasto $2.000 de gasolina y gano $5.000 por domicilio. Si no hay domicilios, prácticamente se pierde el día. Cuando mi esposa viaja a Cali, solo en transportes de ida, gasta $5000 para entrar y otros $2200 del bus. Estamos en una completa informalidad.

Gira el rostro como en busca de algo. “Con el Paro se afectó mucho más la economía. Los productos de la canasta familiar y los servicios se elevaron. No podíamos ni viajar a Cali ni llegar hasta Puerto Tejada, estábamos encajonados. Fue muy difícil, ahora ya se están tratando de normalizar las cosas”, concluye, con un tendido suspiro.

En 1995 ingresó a estudiar a Univalle, por motivación de la mamá de su primer hijo, además, accedió a una monitoria, con la cual cubría los gastos paternales. Después de la separación, enviaba la mensualidad hasta Popayán. Cuando los gastos se multiplicaron, se lanzó a vender dentro del campus, de allí recibió apodos como “El del mercado persa” o “Méndez”, por el personaje de la telenovela Hasta que la plata nos separe. Sigue reinventándose para rebuscarse el diario. Inició con un maletín de cuero lleno de aretes y botones bordados, luego con diademas en Bajos de Ciencias y en 1996 inauguró la venta de comida rápida. Más de 15 años de vendedor se han frenado por la pandemia. Todavía tiene una maleta llena de parches y portavasos bordados con el lema de la Universidad del Valle. “Siguen en venta”, dice.

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“Como necesitaba plata para mandarle a mi hijo, empecé a vender colitas, arepas de choclo y pan hawaiano, después metí los pasteles de pollo, etc. Luego nos recogieron de Bajos de Ciencias porque había mucha venta. Con el traslado la gente no me veía, decían: ‘No, don Robert ya no está trabajando acá’. Ese semestre fue muy difícil, casi no se vendió. Luego el negocio empezó a crecer; conseguimos vitrina, plancha, etc. La señora Deyanira era la que más vendía, también había uno que le decían Hitler; se la pasaba jugando cartas y apostando. Más de uno dejó de trabajar en las chazas porque les dieron monitoria”. Se escuchan pasos acercándose, es su pequeña hija. Robert agarra sus brazos para sentarla en sus piernas, y sigue hablando: “Cuando cerraban la Universidad por disturbios, se nos quedaban todos los productos. Luego siguió ‘a pelea’ con la administración para poder seguir trabajando. Unos están a favor de las ventas y otros en contra. Algunos estudiantes y funcionarios querían sacarnos de allí. Lo que no hicieron ellos, ni la administración ni la rectoría, lo hizo una pandemia. Muchos creen que nos estábamos haciendo millonarios. ¿Dónde? Por eso cuando la gente es grosera y me cierra las ventanas, pienso: “El mundo da muchas vueltas…”.

“El último surtido que saqué en la pandemia lo perdí totalmente. Me tocó hablar con la señora para ver cómo hacíamos para pagarle. Allí fue cuando algunos empezaron a colaborarnos. He recibido más ayuda de parte de ustedes, la gente de Univalle, que del mismo Gobierno”. Pide perdón por el tono entrecortado. No logra contener las lágrimas, respira profundo y continua:

—Allá siempre fueron días buenos. Yo considero a Univalle como mi segunda casa. Tanto los que se encapuchan como los que no, o los que pelean por nosotros como los que pelean contra nosotros. Cuando entré a estudiar, no tenía a nadie en Cali, y como alquilaba piezas, recibí muchas humillaciones. Univalle me acogió, después de Dios y mi familia, ustedes son mi todo. En estos momentos difíciles, prefiero que esa familia me vea en un semáforo vendiendo bombones y no robando.

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En medio del Paro y la pandemia, su sonrisa de oreja a oreja y su servicio, incluso, el sabor fresco de las papas rellenas, el agua de panela fría con limón o el sabor de las salsas y una en particular, la de la casa, siguen presentes. El rincón del 320 nunca tuvo un nombre, más que un cartel de precios. En Puerto Tejada trataron de replicar el negocio de Univalle, pero no resultó. Robert señala que allá la cultura y los pensamientos son muy distintos, además, hay gente de muy bajos recursos. Minutos después llega Laura, su hija de dos años, a contar historias: “Papá, la historia, la historia”. Don Robert sonríe: “Es que ella cuenta historias, cuéntela pues”, insiste. Laura empieza a hablar y todos atendemos su voz. “Ahora debemos ahorrar para comprar el corral y todo lo demás”, recuerda.

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“Los muchachos han cambiado su mentalidad totalmente. Me agrada que puedan pelear por sus derechos y que no se sigan vendiendo al mismo postor. Cuando era estudiante y trabajaba en la venta de comidas, estuve en un paro muy bacano por la reforma a la educación. Fuimos hasta Bogotá. Allá me subí a un árbol a gritar con un paquete de papas: ‘¡Estás son las papas bombas!’. También nos tomamos fotos encima de las tanquetas de la Policía y aproveché los viáticos para visitar a la familia. Este paro ha sido muy estruendoso y difícil para nosotros. No estoy de acuerdo con muchas cosas, como todos, pero tampoco concibo que dañen a nuestra gente. Dicen que los de La Primera Línea son unos ‘vándalos’, pero a los ‘vándalos’ de la Policía y del Gobierno nadie los toca, mientras los que van y tocan un instrumento los cogen como falsos positivos. No intentamos vender en las movilizaciones, desafortunadamente era muy difícil la salida. Además, en esos días mi esposa tenía nervios de que yo saliera; por lo que se comenta en las redes y por lo que ha pasado con los muchachos, como a este joven estudiante de música, Álvaro. Ella me recordaba todo el tiempo: ‘Usted tiene una hija, tiene a otra personita en camino, tiene a su hijo en Popayán. Usted tiene una familia’. Al final preferí quedarme encerrado acá”, señala con resignación, mientras su hija se desprende de sus brazos. Corre apresurada y vuelve. “Cuando me comentó lo del embarazo se me subió la tensión, fue como un balde de agua fría porque yo soy el que ahorita rema por ellas, ya luego asimilé que viene un nuevo bebé y toca asumir responsabilidades”.


Lyndon Robert, vendedor de comida en la Universidad del Valle que se vio afectado por la pandemia y el cierre del establecimiento educativo.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo.


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El gusto por la música infantil lo acogió desde que Laura estaba en el vientre de su esposa. Suele escuchar música góspel y cantar en el baño, cuenta jocosamente. Entre apapuches, pregunta a su hija por algunas milongas infantiles. “La vaca lola tiene cabeza y tiene cola”, parafrasea contagiado por la sonrisa de su pequeña. Cuando se encuentra estudiantes de Univalle, y estos le recuerdan, siente la gratitud expresada. Hace un tiempo se hizo viral una foto de él. Los estudiantes reunieron esfuerzos y recolectaron dinero, incluso para comprar el aparato ortopédico que necesitaba su hija para las terapias del pie izquierdo. Los que le debían le pagaron, otros lo llamaron a motivar. “Usted era el último que cerraba”, “era el que nos quitaba el hambre”, le manifiestan. “¿Qué tal donde uno hubiera sido bien mala leche?”, dice Robert.

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“Las cosas han cambiado tanto, que antes de la pandemia teníamos cómo comprarnos un gustito. Antes, cada mes le mandaba la mensualidad a mi hijo Daniel, ahora le mando los saludes y él me dice que tranquilo. Mucha gente que nos compraba se preocupó, decían: “Me acuerdo cuando te pedí fiado”. Ustedes han sido una gran bendición. Reconozco más o menos las caras, pero los nombres no. Si algún momento vuelven a abrir la Universidad, espero poder volver a entrar a trabajar allí…”.

“No tengo días fijos para ir a Cali. Los sábados sí, porque sé que la gente ese día es muy especial. Me quedo por toda la Pasoancho porque el resto está lleno de venezolanos y de gente que te saca a cuchillo; prefiero buscar otro lugar para no pelear con nadie, menos por unos bombones de chocolate. Así regrese con $25.000 o menos, para mí es muy gratificante. A veces recibimos muchas humillaciones, gente que te tira los carros, que cierran las ventanas, que no dejan ni siquiera hablar; muy apáticos o reacios. No solamente por la pandemia sino porque hay mucho ladrón, entonces te ven con una caja de dulces y creen que también vas a robar”.

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Laura, su hija, vuelve a la conversación, quiere seguir contando historias. La grabadora registra la voz de Yuli detrás, mientras Robert relata los días fructíferos en Univalle. No recuerda con exactitud el año cuando conoció a su esposa, y pregunta. Atrás se escuchan los rumores entre ellos dos. “Enero 27 de 2016”, dice dudando. “Tengo que revisar bien la fecha”, confirma. Laura corre por la casa, y vuelve a la ventana de Zoom.

—Yo soy el pedagogo de la casa y mi esposa es la química. ¿Qué quieres pintar? —pregunta. — ¿La cabeza de un tigre? —añade.
— ¿Cómo tomó ella la noticia del bebé?
—Ja. Mejor pregúnteme cómo lo tomé yo — Con grandes risotadas nerviosas.
—Papá, ¿quieres la historia? —interrumpe Laura.

Confiesa ser el emocional del matrimonio. A pesar de la vergüenza y el temor a la estigmatización y los señalamientos, sigue adelante. Se oyen murmullos de Laura. Robert enfoca la cámara, trato de interrumpir, pero prefiero dejarlo hablar. “De pronto creen que somos personas que no queremos hacer nada, pero los que me conocen de verdad saben que soy un trabajador berraco. Reviví muchos recuerdos bonitos aquí sentado. Confirmo que tengo una gran familia a la que extraño mucho. Esta situación me enseñó que somos vulnerables, que no somos lo que pensábamos que éramos. Hay que trabajar por y para la gente”, concluye, todavía con la ilusión de encontrar un espacio en Cali para volver a empezar.

El man de las donas


Son las 8 pm del 9 de julio. De ojos marrones y achinados, pómulos acolchonados y una prominente barba, Jorge Brayan Villamarín Amézquita, más conocido como El man de las donas, o Ryan, tal como se identifica en redes, se transportaba con varias cajas blancas repletas de donas, cada una de 12 unidades con cobertura de chocolate, vainilla o chispas de colores. Desde el segundo semestre de 2018 es otra imagen representativa del comercio ambulante en la sede Meléndez de la Universidad del Valle. “Allá viene el de las donas”, se escuchaba por los pasillos. “Solo me quedan estas”, respondía. En 2017 fue la primera vez que vendió donas en la Universidad. Era algo provisional, una recolecta para el grupo estudiantil de su carrera, pensó él y otros compañeros al aprovechar la membresía de Sebastián. Al final lograron la meta. Fue en 2018, cuando todavía no se había independizado que, debido a la necesidad de un ingreso extra, le pidió ayuda a su amigo Sebastián para coordinar la compra, al menos hasta conseguir su propia credencial en PriceSmart, el almacén de membresías donde compra las donas.

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“Empecé con tres cajas al día y le iba subiendo la cuenta de cuatro o hasta cinco cajas. Los días que yo veía más movimiento llevaba hasta seis. Luego noté que, por ejemplo, los lunes eran días de bajones. Muy poca gente compra los lunes a comparación de los otros días de la semana, pero los días de Asamblea eso ya era otro nivel, se multiplicaban. Una vez en una Asamblea General en el Coliseo, llevé unas cajas y dije: “Vamos a ver qué tal”. Con nada más entrar, ya había varias manos levantadas. Yo empezaba las ventas en la Cafetería Central. PriceSmart abre a las 10am, de aquí a que traen el domicilio son las 11:30 pm, justo pa’ Central. A las 2 pm almorzaba. De ahí rotaba entre el edificio 320 y la Escuela. A veces iba a la Plazoleta de Ingenierías, sobre todo cuando había Perol [cuenteros] y luego remataba en Banderas. Si me escribían para ir a algún lugar diferente, pues iba…”.

“Con las donas me pasaba que la gente decía: “Uy, ¿usted cómo hace para no comerse eso?”. Uno se hastía. Son muy buenas, pero yo las veo todos los días, ya sé a qué me saben. De vez en cuando me comía una porque yo también me quedaba fumando en Banderas y me daba hambre. Pero eso era como una a la semana”, señala. Gira la cabeza de lado a lado, y sonríe. “Había días en los que la venta era malita y se me cruzaba con crisis existenciales. Además, el problema de las donas es que se trata de un producto perecedero, entonces si a mucho podría dejarlas pal’ el otro día, después de allí no son apropiadas para la venta. Para vender simplemente decía: ‘Donas, donas’. ¿Para qué tratar de echarse un discurso, si al final te van o no a comprar, independientemente de la carreta?”.


Jorge vendía sus donas en la Plazoleta de Ingenierías los jueves, día especialmente concurrido por los estudiantes porque se reunían a escuchar a los cuenteros.
Foto: http://ingenieriainforma.blogspot.com/2017/12/universidad-del-valle-obtiene-tercer.html


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“Cuando inicié las ventas tenía una monitoria en los laboratorios de la Escuela de Ingeniería Electrónica; finalizado el semestre dije: ‘Ya estoy trabajando más con las donas, demos la monitoria a alguien más’. No daba muchos recursos porque el pago de la hora no es equivalente ni a un salario mínimo. De pronto para una persona que tenga familia aquí en Cali es un ingreso extra, pero alguien que venga de fuera que tiene que pagar comida y todo eso, no creo que le alcance. Mi trabajo ideal debe ser de buen pago y estar relacionado con mis estudios. Mucha gente tiene el problema de que se gradúa y difícilmente consigue empleo en lo que estudió. Eso se siente como si se hubieran quemado los años en la universidad”.

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Jorge Brayan nació el 13 de junio de 1996 en Floridablanca, Santander. Se crio la mayor parte de su infancia y adolescencia en Neiva donde la familia de su madre. En 2013 empezó a estudiar Ingeniería de Sistemas, pero la abandonó por insatisfacción. Actualmente es estudiante de Ingeniería Electrónica. “No sé si próximo a grado porque me falta la tesis”, añade con voz mesurada, mientras su rostro sonríe. Hace 4 meses está realizando una pasantía laboral en una empresa caleña especializada en el diseño y producción de dispositivos para el internet de las cosas. Las donas no solo recorrían el campus universitario, en las marchas también eran protagonistas. Recuerda caminar toda la quinta disfrazado de momia con bolsas de plástico blancas. Cuando se formaban conflictos o las donas se agotaban y lo alcanzaba la noche, se devolvía y salía al día siguiente.

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“Tuve mis días buenos y débiles. Una vez un vigilante en el segundo piso del edificio 320 me intentó poner problema. Que por qué estaba vendiendo ahí, me dijo. No le paré bolas. A algunos los han tratado de desalojar, pero no se piensa cómo es la universidad pública, allí habitan personas de muchas culturas y cada quien tiene necesidades. La Universidad debe ser insignia en su modelo y no ser tan restrictivo como lo son los tombos en la calle. Todo ese tipo de reglas y trabas las veo estúpidas porque la Universidad no me va a pagar el arriendo o la comida ni las fotocopias o los planes de internet. Vender no perjudica a nadie. Aunque claro, nunca falta el odioso que quiere ver todo ‘limpio’. Afortunadamente no he vivido experiencias nefastas. Incluso en mi escuela me apoyan, hasta los profesores me compraban. Me iba muy bien en la venta de donas, no voy a mentir. A veces superaba un salario mínimo, pero con ese frenazo de la pandemia me quedé prácticamente sin ingresos…”.

“La pasantía me tiene con un salvavidas porque estaba endeudado. Las directivas de la Universidad no dimensionan el problema que tiene cada estudiante cuando le falta su respectiva vida universitaria, pues son personas que tienen un sueldo asegurado. Cuando dicen que la eventual apertura será después de que el 80% de la población del país esté vacunada, causa gracia, o sea que, ¿por allá en el 2024 volvemos? Todo abierto y las universidades cerradas”. Ajusta la ubicación del celular y continúa: “Colombia ha manejado el tema de las vacunas con las patas. El esquema de las etapas ya debería acabarse. Mi papá fue a aplicarse la segunda dosis y el establecimiento estaba vacío. La gente no quiere vacunarse. Cuando empezó la vacuna decían: ‘¿Cuándo va a salir esa vacuna?’. Y ahora: ‘¿Y por qué tan rápido?’. En cuanto al Paro, en el trabajo no hubo mucho complique, como es de rubros de la tecnología es fácil acoplarse a una modalidad de teletrabajo. En lo personal y en las calles, casi me gano dos pepazos de la gente de bien. Me parece una actitud muy ordinaria, pero son muy cagados; hacen lo posible para individualizar a alguien y buscarlo solo, pero cuando ven a la gente en grupo, ahí ni se asoman…”.

“La acción colectiva es muy importante en este país, ya que si te quedas a solas, lo más probable es que aparezcas, lastimosamente, en el río. Aquí la colectividad es buena porque el valor de la vida ha pasado a segundo plano. Para mí la vida es tener libertad, no solamente para vivir o el hecho de que tu cerebro funcione y tu corazón lata, sino tener las condiciones dignas para desarrollarse como persona. Si no puedes experimentar esa vivencia, simplemente todo se vuelve una tortura y terminas siendo un muerto en vida. Más que algo positivo, la pandemia me parece una tragedia, y más en este país. Aquí la vida ni siquiera se apreciaba. La gente se ha venido muriendo de hambre siempre, esto solo vino a putear mucho más las condiciones de vida de cada persona”.

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Ante el freno de sus actividades académicas, deportivas y laborales en Univalle, la música y el ejercicio le mantienen entretenido. Cuenta risueño ser “severo tronco del pie” para el baile; tampoco tiene hábitos de lectura, a menos que estén relacionados con su campo de estudio. Aunque no lo parezca, confiesa ser una persona introvertida. Escucha rock clásico y progresivo. En su mano izquierda tiene un tatuaje con un arcoíris, en honor al álbum The dark side of the moon (El lado oscuro de la luna) de la banda Pink Floyd, que considera el mejor álbum de la historia de la música.

Jorge recuerda a don Carlos, más conocido como Hela’o, hela’o. Trata de atinar su paradero diario, pero la memoria le falla. “Él es mucho más difícil de encontrar”, testifican, mientras añoran sus productos. Todavía hay esperanza por la presencialidad, las clases, los jueves de Perol y los viernes de audiciones; los rincones y sus pérdidas, las voces y los ruidos estruendosos. En fin, el antes que volverá. “¿Cuándo?”, se preguntan quienes resistían vendiendo en el campus. “Pronto, pronto”, responden otros. Lo cierto es que todavía no hay certeza.




Jorge empezó vendiendo tres cajas al día que compraba en el PriceSmart, y luego fue subiendo sus ventas de cuatro a cinco cajas. Admite que le iba muy bien, pues a veces se hacía más de un salario mínimo.
Foto: https://themonopolitan.com/2017/10/donas-gourmet

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