Crítica – Lo que no se ha dicho

Lo que no se ha dicho


Por: Edgard Collazos Córdoba
Escritor y profesor de Literatura, Univalle





Foto:https://bit.ly/3lXhzBS


Nadie ha vindicado tanto la voz de la primera persona como el narrador de la Divina Comedia. El escritor que corre el riesgo de escoger esa voz, al igual que Dante, sabe que, al diseñar la unidad estructural de su relato, tendrá que ceder la voz y ser muy preciso en la narración, porque cuando empiecen a ramificarse los hechos, tendrá que verse cara a cara con la exigencia de la despiadada realidad, los escrupulosos sucesos, el rigor de la cronología, que juntos, pueden arruinar todo el proyecto literario. Por eso el escritor recurre a la sinceridad, tornándola en elemento narrativo, como lo hace audazmente José Zuleta en su novela Lo que no fue dicho.

Por muchos días relegué la lectura de esta novela. Lo hacía por el temor a no sentirme atrapado por el desarrollo de la historia. Conocía a José como escritor de casi cien cuentos y también como poeta, y sé que las novelas contadas por poetas me suscitan desconfianza, y más aún, cuando un amigo me comentó que la novela inicia con un poema titulado “Gratitud”. Bien sabe cualquier escritor de novelas que en la primera página de una narración se debe hacer la promesa literaria y me costaba imaginarme que un poema fuera capaz de echarse encima la responsabilidad de sostener una obra de 258 páginas.

Aún no conocía la fe poética de José, no era consciente como ahora, de que su larga y dedicada labor como cuentista había sido un entrenamiento para acometer una obra de largo aliento, y carcomido por la curiosidad y la sospecha de que me estaba perdiendo un banquete literario, abandoné mis temores y emprendí la lectura.

He de confesar que empecé un domingo a las cinco de la mañana, y a las tres de la tarde aún no podía apartarme de esas maravillosas páginas tan pobladas de lugares que me fueron tan familiares en los años de mi juventud, y de escenas y sucesos encadenados por el transitar de un niño que va solitario por la vida. Navegué de la mano de ese niño por esas páginas poéticas y a veces turbulentas y antes del mediodía arribé a uno de los mejores relatos del libro. Acontece en la espesura de un árbol de Poma Rosa, donde unos niños (José y sus hermanos) en un diálogo infantil planean el destino de sus vidas, mientras su padre está en la casa inmerso en diálogos trascendentes.

Para mi sorpresa, desafiando las supersticiones de nuestra época, la novela no solo inicia con un poema, inicia con dos, porque el primer capítulo es un bello poema en prosa, es el “retraimiento” que sufre un hombre cuando le informan que su madre ha muerto. Pienso que, logrados los dos primeros renglones, o la mítica primera frase: “En Lisboa nos alcanzó la noticia: ‘Ha muerto tu mamá’, decía el mensaje de texto. No lloré”. El escritor sintió un estremecimiento que lo perseguía desde el fondo de los años, y en esas dos palabras, “No lloré”, separadas de la oración inicial por un punto seguido, hay una confesión del sentimiento, del carácter, no sé si de José o de la novela, pero es el motor que obliga al lector a seguir una prosa que parece hablarle al oído, a manera de las obras tituladas “Confesiones”; un tono sincero, no solo con el lector, también con los familiares implicados en la vida y en el relato, en todos los sucesos que narrará con esas palabras capaces de rastrear un destino.

Muchas son las virtudes literarias logradas en Lo que no fue dicho. Deseo referirme a las que considero más importantes:

Dije que una de las escenas más prodigiosa es la que acontece en el árbol de Poma Rosa. Al igual que casi todas las escenas, esa es de carácter visual; no explica ni demuestra, solo se permite mostrar. Los personajes están animados fuera de la gelatina estática de la descripción y ese es tal vez uno de los logros de Lo que no fue dicho, el triunfo del movimiento sobre lo estático, sin dejar de mostrar el paisaje.

Sin lugar a dudas, otro de los elementos de esta bella novela es la intensidad. La narración no decae ni en prosa ni en aconteceres, se podría decir que la intensidad no depende solo de los sucesos unidos a la cronología tanto como del ritmo de la narración que siempre nos invita a seguir el destino del niño.

La suplantación del tiempo cronológico de la historia por el tiempo subjetivo del relato, forma parte de la larga lista de buenos artificios, es un prodigio y es parte de la astucia de José Zuleta, parece que sospechara que ese logro no permite que se le salga de las manos el hilo conductor, en las muchas ramificaciones que se presentan.

Otro es la capacidad que tiene en el manejo del recuerdo para crear la evocación sin caer en la melancolía, la nostalgia y en la sátira. El niño, emparentado con los distintos niños de la literatura, los de Charles Dickens, Mark Twain, se diferencia de ellos por su vigorosidad y por su constante insistencia por hacerse un lugar digno en el mundo y eso lo hace más familiar al indomable Holden Caufield, el personaje de The catcher in the rye (El guardián entre el centeno) de J.D. Salinger.

Quiero concluir diciendo, que cuando se narra desde adentro, cuando el narrador no es periférico, las sensaciones le llegan al lector desde el interior de las páginas, y más en esta novela donde todos queremos saber la historia de esa familia, queremos que nos cuenten lo que por más de cincuenta años no fue dicho.

He escuchado decir muchas veces a los críticos ingleses, que el éxito de una novela depende del anhelo del personaje por lograr un deseo, y que si el personaje no desea algo la novela carece de interés. En Lo que no fue dicho hay más de un deseo del niño peregrino, solitario y huérfano de padres vivos, un deseo que prima sobre su orfandad, y es la búsqueda de ese destino y de esa vida que sabe debe construir por él mismo, y que al final José, el nuestro, encuentra en cada página poética de esta buena novela.

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