Crónica – Crónica de un circo

Crónica de un circo


Por: Natalia Vinasco Martínez
Estudiante de Estudios Políticos y Resolución de Conflictos




Desde los 12 años, Alonso Ochoa ha actuado en circos como el payaso “Repollín”.
Foto: Natalia Vinasco.


Corría la década de los sesenta cuando el circo llegó y se instaló frente a su humilde vivienda ubicada en Tuluá, Valle del Cauca. Alonso Ochoa tenía 12 años, su padre había fallecido y él, sus seis hermanos y su madre debían sobrevivir a como diera lugar. Alonso quedó fascinado con el circo: los payasos, la magia y las maromas eran lo mejor que había visto en su corta vida. Un mago notó la alegría que le ocasionaba el circo al niño, y a fin de que se ganara unos pesos, decidió hablar con su madre para ofrecer llevárselo con él.

La madre aceptó y Alonso se fue. Se pintó la cara y tuvo su primera presentación en un lejano pueblo en el departamento del Huila. Allí se convirtió en el payaso “Repollín”, recorrió las zonas más apartadas del país y más golpeadas por el conflicto armado y la violencia, haciendo reír a quienes no tenían otras oportunidades de diversión en esos lugares y que a cambio de unas pocas monedas podían acceder a la función.

Tiempo después, cuando ya era un adulto, Alonso tuvo su propio circo junto a su esposa y sus hijos, pero cuando estos crecieron, no quisieron dedicarse más al oficio de su padre. Así que Alonso tomó la decisión de vender su carpa. Han pasado 60 años y hoy a sus 72 años, Alonso sigue siendo el payaso “Repollín” ya no en su propio circo, sino en el de sus amigos, los que ha conocido a lo largo de su vida en el mundo circense.

Son varios los amigos que ha visto morir en el circo, pues vivir allí es como vivir a la deriva; en varias ocasiones las balas perdidas encontraron su blanco en las débiles carpas que conforman el hogar de los artistas. En Puerto Asís (Putumayo), su amigo “Chancletazo” recibió un disparo mientras dormía. En otras ocasiones les han robado todas sus pertenencias, pues como él lo dice, “Para entrar a la casa de un artista de circo solo hay que levantar el telón”.

Sandra Blanco es oriunda de Pailitas, Cesar. Con su circo siempre deambuló por toda la Costa Caribe. Ahora lleva 17 años en el Valle del Cauca. Nació en el circo de sus padres, que lo heredaron de sus abuelos. Es la dueña de Alegrín Circus, con el que recorre los barrios más marginados de Cali, donde su humilde espectáculo se convierte en la única posibilidad de recreación de familias enteras. Su padre era lanzador de cuchillos y desde los 5 años de edad ella hizo parte del espectáculo, fingiendo ser una valiente niña que no tenía miedo de que los afilados puñales quedaran clavados junto a su cabeza y en su pequeño cuerpo. En su adolescencia decidió dedicarse al contorsionismo. Después de tener sus hijos dejó de ensayar y hoy a sus 47 años ya se siente “tiesa”, así que solo se dedica a hacer algunas escenas con los payasos y a las labores administrativas del circo. Alegrín Circus tiene una función no solo económica sino también social, pues al llegar a un nuevo barrio presentan algunas funciones gratis, ya que ella y sus artistas son conscientes de que muchas personas no tienen dinero para que sus hijos ingresen al circo, pese a que la boleta no supera los tres mil pesos. También su circo abre las puertas a artistas que buscan alguna entrada económica y muchas veces no tienen ni dónde vivir. Asimismo, se le da la oportunidad a jóvenes y niños para que en sus carpas aprendan el arte del circo; incluso se han convertido muchas veces en escuelas para quienes tenían problemas de drogas y decidieron dejarlas atrás. Muchos aprendieron un número y ahora recorren el mundo, pues varios artistas circenses han salido de los circos de barrio. En ellos se han profesionalizado y se han ganado un lugar en las grandes carpas internacionales. En los circos de barrio se le da oportunidad a todos los que quieran aprender algún número, ya sea de alfombra o de altura.


Los payasos Chirimoya, Pulgarcito y Repollín en plena función en Alegrín Circus.
Foto: Natalia Vinasco.


Actualmente Alegrín Circus está ubicado en el barrio Marroquín II, al lado de un caño en el que hace eco el sonido del bafle que anuncia las novedades con las que contará la próxima función: Toby, el perro con cerebro humano; la mujer de los Ula Ula; la mujer elástica y el dragón humano.

La situación de quienes viven del circo no es fácil. En algunas funciones la venta de boletería no supera los 30 mil pesos. Sandra tiene claras las dificultades de trabajar sin recibir un sueldo, pero por respeto al público la función se debe realizar, aunque las ganancias no sean las que se esperaban. Sin embargo, se trata de sobrevivir y muchos de los artistas trabajan, aunque sea solo para comer y el circo siempre les garantiza por lo menos su almuerzo.

En el circo los artistas viven con sus familias en carpas que cuentan con algunos camarotes y un televisor. En el lugar improvisan una ducha cuando encuentran a alguien que a través de alguna manguera les vende un poco de agua; para suplir las demás necesidades deben acudir a las panaderías aledañas o a alguna vivienda para solicitar el alquiler del sanitario.

Julio César Torres es el payaso “Tomatín”, también es el director de la Fundación de Artistas Circenses del Valle y propietario de Star Circus, ubicado en el barrio Manuela Beltrán. Su fundación fue creada con el objetivo de mejorar la calidad de vida de los artistas de circo. Desde su fundación ha buscado que la Secretaria de Cultura de Cali reconozca la importancia que tienen los circos de barrio, pues según él, donde prima la ausencia del Estado, estos circos llegan a jugar un importante papel en materia social. Llegan a instalarse en zonas que muchas veces han sido tomadas para el consumo de drogas, y mientras el circo está presente, los consumidores se alejan del lugar. “Cuando nosotros llegamos el entorno cambia y se vuelve un entorno familiar, se convierte en un espacio de recreación donde personas de todas las edades van a la carpa a pasar un rato agradable. Y es una realidad que mientras el circo permanece disminuye mucho la delincuencia, eso lo dicen los mismos vecinos”, afirma Julio César.

Sin embargo, la persecución a estos circos es constante. Para adquirir los espacios y permisos necesarios donde se instalan sus carpas, se encuentran con múltiples exigencias de las autoridades, las mismas que les hacen a los circos internacionales, pues en la legislación colombiana la figura de circo es una sola, así que todos deben contar con la misma documentación si quieren funcionar sin problemas. “Tomatín” considera que no hay equidad, porque no es justo que un circo de barrio deba asumir los mismos costos y requisitos que un circo como el de los Hermanos Gasca. “Nos piden que tengamos una ambulancia fuera del circo con paramédicos y a veces solo llegan cinco personas a la función, y pues son 20 mil pesitos, entonces si a duras penas se hace para la comida, ¿cómo se va a pagar eso?”. Es por eso que luchan para que los circos sean estratificados no por el espectáculo, sino por el tamaño de sus carpas.

No obstante, materializar sus peticiones no ha sido posible, ya que debido a su bajo nivel de alfabetización no cuentan con las herramientas para elaborar un proyecto en el que puedan explicar sus solicitudes. Su condición nunca les ha permitido competir en igualdad de condiciones con otros sectores culturales en convocatorias que ofrecen recursos económicos. Según ellos, el teatro les lleva toda la ventaja porque cuenta con personas que tuvieron oportunidades de estudios y tienen las condiciones para presentar proyectos ante las secretarías y el Ministerio de Cultura. “Nosotros no, porque el estudio no estuvo en compañía de nosotros, tenemos gente que apenas hizo la primaria, son muy pocos los artistas que tienen un bachillerato, entonces eso es una de las problemáticas que tenemos: la ausencia de educación”. Por eso alfabetizar a estos artistas, es otro de los retos de la Fundación.

Sandra, “Tomatín” y “Repollín” se conocieron en el largo camino que llevan recorriendo en el mundo circense; entre todos tratan de no dejar morir la tradición del circo que, según dicen, está en riesgo, no solo por la falta de garantías para trabajar, sino por la era del internet. Ahora el público está pendiente de su celular y durante las funciones los artistas pasan a un segundo plano, así que todos los días deben ingeniárselas para que su espectáculo sea novedoso y rompa con las barreras que les ha impuesto en los últimos años la tecnología y con las que desde siempre les ha impuesto la desigualdad social y la falta de oportunidades.




Sandra Blanco lleva 17 años recorriendo el Valle del Cauca con su circo.
Foto: Natalia Vinasco.

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