Crónica – Ciudad tomada

Ciudad tomada


Por: Jorge Sánchez Fernández
Licenciado en Literatura




Foto: https://www.vanguardia.com/area-metropolitana/bucaramanga/van-8540-comparendos-por-violar-la-cuarentena-en-el-area-metropolitana-de-bucaramanga-EF2241798


¿No habremos sido capaces de sobrevivir, cuando sobrevivir era imposible, porque supimos defendernos juntos y compartir la comida?
Eduardo Galeano

Al meter la llave en la reja que separaba su casa de la calle, Iván Carabalí notó una presencia muy cerca suyo. Sacó la llave de la cerradura y las situó en su mano, formando un puño alrededor de ella. En cualquier caso, pensó, así podré defenderme. Era algo que hacía siempre desde que vivía en la ciudad de Cali cuando se sentía amenazado. Ahora, en Bogotá, agradeció no haber olvidado las viejas costumbres.

Al volver la vista, comprobó que un hombre lo observaba fijamente. De su mano llevaba una pequeña niña que cubría parte del rostro con un tapabocas demasiado grande para su edad. Los dos hombres se miraron un momento, en silencio, las llaves en la mano. Entonces, el hombre que sostenía a la niña, dijo: deme de lo que lleva allí. Iván observó la bolsa que cargaba en la mano izquierda; luego, el hambre le lanzó una punzada, recordándole su situación.

Volvió a mirar al hombre, este no separaba sus grandes ojos inyectados de sangre. Mientras la niña tosía, Iván dijo: no puedo darle nada. Agobiado, el sujeto lanzó una sonrisa y respondió: ¿y si le robo todo eso? Entonces, Iván apretó con más fuerza las llaves. Ambos se miraban en silencio. ¿Sería capaz?, pensaba Iván.

Esta iba a ser la primera vez que daba un golpe, pero estaba acostumbrado a mirar películas de acción y algo, se dijo, debían dejarle. Decidió que lanzaría una patada a la canilla derecha y luego lo empujaría. ¿Y la niña? De inmediato una idea incómoda atravesó su cabeza: luego deberé lavarme las manos. Entonces, mientras se encontraba atrapado por ese pensamiento, el hombre, sonriendo, le dijo: tranquilo, amigo. Yo pido, yo no robo. Y se alejó. La niña volvió la mirada un instante. Luego se perdieron en la calle vacía.

Iván metió de nuevo la llave en la cerradura y pudo notar que de ella caía un leve hilo de sangre.


Un nuevo enemigo: “A mí, realmente, no me importa”

Iván había llegado dos meses antes a Bogotá, atraído por las oportunidades que le podía ofrecer esta. Se hospedó, en primera medida, con Alejandra, una amiga que también había sido su compañera en la universidad y que vivía sola en un pequeño apartamento en el centro de la ciudad. Fue por entonces que las noticias del coronavirus comenzaron a ser parte de la vida cotidiana.

Al principio, interesado por todo lo que podía ofrecer el centro de la capital, y sin prestarle mayor atención a otras cuestiones, Iván y Alejandra caminaban de arriba para abajo rodeados de una gran masa de personas. La vida era normal y aburrida. Iban de un local a otro, conociendo cierta calle, probando tal comida. En una ocasión, mientras almorzaban en un local atestado del centro, en la televisión apareció el informe de que la enfermedad ya se encontraba en el país.

– ¿No te preocupa lo del coronavirus? – le preguntó Iván a su amiga.
Ella, concentrada en su comida le dijo:
– A mí, realmente, no me importa.
Ninguno dijo más y un par de días después los informes hablaban de nuevos contagiados.


“Eso solo le da a los chinos”

Los tapabocas siempre habían costado mil pesos. En el momento que Iván compró el primero, aún costaban eso. En la calle las personas lo miraban de forma extraña. Alguien con el rostro cubierto de esa manera ocasionaba cierto recelo entre los demás, sin siquiera ellos saber por qué.

De la casa de su amiga tuvo que salir un par de semanas después de llegar. El costo del apartamento era insostenible y la obligaba a migrar a un lugar más económico. Esto hizo que Iván tomara decisiones un tanto apresuradas. El día que salió de la casa de su amiga llevaba una gran maleta de viajero a sus espaldas y otra más pequeña en su pecho. Iba camino a un hostal, lugar donde pensaría mejor su situación. En definitiva, el dinero le alcanzaba para conseguir un sitio, pero no había tenido suficiente tiempo para buscarlo.

En la calle, las personas caminaban sin más preocupaciones. Un par de policías lo detuvieron.

– Documento – dijo uno de ellos.
Iván sacó su billetera con dificultad y le alargó la cédula al policía. Mientras este verificaba, el otro le señaló el rostro y preguntó:

– ¿Para qué el tapabocas?
– Para el coronavirus – respondió.
– ¿El qué? – volvió a preguntar el hombre, esta vez ambos lo miraban.
– Para no contagiarme del coronavirus – aclaró Iván.
– Pero eso solo le da a los chinos – respondió el policía, entregándole el documento y deseándole un buen día.


La carrera séptima es un largo corredor que atraviesa parte de la ciudad, y que los domingos se utiliza como ciclovía por los bogotanos.
Foto: https://bogota.gov.co/mi-ciudad/movilidad/la-espectacular-transformacion-de-la-carrera-septima


“Lo que me da más miedo es no poder salir del país”

El hostal era pequeño y oscuro.
– La noche vale 20 – le dijo el que manejaba la entrada. Pero, si se queda dos días, cobro 15 cada uno.
Iván pagó por dos días y apretó la mano del hombre con recelo.
El cuarto contaba con tres camarotes. Las camas, bien tendidas, contenían pertenencias de otros viajeros que a esa hora no se encontraban ahí. Un muchacho alto y con gran sonrisa le dijo a Iván que su cama era de una de las de arriba. Este dejó sus cosas con un poco de esfuerzo.

– Si quieres fumar debes salir al patio –dijo el chico de la gran sonrisa.
Iván estiró la espalda y salió al patio a tomar un poco de aire. Allí una joven de cabello rubio y ojos azules, se encontraba fumando, pensativa. Iván se sentó a su lado, en silencio. El frío de la ciudad los golpeaba a ambos. La joven, después de un rato, le alargó un cigarrillo encendido que él tomó agradecido.

– ¿No te preocupa lo del coronavirus? –preguntó él.
Ella lo miró, sus ojos estaban rojos.
– Si –dijo.
– Lo digo por compartir el cigarrillo –replicó Iván.
– No, ya aquí no me preocupa –respondió ella pronunciando mal las palabras, y continuó, como pensando en voz alta: lo que más me preocupa es no poder salir del país.
Ninguno de los dos dijo más.
Ese mismo día el gobierno anunció la restricción de vuelos a todas partes del mundo.


“Disculpe por no saludar”

A los dos días encontró una pieza a unos cuarenta minutos de distancia. Era un domingo soleado. Caminó todo el recorrido, sofocado por el tapabocas. Aunque pocas, algunas personas habían comenzado a llevarlos. Cuando Iván preguntó el precio de los tapabocas a un vendedor ambulante, este le dijo que costaban dos mil quinientos pesos. Cómo cambian las cosas, pensó Iván.
La carrera séptima es un largo corredor que atraviesa parte de la ciudad, y que los domingos se utiliza como ciclovía por los bogotanos. Era la primera vez que Iván veía tantas personas en sus bicicletas, corriendo, o simplemente caminando, todos felices, familias enteras; no parecía que algo estuviera pasando.

Iván caminó, escoltado por los grandes edificios, rumbo al lugar que ahora sería su casa. Le sorprendió con qué felicidad las personas iban de arriba abajo por la séptima. Mucho tiempo después, se encontraría pensando una y otra vez en ese día.

La dueña de la casa era pequeña y manejaba una floristería en el primer piso. Le arrendó a Iván una pieza en el cuarto piso, sin necesidad de contrato ni otro papel.
– Disculpe por no saludar –dijo cuándo lo vio llegar. Pero con lo del coronavirus es mejor prevenir.


La vida continúa: “debo lavarme las manos”

Se adaptó rápido a su entorno. Al poco tiempo el gobierno anunció la cuarentena preventiva durante quince días. Fue entonces cuando largas filas en los mercados comenzaron a crearse. Las personas, temerosas del enemigo invisible y sin ninguna clase de preparación para afrontar tal situación, abarrotaron las tiendas hasta el punto de que estas tuvieron que cubrir sus ventanas con paneles de madera, con tal de evitar una catástrofe.

No obstante, con el paso de los días, los ciudadanos se fueron adaptando a la nueva forma de vida. La policía, por otro lado, mantenía el orden todo lo posible, pero el ambiente era de continua tensión.

En cuanto a Iván, sus pobres ahorros comenzaban a desfallecer, pues la idea era conseguir un trabajo apenas llegara a la ciudad, pero la situación lo había sorprendido tanto como a los demás. Los días eran largos, sobre todo si solamente te alimentas de arroz con huevo. En las noches de vigilia, cuando no encontraban nada más para hacer que mirar las lentas estrellas colarse por la ventana de su cuarto, Iván se reprochaba la decisión de abandonar su ciudad.

En las calles, los bogotanos acostumbrados a las aglomeraciones de su sistema de transporte y las avenidas repletas de carros, se veían de repente solos, perdidos en tierra de nadie entre cuadras y cuadras desoladas, donde únicamente reinaba un aire que podía o no llevar el virus.

Solamente los habitantes de la calle caminaban de aquí para allá, reyes en un mundo largo y ajeno. De repente, las personas que a diario sustentaban sus necesidades habían desaparecido, y ahora cualquiera que decidiera salir a comprar era una posibilidad de comida para ellos.

Iván se sorprendió una tarde en que salió, cansado del encierro, rodeado de mendigos. Entre todos ellos, y mientas sostenía fuertemente las llaves, con la mano lastimada, vio a la niña que el hombre llevaba de la mano unos días atrás. Se miraron entre el montón de personas. Ahora no portaba su tapabocas, dejando al descubierto unos labios resquebrajados por el frío.

La niña alargaba la mano pidiendo una moneda. Iván sacó unas cuantas de su bolsillo, y sin querer tocarla, las dejó caer entre los dedos de ella. Esta se abalanzó rápidamente y las recogió del suelo, temerosa de que alguien más se adelantara. Iván la ayudó a levantarse, mientras los demás comprendían que eso era todo lo que de él sacarían.

La niña le agradeció con un hilo de voz y se alejó dando la vuelta en una calle. No volvió la mirada. Mientras la veía desaparecer, Iván pensó, casi sin intención: debo lavarme las manos.

Suscribirse

* indicates required
/ / ( dd / mm / yyyy )