Crítica – Pequeña historia de mi país o poesía contra la indiferencia, de Omar Ortíz

Pequeña historia de mi país
o poesía contra la indiferencia, de Omar Ortíz


Por: David Cortés Cabán





Foto: https://bit.ly/3xCDVwq


En cierto modo, la lectura de un libro de poemas requiere estar dispuestos a caminar junto al poeta y dejarse llevar por sus palabras. Cada palabra contiene su propia voz, su propia lumbre, su propio silencio. ¿Conocemos acaso el camino? ¿Somos conscientes de lo que nos depara el final? He aquí el libro más reciente de Omar Ortiz, Pequeña historia de mi país (Bogotá, Poesía letra a letra 21, 2021)[1]. ¿Qué nos dice este libro? ¿Será cierto que contiene la historia de su país? ¿No será mucha pretensión meter la historia de un país en veintinueve poemas? En verdad no creo que existan pequeñas historias. Pienso que el título es un pretexto irónico para despistarnos y hacernos creer que es poca cosa lo que revelan estos poemas. En el fondo, esa pequeña historia poética no es sino la gran historia del mundo doliente y fragmentado en que vivimos, un mundo de grandes conflictos sociales.

Dos epígrafes marcan la entrada a esta poesía, el del poeta y ensayista polaco Adam Zagajewsky: A veces, / las botas de un indigente brillan al sol / con más luz que los zapatitos de una princesa; y el de la rusa Marina Tsvietáieva: Si se cegara por las lágrimas la vista, / nadie tendría ojos para ver. / ¿En qué ciudad me encuentro? Por las noches lloran las madres, no los niños. Ambos funcionan acordes con la visión poética del libro, una visión que incluye no solo el entorno del hablante sino también el de países con contextos parecidos. La realidad cotidiana y las pequeñas historias ignoradas adquieren en esta poesía un matiz revelador. En un lenguaje directo el poeta presenta un mundo que exige no de idealizaciones sino enfocarlo tal como es, conflictivo y desgarrador. Por eso estos poemas se escriben con la idea de sacar a la superficie esas pequeñas historias inquietantes.

Reconocemos, quienes hemos leído los poemas de Omar Ortiz, que su escritura está impregnada de un compromiso y continúo diálogo con la gente y su entorno. Preocupado por la realidad circundante hará suyas las causas colectivas de los más vulnerables con la intención de generar una visión de la realidad, y unas condiciones más equitativas de la vida. Y aunque conozcamos, en parte, las razones por las que un escritor desee expresar la época que le ha tocado vivir, en el caso de Omar Ortiz ciertamente sabemos que prevalece siempre un sincero compromiso de justicia social. Pude compartir con el poeta en el Festival Internacional de Poesía de Managua, Nicaragua, en 2014; y, luego, en el Primer Encuentro Internacional de Poetas en la acogedora ciudad de Tuluá, Colombia, en 2017. Allí comprendí que estaba ante un escritor interesado por las cosas reales de la vida. Por eso, el pleno sentido de su poesía está en lo que capta su mirada, lo que expresa como conciencia y revelación del entorno. En efecto, la memoria capta lo que acontece y lo integra en su obra poética. Susceptible a ese mundo, y solidario con las condiciones humanas de ese vivir, el poeta no podrá aislarse de su realidad porque su ética no le permite ignorar lo que siente. La escritora Luz Mary Giraldo nos ha ofrecido un conciso y revelador ensayo sobre la poesía aquí reunida. He aquí un fragmento:

Poesía en tiempos de miseria, ésta, no exenta de ironía, abierta como
un abanico de desamparo y desasosiego frente al horror que amenaza
y el dolor que se impone. Ahora es cuando se justifica el clamor por
tanta muerte e ignominia, ante lo que el autor no vacila en señalamientos
mediante contundentes imágenes alusivas que indican la destrucción y el
canto fúnebre, como cuando “alude al viento del salitre, al triste aullido
del coyote”. Señales que bien pueden llamarse peste, buitre o brioso
alazán, que concentran la angustia, la furia y el terror. Son figuras
metafóricas, sí, pero con y desde efectos referenciales.(…)[2]

La imagen de mundo que proyecta Pequeña historia de mi país es una imagen de una atmósfera desoladora. Acaso porque el camino hacia la luz está traspasado de sombras y la visión que emerge es inquietante y dolorosa. De ahí que muchos de estos poemas confronten la injusticia social frente a la dignidad humana. Esta es la base y el sentido ético de un poeta que nunca se ha distanciado del pueblo, ni teme ser visto como un poeta social.

De entrada, el primer poema proyecta una señal de desasosiego y desolación: No hay tren, solo muerte y desasosiego. (…) y el final: ¿Dónde el sosiego? / La ciudad borra la imagen abominada. / Una grieta del azogue estalla en dos soles negros. / Se disuelve en gotas de sombra la crueldad de los furiosos (14). Esa “imagen abominada” será rechazada por el poeta, pero inevitablemente acabará delineando los temas del libro. Una vez diseñada la imagen del entorno, no habrá marcha atrás. Es decir, veremos discurrir la palabra sobre el vasto dominio de un mundo agobiado por la incertidumbre como ocurre, por ejemplo, en “Olor a patria”, donde se resaltará un ambiente de dolor y carencias:

Es un olor antiguo, como un viejo coágulo
que se desliza por el río.
Una mancha revuelta con sudor, pólvora
y cagajón de caballo.
Para no mentar la sangre que cubre las cosechas
envenenándolas, más que el glifosato.
Un hedor de pesadilla que aniquila los sueños
desde el vientre de las madres.
Nada puede la ruda, ni el romero, para espantarlo.
Nada, el canto de la marimba para sofocarlo.
en las enaguas bailadoras.
Nada, tu risa.
Sigue ahí, como un olor a historia,
a cielos estancados y marchitos.


Las historias de estos seres anónimos, y sus experiencias, se corresponderán trazando una visión que no se limita a describir, sino a recordarnos que la poesía conlleva una utilidad. La poesía no es solo la estética de unos versos trazados sobre una página. Aquí no se trata de eso: hay que revelar la vida y mostrarla tal como es, tal como acontece día a día. Esto es lo que ha conseguido Omar Ortiz en Pequeña historia de mi país. Gústele al lector/a o no, de ningún modo el poeta buscará clasificar situaciones humanas que luego se disolverán en la niebla del tiempo. Estos poemas conllevan una visión de hechos reales, no cuestiones imaginarias. Acontecimientos que posiblemente no ofrezcan interés ni llamen la atención a la prensa oficial. Para Omar Ortiz, sin embargo, adquieren una gran trascendencia.

Omar no escribe para inventar un mundo irreal, ni para recibir elogios. Su mensaje se proyecta sobre el plano visual de una realidad que no cederá nunca ante la injusticia. Por eso, cuando traza contactos con el pasado nos acercará a situaciones que parecen olvidadas, pero siguen presentes en la memoria como ocurre en “Homenaje a García Lorca” (22): A pesar de que oficialmente / está la obligación de olvidar, / el crimen aún no se ha borrado. Paradójicamente estos versos sugieren lo opuesto a lo que dicen, es decir: “no estamos obligados a olvidar” porque los pueblos que olvidan están condenados a repetirse. El siguiente poema es también un cuadro de esa realidad:

BODA CANCELADA

Esta noticia no sale en los periódicos,
ni en las revistas de modas y variedades
que abundan en los consultorios y las peluquerías.
Es sólo un cotilleo de barrio.
Un tío alquiló el traje de bodas
Mi hermano mayor regaló la torta y los zapatos.
Tía Maruja puso el vino de consagrar.
Padre y madre no aportaron.
Ella falleció cuando yo era niña y él es jubilado.
La ceremonia se programó en la parroquia.
Recuerdo la impaciencia del cura por otros compromisos.
El novio nunca llegó.
Sus amigos dicen que pasada medianoche abordó un taxi.
El cadáver apareció meses después.


La aparente naturalidad impregna el lenguaje de un sentido irónico que en el fondo contiene una visión mucho más compleja. Y, como sucede en el próximo texto, el poeta pasará del entorno local a uno más variado y extenso. Ahora nos colocamos frente a lo que impacta la flora y la fauna alterando los ecosistemas del planeta. La mención de osos polares y desastres ecológicos configuran el asunto del poema y la visión de un mundo que desfallece apresuradamente. Ante tal situación el hablante se refugiará resignadamente en las cosas más simples de la vida: viejas sillas, un fogón, carne y verduras. Las condiciones humildes del hogar serán un modo irónico de contrarrestar la angustiosa realidad de la vida.

ES UN TIEMPO INCIERTO

No sabemos si a las dos de la tarde
de este día cualquiera,
desaparezcan los osos polares
junto a dos o tres continentes.
Y nadie echará de menos que ya no se hable
en kazajo o en mongol, y menos aún
en sirio o aymará.
El mundo es hoy una pérfida ficción,
una suscripción pre pago de mala filosofía,
de pésima literatura.
Mi única certeza la componen unas viejas sillas,
una mesa coja,
un mantel a cuadros
un fogón
y este guiso de carne y verduras que permanece
inmune a todas las catástrofes.


La mirada es ahora más abarcadora para hacer posible un mundo marcado por lo esencial de la vida. El poeta fundirá nuestra perspectiva a una visión ecológica del planeta: No sabemos si a las dos de la tarde / de este día cualquiera, / desaparezcan los osos polares. / Y nadie echará de menos que ya no se hable / en kazajo o en mongol, y menos aún / en sirio o aymará. (32). Lo que se desvanece de la naturaleza toca también ese conjunto de lenguas en vías de extinción, y de un mundo impactado por el deterioro de los recursos naturales del planeta. Sirva aquí de ejemplo el poema, “Declaración de principios” (42). Este texto responde a un sentido ético de la vida. En él la voz pasará rápidamente de la tercera a la primera persona del singular para subrayar la postura del yo lírico: Lamenta la ruina de tu ciudad, dice. / No soy yo el que envenenó las aguas. / Ni quien esparció la huella de la bestia por valles y montañas. / No, el que entregó las gentes inermes a la crueldad de los furiosos. / Tampoco el responsable de las niñas y los niños violentados […]. Estas imágenes revelan lo que poeta siente al no apartar su mirada del mundo: No somos nada. / Ni despojos somos.



Foto: http://www.domingoatrasado.com/sigloxx/OmarOrtiz.html


Diversos textos y diversas realidades unifican esta poesía en un mundo que necesita cambios reales y significativos. Cambios que en Pequeña historia de mi país también muestran que, a pesar del mal, hay paisajes donde la injusticia no reinará como en los versos: …Las huellas en la arena son la memoria de la infancia. (…) Hombres de ciudad que desconocían que los altos cactus son señales vegetales que permiten el apareamiento de la tortuga, / los primeros días de la lluvia, cuando las estrellas caen como hojas… (“La niña de arena”, 46). Esta memoria arraigada en la infancia y la naturaleza puede entenderse como una expresión hacia lo elemental, hacia lo que vivifica la vida: “las huellas en la arena”, “la infancia”, “el cactus”, “la tortuga”, “la lluvia”, y “la hoja que cae” llevada por el viento, son signos de lo que renace y muere. Lo que regresa prodigiosamente en transformaciones y cambios y, asimismo, del cuestionamiento de la inmediata realidad como notamos en “Preguntas acuciantes” (50) donde la pregunta planteada por el estudiante motiva una reflexión sobre la maldad: —Maestro ¿qué vamos a hacer con esta plaga que nos aísla, nos impide el abrazo, el beso, el roce de otra piel y nos confina en la gélida y sombría individualidad del coltán y el azogue? / ¿Qué hacer para recuperar los cantos y la alegría de las rondas y bailes de infancia? [3] Provocadoras y dolorosas, las preguntas buscan recrear un cuadro del mundo. Preguntas que tendremos que considerar como denuncias que reclaman una respuesta consustancial con el tiempo, no solo el de la pequeña historia de un territorio de Latinoamérica, sino también el de países con realidades semejantes. En definitiva, el poeta ha preferido el camino de la realidad, el camino de la resistencia para proyectar su visión de la vida hasta que llegue el tiempo de la luz (66). Por eso, una y otra vez buscará en la utilidad de la poesía el sentido de la vida. Y esto lo reconocen los “sabedores” del amor, los que escuchan la naturaleza que alimentó sus vidas. Esta es la verdad del poeta, no hay otro modo de exponerla. Escuchemos a los sabedores de esta “pequeña historia”. Ellos aún están resistiendo, danzando, esperando que llegue el tiempo de la luz

LOS SABEDORES

Pedro Ángel Trochez y María Nelly Cuetia,
acababan de apagar el fuego ritual,
en el rescoldo se percibía la llegada de las luciérnagas,
cuando se los llevaron,
Balas de fusil les dispararon a sus cuerpos
ya lastimados por la tortura.
Los arrastraron junto a la laguna,
convencidos que en sus orillas yacerían inertes,
como piedras.
Extraños a estas montañas, a estas aguas,
a esta urdimbre de lunas,
a esta nación que es el centro del mundo,
desconocían que el corazón de Pedro Ángel
y de María Nelly, es el mismo corazón del pellar,
milenario en su canto por la tierra.
Inmune a los asesinos,
que no perciben su silbo
convocando a la minga desde la palma de chonta
que alimenta con su danza la resistencia del viento.
—————
Primavera, 2021
Nueva York


[1]Los poemas están ilustrados por Lorena Ortiz Nossa.
[2]Luz Mary Giraldo, “Porque duelen los hijos desaparecidos de la guerra”. Prólogo, p. 12.
[3]Es posible que el poema conlleve un cuestionamiento sobre la pandemia del COVID 19. Me parece, sin embargo, que el poeta está evocando una situación histórica de raíces socioeconómicas y políticas. Por otro lado, será siempre la intuición y sensibilidad del lector o la lectora quienes sugieran la última palabra.

Suscribirse

* indicates required
/ / ( dd / mm / yyyy )