Crónica – Antonio Dumetz

Antonio Dumetz

Luz de la ruta Manuel Zapata Olivella


Manuel Zapata Olivella
Santacruz de Lorica 1920 – Bogotá 2004

Manuel fue vocero lúcido de su pueblo, no se salió para que no se le escapara la voz, para que el indígena indigente de Chimá pudiera reclamarle a Dios el milagro que le debía a Domingo. Para que el negro ultrajado en la esclavitud vigilara los aires con su sexo en cuarentena. Se quedó adentro, para que la llaga no se cerrara en el momento clave de la queja. La única satisfacción de Manuel fue luchar por la felicidad que nos debía a todos. Fue feliz quitándonos las sombras que atajaban los rayos de luz que necesitaban nuestros ojos. Manuel nunca se atrevió a esconderse de sí mismo mientras no aclarara la oscuridad que nos mataba. Salió al sol a buscar el misterio de las palabras para que su voz fuera más contundente. Manuel nunca dejó de ser ruiseñor, aunque estuviera al lado del cuervo, que pretendía intimidarlo para que se sintiera en cautiverio. Manuel pudo ser ruiseñor en un país de cuervos. ¡Era duro! Porque a veces hay que ser piedra que hiere, más de un golpeado todavía lo agradece. No le faltó nunca nada a esta mente porque nada nos negó. Ahora Manuel es mucho, más todo porque se fue para dejarnos su consciencia. Ahora que te vas Manuel es cuando te haz vuelto rico porque es ahora que te debemos todo.

Alexis Zapata Meza


Por: Yaír André Cuenú Mosquera
Licenciado en Literatura. Escuela de Estudios Literarios




Antonio Dumetz recitando las palabras inmortalizadas en mármol que escribió Alexis Zapata Meza a Manuel Zapata Olivella, esculpidas por el artista plástico Adriano Ríos Sossa, en el mural ubicado en el Malecón de Lorica.
Foto: Yaír André Cuenú Mosquera


Antonio Dumetz es el nombre que aparece en El otoño de Toño (2001). “¡Toño!” es como le grita la gente a su paso. Sonrisa amplía y cejas incrédulas. Fineza en la lengua y memoria privilegiada. Dirige el Observatorio Manuel Zapata Olivella. Como sombra de caminante, teje la memoria del maestro en Lorica. Lo entrevistamos y a continuación compartimos ese diálogo que se dio en tres lugares/tiempos: Primero el Mercado Público, luego donde quedaba el Colegio La Fraternidad, y finalmente el mural en el malecón. Conozcamos a la figura sapiente que cultiva la huella, para que no se borre, no se diluya en el tiempo, no la arrebate el letargo de una oficina a la espera del funcionario de turno.

Toño entabla un diálogo entre la historia cultural de Lorica y el mundo. ¡Ah, y la música! No le es suficiente su amplísimo repertorio, sino que se lanza al ruedo interpretando buenos ritmos caribeños. No alcanzan estas páginas, pero sirven de puente. Recree en su cabeza el acento de un judío materno, libanés paterno y caribeño de nacimiento, al leerlo mientras teje punzada a punzada lo que hace de Manuel algo más que un dador de palabras escritas, lo que hace de él un referente para ellos, los otros referentes.

Tejiendo la memoria del Mercado Público de Lorica. Antonio Dumetz, director del Observatorio Manuel Zapata Olivella.
Foto: Yaír André Cuenú Mosquera



El Mercado de Lorica

Este mercado muestra la gran influencia sirio-libanesa que tuvo Lorica a finales del siglo XIX y casi toda la mitad del siglo XX. Este edificio antes de ser construido era un gran ranchón. Cuando las embarcaciones llegaban atracaban justo aquí porque no existía la muralla. Y las personas que venían desembarcaban y descansaban. No era galería de mercado, no vendían comida, sino que era para descansar y al día siguiente tomar rumbo hacia el alto Sinú para dejar mercancía en los otros poblados. A partir de 1928 y finales del 1929, se construye el Mercado Público. Los planos de esa construcción, se dice, los hizo el sacerdote Lacides Ceferino Bersal Rosi, enemigo acérrimo de Antonio María Zapata Vásquez, padre de Manuel.

Cuenta, el mismo Manuel, que cuando salía la procesión por la calle de La Paz y pasaba por donde estaba el Colegio La Fraternidad, el padre pedía agua bendita y metía el lebrillo y empezaba a tirarla a la casa de los Zapata Olivella para exorcizar el demonio del ateísmo. Decía Manuel que su padre respondía con sus estudiantes que habían aprendido la lección de memoria sobre la evolución del hombre de Darwin. Mientras este decía una cosa acá, los estudiantes respondían desde adentro. Fue interesante porque dio para la época dos grandes escuelas, la Escuela Pio XII, fundada por el padre Bersal, y por supuesto, La Fraternidad, que además de colegio cumplía el papel de lugar donde terminar de criar hijos. Personas que querían aprender a escribir y no tenían cómo pagar iban y Antonio María Zapata Vásquez les enseñaba. Pagaban con especias, plátano, yuca, gallina, carne, cerdo, etcétera. La casa en el día era escuela y en la noche como un internado, una casa familiar. Sin embargo, el gran darwinista, el hombre que hablaba en esa época de Shakespeare, y otros más, tuvo gran oposición en un pueblo muy conservador como Lorica. De hecho, el sacerdote Bersal desde el púlpito, después de ese incidente, obligó casi a toda la feligresía loriquera a retirarse de la escuela, retirar a sus hijos, so pena de ser excomulgados.

Decía Manuel que llegó con su padre a un velorio de una de las grandes señoras de Lorica de la época. Se acostumbra en estos pueblos a conversar mucho en velorios; algunos juegan dominó, otros cuentan chistes. Se dio una conversación sobre el ciclo de gestación. El maestro Antonio María empezó a explicar: “La esperma llega al óvulo…”, y se han parado la mayoría de los que le rodeaban a decirle: “Usted es un hombre vulgar”, “es un puerco”, “¿cómo habla de esas cosas delante de estas damas?”, a lo que él respondió: “No sé de qué otra manera explicar la concepción humana. A mí no me parieron por la axila o el sobaco”. También contaba Manuel que cuando su papá iba pasando por la iglesia se quitaba el sombrero, y luego se lo volvía a poner. Una vez le preguntaron: “Maestro, ¿Cómo es posible que un hombre ateo como usted se quite el sombrero cuando pasa por la iglesia, símbolo de estar adorando también a Dios en secreto?”, y dijo: “No, me quito el sombrero ante tanta ignorancia que se congrega allí”.

Casa donde antiguamente quedaba el Colegio La Fraternidad, fundado por el profesor Antonio María Zapata Vázquez, padre de Manuel.
Foto: Yaír André Cuenú Mosquera



Casa de nacimiento de Manuel – Colegio La Fraternidad

A mi espalda quedaba el antiguo Colegio La Fraternidad, del padre de Manuel Zapata Olivella. Hablo de 1912, 1914, en adelante. Manuel nace aquí, justo donde quedaba el colegio, en esta casa que dice 1539, la nomenclatura. Este barrio hoy se conoce como el barrio Navidad, antiguamente era el barrio El Tejar, y también se le llamó barrio El Quemado, porque esto se incendió en una época. Para la época cuando Manuel nace era El Tejar, todas las casas eran de tejas, y algunas otras, como donde quedaba el Colegio La Fraternidad, eran de zinc, o palma, y bahareque, madera. Quizá hoy ya no podamos ver la construcción como era antiguamente, pero justo en esta parte quedaba el colegio. Manuel nos había dicho que el colegio del papá, y donde él nació, había sido acá. Cuando empezamos una investigación para poner unas placas conmemorativas en Lorica, fuimos a la Superintendencia de Notariados y Registros, para ver cómo se llamaba la calle en la época de 1905, 1910, y encontramos que todavía la parte de la escritura de esa casa decía Colegio La Fraternidad.

Adriano Ríos Sossa, en su mural, muestra parte de la obra de Manuel: la depredación total del manglar, cómo el arroz se fue acabando, o cómo lo acabaron ciertos grupos para darle paso a la palma africana y, por supuesto, quizá el personaje principal de la obra de Manuel, “El Currao”.
Foto: Foto: Yaír André Cuenú Mosquera



El mural de Adriano Ríos Sossa

Aquí (describiendo el mural) comienza la primera obra novelesca de Manuel, Tierra Mojada. Adriano Ríos Sossa nos muestra parte de la obra de Manuel, lo que aventuraba: la depredación total del manglar, cómo el arroz se fue acabando, o cómo lo acabaron ciertos grupos para darle paso a la palma africana y, por supuesto, quizá el personaje principal de la obra de Manuel, “El Currao”, atendiendo a lo que le dijo Ciro Alegría cuando le revisó la obra en New York: “No vayas a sacar el personaje, más bien fortalécelo”. Era un personaje que le hablaba a la consciencia de la persona.

Podemos ver al sacerdote Bersal, y a Domingo Vidal, que más tarde es llamado Santo Domingo sabio. Hay algo interesante: ¿Cómo se da la obra de En Chimá nace un santo (1964)? Precisamente Manuel lo saca de un incidente entre el sacerdote Bersal y la comunidad de Chimá. Resulta que a Domingo Vidal lo tenían como un hombre iluminado, un sabio, y cuando muere, supuestamente no se dejaba enterrar, no se dejaba meter en el cajón. Y decían “No, no se deja porque nadie le puede abrir las manos”. Entonces el sacerdote dijo: “¿Quién es?”, y le dijeron: “Éste”, y respondió: “Este no es ningún santo”. Cogió un machete, destrozó sus manos y dijo: “Bueno, entiérrenlo”. Años después el padre muere con problemas en las articulaciones; los dedos se le empezaron, vulgarmente, a engarrotar. Obviamente la gente le atribuyó ese mal a que él había destrozado las manos del santo patrono. De allí Manuel toma esos elementos y plantea la novela En Chimá nace un santo. Así saca Manuel eventos que parecen inverosímiles, que ocurren a diario en nuestra cultura, que son reales y nos maravillan. Lo real maravilloso Manuel lo toma y es precisamente En Chimá nace un santo.

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