Crónica – Cecucol: Amor por lo comunitario

Cecucol: Amor por lo comunitario

En esa ladera olvidada por el Estado nace la fundación Cecucol, una de las organizaciones populares y comunitarias con más trayectoria en Cali.


Por: Andrea del Mal Gómez




Recorrido por el territorio en el marco de la conmemoración del 8 de marzo.
Foto: Anny Nathaly Roa Pabón.


Por la carrera 73 D a la mitad de la colina, se alcanza a ver en el lado derecho una estructura de colores llamativos que contrasta con las viviendas apretujadas de La Ladera. Es la fundación Cecucol (Centro Comunitario Las Colinas) que lleva más de treinta años de trabajo y apoyo comunitario con niños, niñas, jóvenes y familias. En ella se alberga la multiculturalidad propia de la Comuna 18, los diferentes contextos de sus habitantes y la devoción por combatir las necesidades más apremiantes del sector: transformar los intereses individuales en comunes con el fin de impactar en el territorio, recuperar la dignidad, conciencia, el pensamiento crítico de las personas y ofrecer herramientas para resistir ante las arremetidas de un modelo neoliberal que despoja a los más pobres. Un modelo económico que ha dejado a las familias indefensas ante la propagación del Covid y les ha limitado las posibilidades de conseguir un sustento en esta nueva coyuntura.

De Los Chorros a las gotas: la conformación de la Comuna 18

Las lomas de la Comuna 18 no fueron siempre un cúmulo de casas. Antes de que los buses se atrevieran a cruzar más allá de la calle quinta y que el hospital Mario Correa empezara a atender no solo a tuberculosos, las casas se veían de cuadra a cuadra y el monte se precipitaba sobre los futuros caminos que trazarían los pobladores. Los Chorros ha albergado numerosas familias desplazadas de diferentes lugares, sin discriminar su procedencia, adaptándose siempre a las necesidades humanas, soportando el abandono estatal, y reconfigurándose culturalmente junto con sus pobladores.

Sus montañas extendidas hacia la planicie atendieron y refugiaron a sus primeros habitantes desplazados del Putumayo, Nariño, Cauca, Manizales y Buenaventura, quienes se asentaron en 1930 buscando un terreno montañoso. Estos hombres y mujeres pioneros en el sector, conformaron los barrios Meléndez, Buenos Aires y Caldas. Sus familias alcanzaron a disfrutar de las posibilidades agrícolas del sector y de su diversidad en recursos naturales. El territorio estaba atravesado por lagunas, de sus pendientes manaban ojos de agua, ríos y chorreras. Además de monte, en sus tierras se levantaban árboles de guayabo, mango y guama. Tristemente la afluencia del agua no alcanzó para que hoy en día se entendiera el porqué de sus nombres: en un tiempo fue Villa Laguna y hoy Los Chorros. Nombres que conservan un pasado caudaloso, de paseos a río a media cuadra, de inundaciones, de pantanos enormes secados a punta de tierra y piedra.

La recuperación de estas tierras, parte de uno de los grandes ejidos de Cali. Fue precedido por victorias comunitarias, luchas que sus habitantes debían alcanzar para su supervivencia; la posesión por derecho propio y la compra de los lotes por parte de campesinos e indígenas a quienes se proclamaban dueños del sector en el año 1950 y el primer acueducto rural creado cuatro años después. Ese proceso de cambio y adaptación también acarreó con ese sin sabor propio de la presencia humana. Lo que un día fue parte de las bellas montañas de Cali, pronto se convirtió en una zona lodosa con casas, en su mayoría improvisadas.

Como si el viento llevara el rumor de la bondad de esa tierra, llegaron campesinos de Nariño, Cauca, el Eje cafetero y la Costa Pacífica. Muchos buscaban refugio ante el caos nacional, otros las oportunidades que históricamente se les niega a las periferias. En el año 1980 sus ranchos de bahareque se ubicaron en las zonas montañosas de la parte norte de la comuna 18 y conformaron los asentamientos de los sectores de ladera Los Chorros, La Esperanza, Veraneras, Cuatro Esquinas y Jordán, y de la parte semi-plana Alto Napoles, Mario Correa y Prados del Sur.

Entre sus ires, venires y constantes cambios, el territorio creó lazos permanentes con muchas de las personas que acogió; como doña Etelvina que encontró un remanso de calma en la comuna; como Francia Elena Zuñiga que creció y participó desde muy joven hasta ahora de los procesos comunitarios; y Bernarda Pabón que se sintió identificada y acogió como suya la responsabilidad de incentivar la conciencia política en las personas. También jóvenes como Diana nacida bajo el amparo de los barrios de la comuna, quien tiempo después le apostó a la transformación de su territorio.

Francia Elena Zuñiga fue testigo de esa Comuna 18 minera, de los socavones que se adentraba en las montañas, de los vecinos que regresaban sucios de carbón a limpiarse en sus casas. “Muchos de los mineros que vivían cerca bajaban con la ropa con que trabajaban a cambiarse a sus casas”, comentó Francia a sus compañeros de la fundación, sentada en el comedor comunitario donde entre semana la vecindad recoge sus almuerzos para llevar a sus hogares. Su familia hizo parte de esos migrantes del Cauca que llegaron buscando mejores oportunidades. “Ellos llegaron del Cauca, ellos vivían ahí cerca también a donde te digo. Un día le ofrecieron a mi papá el lote. A cuatro mil pesos compró el lote, se lo compró a doña Rosa Garzón”.

Creció bajo una ambigüedad. Por un lado el terreno le ofreció todo para ser feliz; pendientes para jugar con sus amigos a deslizarse en cartones, lagunas para pescar, canchas y vecinos de cuadra. Por el otro, supo por el solo apodo “Villa machete” que el terreno era de cuidado “siempre había un comentario que la gente decía: es que las puertas no las trancan con trancas, sino que la trancan con los huesos de los muertos” recuerda Francia con un tinte de orgullo en su tono, quizá por pertenecer a la cosecha buena de la ladera.

En su juventud hizo parte de “La Brasa”, un periódico comunitario que recogió las historias de los sectores, protagonizadas en su mayoría por las personas del común. Esta iniciativa periodística surge del proceso de la iglesia de los pobres, acompañada de un grupo de hombres y mujeres religiosos, donde también participaba el padre Guillermo Mesa. Aquí se propició el encuentro entre los jóvenes que consolidaron años después lo que es hoy La Fundación Cecucol e iniciaron con su trabajo de base Bernarda conoció y participó de la comuna un par de años antes del periódico “La Brasa”. Llegó como voluntaria en un proceso del grupo juvenil de su colegio La normal de señoritas “parte del compromiso que teníamos era estar en un barrio apoyando, ayudando a la gente” dice con total certeza de los acontecimientos que encaminaron su destino social y político. Al igual que muchas de las familias residentes de la comuna 18, llegó desplazada por falta de oportunidades de San Pablo Nariño, la diferencia es que a ella y su familia los recibió el barrio Belén de la comuna 20 y ya en 1983 habitaron el barrio de Buenos Aires.

Cuando aún había pocas edificaciones en el sector, Bernarda enseñaba a niños y niñas a leer y a escribir en una pequeña biblioteca “afianzaba lo que es la parte de apoyo y consulta a tareas. Ahí teníamos un trabajo con los niños, más o menos teníamos como unos 15, 20 niños” relata así los primeros cimientos de su trabajo comunitario. Muchas circunstancias confabularon para que fuera ahí y no en otro lugar donde se construyera la fundación Cecucol, en parte la vulneración y pobreza que demostraba la zona norte de la comuna, la poca inversión social por parte de las instituciones a comparación con otros sectores y la relación con el cura Guillermo que se asentó en la 18, fortaleciendo y apoyando estas iniciativas comunitarias juveniles.


Jornada de solidaridad con la minga social.
Foto: Anny Nathaly Roa Pabón.


Cecucol nace en la comuna 18

La carpa de circo que hace más de treinta años cruzó la imaginación de niños y niñas del sector alentados por el concurso que se realizó para diseñar Cecucol, se materializó en una edificación de tres pisos bien diseñados. Al entrar, las materas, recicladas en su mayoría, hacen calle de honor en un pasillo del ancho de la puerta, y preceden una vista llena de plantas y huertas. Desde la cancha de cemento, en el primer piso, se ve la oficina, el comedor, la biblioteca y las escaleras para subir a los salones. Arriba las cuatro aulas hacen una circunferencia que termina en una gradería, en la que se levanta la más hermosa vista de la Ladera. La cúspide de la edificación la termina un cuarto de espejos donde se realizan diferentes trabajos artísticos y culturales propios de la Fundación.

Cada pared de Cecucol plasma fragmentos significativos de la lucha comunitaria: mujeres tejiendo en sororidad, plantaciones de maíz bajo la mirada tenaz de una niña indígena, un cielo iluminado por farolitos que despiden los líderes sociales asesinados, una montaña llena de casas pintadas por los niños y niñas, campesinos arando la tierra y Carlos Alberto Duque un líder social fundamental en la construcción de la fundación, líder que como tantos otros fue desaparecido “Los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos” se lee en el mural destinado a recordarlo y honrarlo.

Doña Etelvina recibió el apoyo que necesitaba en un momento duro de su vida “yo quedé sola, quedé sin los hijos. Se murió mi mamá, se murió mi hermana, prácticamente yo quedé sola”, relata con el temple de una mujer empoderada. El terreno de la fundación tenía un rancho de esterilla en el momento que la acogió. Lo que más llamó su atención fueron las plantas “Había mucha lechuga, cilantro, espinaca. Había mucha mata. Repollo, garbanzo. Había un cultivo de garbanzo muy bonito”. Su interés inicial fue la siembra, esa propuesta de seguridad y soberanía alimentaria que enseñó la agricultura urbana como una de las formas de resistencia ante el hambre. Una vez que doña Etelvina aprendió las técnicas básicas empezó a sembrar en cada espacio que podía “Entonces yo comencé a sembrar en mi casa, en materitas, en un pedacito de tierra” comenta el inicio de su trabajo alrededor de la siembra.

El proceso de edificación de la fundación se realizó en conjunto “Esta construcción surgió de las piedras y de la tierra. Comenzó en el año 1989 y finalizó en 1991. Todos participamos, niños, jóvenes, señoras” recuerda Bernarda cómo se levantó la estructura que apoyaría y acompañaría diversas generaciones de la comuna 18. Además de los bingos, mingas y ventas de alimentos que se realizaban para aportar. Personas como Diana Castillo perteneciente en ese tiempo a una entidad de Suiza llamada “Educación y liberación” y el arquitecto que plasmó Cecucol en sus 690 metros cuadrados hicieron posible este sueño revolucionario con sus ayudas. Inspirado en el campo, la organización se construyó con tejas, maderas y guaduas y siempre se ha pintado con colores llamativos.

Años antes de ese trabajo voluntariado que hacían en las tardes noches o fines de semana un grupo de jóvenes acompañados por el sacerdote Guillermo, se evidenció una niñez analfabeta, sin espacios para recrearse, con necesidades básicas insatisfechas. Es por eso que Cecucol inicia con una propuesta pedagógica de educación popular. Una educación capaz de responder a los contextos y necesidades de esa comunidad “son niños trabajadores. Trabajadores del mercado móvil. Trabajadores de las minas de carbón que siempre han habido en la zona. Cuidadores de niños. Vendedores de puerta a puerta en el barrio de verduras”, describe Bernarda, una realidad que no es secreto para nadie y que no cambia con los años.

Anibal Roa, uno de los compañeros con quién se inició esta apuesta comunitaria, trae a la memoria las condiciones iniciales de trabajo “se trabajaba la matemática con lo que había en la comunidad. El equipo se encargaba de las familias y las huertas. Se hacían muchos bazares para comprar material didáctico, tiza, tableros”. Articulados a procesos sociales a nivel nacional, Cecucol compartió sus experiencias de educación popular con organizaciones como Probianda en el Huila, Omaira Montilla en Agua Blanca. “Todas esas experiencias miraron como ser muy recursivos a nivel de los profesionales que estaban en ese tiempo metiéndole a ese proceso de hacer las cartillas” continúa Aníbal con su relato. Aún, en la biblioteca de la fundación “Carlos Alberto Duque” se conservan las cartillas, que instruyeron a los primeros participantes de la fundación, como una reliquia que les recuerda los esfuerzos que implicó sostener ese trabajo comunitario.

La lucha continua

Este proyecto que inició como un apoyo pedagógico ante las necesidades de las comunidades por tener una educación capaz de responder a sus contextos y diferentes formas de aprendizajes, que congregó a las personas en torno a ollas comunitarias, y que más allá de compartir el alimento, enseñó la importancia de cultivar nuestro propio sustento. Que planteó una propuesta de permanencia en el territorio donde se incluyen las importantes luchas por el agua y la vivienda digna. Este proceso con trayectoria, triunfos y derrotas hoy resiste.

Le hace frente a las presiones sociales y los cambios drásticos que han sufrido las comunidades por medio de la danza, el teatro, los zancos, el circo, la agricultura y el parkour. Enfrenta con temple y amor comunitario la actual crisis acrecentada por el covid-19. Cecucol enseña con las herramientas necesarias a niños, niñas, jóvenes y familias la importancia de organizarse. Juntarse para defender los derechos humanos, el territorio y exigir una vida digna. Esta apuesta artística, cultural y pedagógica no se reduce a su sede, sino que se extiende a los sectores de más difícil acceso como lo son Veraneas, Las Minas y Salón Azul.

Aún en confinamiento se las ingenian para acompañar esa comuna por la que tanto han luchado. Retoman en los sectores las ollas comunitarias con la idea de empoderar a los vecinos y vecinas para que se organicen en torno a la comida y no le falte a nadie. Abren las puertas para que la gente de los alrededores de la sede, con todas las medidas de bioseguridad, recojan el almuerzo para compartir con sus familias. Llegan a los hogares de niños y niñas desde la virtualidad, con todas las dificultades y retos que implica, para que continúen con sus clases, recolectan mercados y los reparten para solventar un poco las necesidades. Continúan con el canto, la danza y la música haciéndole entender a todos y todas que el distanciamiento social no nos separa.

Su mayor satisfacción ha sido fortalecer en el camino esos liderazgos opacados a menudo por la cruda cotidianidad. Convertir la risa de niños y niñas en un coro que exige sus principales derechos. Ser refugio y apoyo para las juventudes maltratadas por la realidad y el abandono. Y mostrar el camino para las familias que daban todo por perdido. A través de los años no solo ha logrado permanecer, sino que se ha convertido en el punto de referencia y el despertar del amor por la comunidad.




Participación en actividad conmemorativa del 8 de marzo del 2009.
Anny Nathaly Roa Pabón.


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