Crónica – Crónica de una casa compartida

Crónica de una casa compartida


Por: Clara Inés González Libreros
Estudiante de Comunicación Social y Periodismo




Foto: https://www.zonalatinatv.com/noticias/bienestar/24717-victimas-de-violencia-intrafamiliar-pueden-romper-la-cuarentena-para-denunciar


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César tenía quince años cuando su papá, un hombre de mirada fuerte, le dijo con los ojos llenos de lágrimas: “ya no puedo estar más aquí”. Su mamá, desconsolada, pensaba qué hacer con la pequeña casa de ladrillo donde vivían, en el barrio Compartir al oriente de Cali. Tres meses después, don Manuel rehacía su vida como un adolescente, era padrastro primerizo junto a la que fue su novia del colegio, salía de fiesta, dormía en la calle. Mientras tanto, la mamá de César no volvió a pintarse el cabello, vendía frutas, cuidaba niños, alquilaba el cuarto de su hijo para mantenerse junto a él. No lo logró.

Doña Griselda tuvo que alquilar su casa para terminar de pagarla. Vivió por un tiempo junto a su madre y tres de sus hermanos divorciados en el barrio Obrero. Un día recibió una llamada de César, quien permanecía junto a su papá por sus condiciones económicas; y con él, una hermanastra drogadicta y una madrastra que lo obligaba a comer porque estaba muy flaco.
—No quiero vivir más acá, ma. Tenemos que volver a la casa.

Meses después, César, escuálido y de piel pálida, consiguió empleo con un permiso del Ministerio de Trabajo como aseador en un colegio privado al sur de Cali. Al volver junto a su madre no pudieron llenar los espacios. Antes de irse, ella —en un impulso colérico— se deshizo de los muebles que había comprado junto a su esposo diez años atrás, cuando era administradora de una pequeña distribuidora de pescado. Lo mismo sucedió con algunas ollas, la plancha y los cuadros familiares. Ni César, por el deterioro de los días, era el mismo.

El 12 de noviembre de 2013 a las seis de la tarde, casi un año después, don Manuel volvió a la casa. Su relación se había destruido por la poca tolerancia de su nueva mujer, entonces se refugió en la soledad y tristeza de un pequeño cuarto alquilado. Cuando doña Griselda se enteró de su situación fue a pedirle que regresara. No podía verlo en la miseria, aunque sabía que jamás lo perdonaría. Le ofreció compartir la casa que seguían pagando, dormir en camas separadas y encargarse de la mitad de las cuentas. Cuando vio su pesada figura, recordó lo que su madre le dijo una tarde cuando él le propuso que vivieran juntos: “No te casés con ese hombre, Griselda, te va a dar mala vida”.


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—Si siguen gritando voy a llamar a la Policía— gritó César desde su habitación.

La algarabía de sus padres auguraba una larga noche. No le permitían concentrarse en las lecturas para su parcial virtual de Econometría al día siguiente. Habían pasado seis años desde que su familia se convirtió en una unión por conveniencia, una casa compartida, un hogar de nadie. César, a sus veinticuatro años, cursaba octavo semestre de Economía como becario de la Universidad del Valle. Salía a las cinco de la mañana para su clase de siete, vendía dulces en las pausas, y a las seis de la tarde —aunque no le gustaba admitirlo— buscaba cualquier excusa para no regresar temprano; para que al llegar, doña Griselda ya le hubiera dicho a su papá: “¡Largáte, así como te largaste ese día con la puta esa!”, y él le respondiera: “¿Y por qué me voy a largar? Esta casa también es mía, yo soy el que la está pagando, largáte vos, y deja de gritar que parecés loca”. “Loca la asquerosa de tu mujer, la que te dejó en la calle”. Y en el frío de la noche, no tener que separarlos, no tener que entenderse con su papá a los gritos y amenazas, ni recoger más platos rotos.

Pero esta vez era diferente. El presidente Iván Duque había decretado aislamiento preventivo obligatorio en Colombia desde el viernes 20 de marzo, para frenar los contagios del covid-19, una enfermedad infecciosa conocida desde el estallido de su brote en Wuhan (China) en diciembre de 2019, transmitida a través de las gotículas respiratorias procedentes de la nariz o de la boca de una persona infectada, produciendo fiebre, cansancio, tos seca, e incluso la muerte. No tenía escapatoria. Las clases presenciales de su universidad se cancelaron dos días antes, y si salía sin justificación tendría una multa de hasta un millón de pesos.


Un informe realizado por el Observatorio Colombiano de las Mujeres sistematizó las llamadas recibidas a la línea 155. En sólo diez días habían recibido 1.011 denuncias, un promedio de 101 llamadas diarias
Foto: https://www.eleconomista.com.ar/2020-03-la-cuarentena-obligatoria-en-tiempos-de-violencia-domestica-record/


Mientras tanto, el helicóptero halcón de la Policía de Cali vigilaba las calles, repetía con insistencia un mensaje pregrabado para que los caleños no salieran de sus casas, pero la mayoría de sus vecinos —quizá por sorpresa o incomprensión— salía a la calle para ver el helicóptero. El alcalde Jorge Iván Ospina, siempre de camisa azul, también procuraba el orden en una patrulla de la Policía, para que los caleños supieran que era de verdad, que el mismísimo alcalde iba a exigirle respeto a los desobedientes para evitar un futuro colapso de los hospitales.

Ese 29 de marzo, el Ministerio de Salud emitió un nuevo boletín: 702 casos confirmados de covid-19 en Colombia, de los cuales 91 pertenecían al Valle del Cauca, 10 recuperados y 10 muertos a nivel nacional. César presentía que la situación tendía a empeorar. Los acontecimientos internacionales auguraban lo peor. La necrópolis de las pirámides de Giza fue desinfectada un día antes, el papa Francisco dio una histórica bendición en soledad, en Italia habían muerto 10.079 personas, y España registraba 79.953 contagiados, según la Organización Mundial de la Salud.

Pero los sucesos también eran locales. Uno de sus amigos había perdido su empleo por el cierre de los restaurantes, y se estaba quedando sin mercado; el señor de la mazamorra pasaba en la mañana vendiendo champú o pidiendo limosna; una familia de venezolanos recorría las calles del centro implorando por tapabocas; un médico de la clínica Valle del Lilí fue desterrado de su apartamento porque sus vecinos tenían miedo de que pudiera contagiarlos; y una de sus primas duplicó su dosis de diacepam para tratar la ansiedad, porque sentía que el día era la noche, y de noche se hacía de día.

Cerró las ventanas de su habitación para prevenir que los zancudos le picaran los brazos, pues temía al dengue tanto como al coronavirus. En lo corrido del año, más de 13.000 vallecaucanos se habían contagiado y 26 habían muerto. Fue a la cocina por un vaso de leche y encontró un desastre. Su mamá obstaculizaba la puerta principal con los brazos extendidos.

—Hacéme el favor y te quitás de la gran puta puerta, Griselda— dijo su papá temblando de cólera.
— ¿A dónde te vas a ir, Manuel, no escuchás la Policía? Nadie puede salir— respondió ella aferrándose a las bisagras.
—Me importa una mierda, estoy cansado de vivir aquí, ¡quitáte!
—Dejá que se largue otra vez, mamá—ordenó César.
—Hacéle caso al maricón de tu hijo— respondió Manuel.

César buscó en su celular la línea nacional para denunciar el maltrato intrafamiliar. No se sorprendió al descubrir que en la cuarentena obligatoria creció la violencia en los hogares. Un informe realizado por el Observatorio Colombiano de las Mujeres sistematizó las llamadas recibidas a la línea 155. En sólo diez días habían recibido 1.011 denuncias, un promedio de 101 llamadas diarias.

Mientras esperaba que le atendieran el teléfono, entendió que era irremediable. Había perdido la cuenta de las veces que su mamá se había aferrado a la puerta principal, o la cantidad de vidrios, vasos, floreros y cuadros que su papá había lanzado con rabia a la pared. Don Manuel no se iría porque no tenía a dónde irse, y doña Griselda no dejaría que se fuera. Colgó la llamada. Fue a su cuarto, se acostó en la cama, y se cubrió totalmente con la cobija. Para ignorar los gritos, trató de analizar la pandemia como un economista. Por primera vez sintió miedo de su profesión. Entendió que, por el porcentaje de la población que trabajaba en la informalidad, mucha gente moriría infectada o moriría de hambre. ¿Cuántos muertos se pueden permitir para salvar la economía de un país?, pensó. Cualquier desenlace era aterrador. No olvidaba que vivía en Colombia, donde en medio de la crisis por el covid-19, hasta ese día, habían asesinado ocho líderes sociales; donde 10.000 muertos por falsos positivos no eran tantos como 10.000 muertos por pandemia. Por un momento, hubo silencio en la casa, y recordó que, durante su infancia, el único ruido en las noches eran los diálogos de las telenovelas que veían en familia. Su corazón sollozaba de ternura, pero los recuerdos ya no lo hacían llorar, eso también se había gastado.

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