Crítica – La trampa de los caudillos

La trampa de los caudillos

La incondicionalidad con los dirigentes nunca es buen síntoma social. Indica, antes que nada, una gran fragilidad en la conciencia crítica de los ciudadanos.

Por: Alejandro José López
Escritor y profesor titular de la Escuela de Estudios Literarios
Universidad del Valle




Adolf Hitler (1889 – 1945).
Foto: https://www.marthadebayle.com/v2/radio/lomejorde-a-70-anos-del-suicidio-de-hitler/


Nos hemos acostumbrado a leer interrogantes con protestas implícitas, enfáticas. Suelen venir en las columnas de opinión, en la llamada gran prensa. Alguien exclama, por ejemplo: ¡Dónde están los filósofos! Entonces, sobreviene la reacción de algunos aludidos, cuya vehemencia varía según los términos de la descalificación previa y dependiendo de la afectación de quien firma cada respuesta. Y salta, seguidamente, una cascada de recriminaciones similares: Dónde están los ingenieros y los médicos y los educadores y los escritores y el etcétera que los columnistas van considerando pertinente. No creo que haya nada improcedente en esta forma de generar opinión. Muchas veces, incluso, deberíamos celebrar las buenas intenciones propugnadas en esta práctica. Sin embargo, puede haber ─suele haberlo─ un trasfondo en este tipo de interrogante/protesta que valdría la pena revisar.

El lado más positivo de esta costumbre periodística viene a ser el gran conjunto que configura; es decir, la sumatoria de las muchas reclamaciones. Ésta constituye un buen aporte para el diagnóstico de nuestras complejas realidades. Pero, por otra parte, estos interrogantes/protesta vienen lastrados por una idea implícita, desafortunada. Se trata de una creencia que no contribuye a la consolidación de una democracia más robusta, sustancial y plena. Dicha creencia podría formularse así: “Otro tiene que resolver los graves problemas que nos aquejan”. Con semejante idea en la cabeza, nos apresuramos a endosar los compromisos para que ese Otro se ocupe de ellos. Nos zafamos de todo lo que suene a responsabilidad y nos desentendemos de cualquier encargo que implique conjugar la palabra solución en primera persona.

Resulta curioso que esta cómoda e ingenua manera de concebir la vida social se halle tan extendida en nuestro país. Y lo más grave es que esta actitud ─que se abraza a la indiferencia, al victimismo y a la desidia─ sólo puede legarnos una democracia raquítica y endeble, una democracia enferma de corrupción y de exclusión. Para expresar esto de modo concreto, apelaré a un decir muy pueblerino y certero: “Hay quien prefiere sentarse debajo del árbol a esperar que la guayaba le caiga en la boca”. Lo malo es que no suele el destino tener tanta puntería.

Con una mentalidad así, el terreno está abonado para que broten caudillismos de todos los signos ideológicos. En efecto, nunca se hacen esperar demasiado los líderes megalómanos capaces de prometer el remedio de cada problema a condición de que se les otorgue, rápida e incondicionalmente, el manejo de la nación. Los caudillos exigen el fervor de sus seguidores, transforman las leyes para favorecerse directamente, eliminan o debilitan los mecanismos institucionales de control y satanizan a todo aquel que tenga la osadía de oponérseles. Torpe y trágico designio, pues el mesianismo político es incompatible con la esencia de la democracia.


Josef Stalin (1878 – 1953).
Foto: https://www.abc.es/historia/abci-tragica-muerte-camarada-stalin-quien-mato-sanguinario-dictador-201903051317_noticia.html


La incondicionalidad con los dirigentes nunca es buen síntoma social. Indica, antes que nada, una gran fragilidad en la conciencia crítica de los ciudadanos. Cuando esto sucede, la colectividad ya no está eligiendo a un representante sino ofrendándose a un “Salvador”. Siempre que aceptamos el desplazamiento de las prioridades colectivas en beneficio de los intereses particulares estamos claudicando como ciudadanos y cohonestando con el deplorable hundimiento de la democracia. Y siempre que exoneramos a un gobernante de esa obligación central que consiste en rendir cuentas públicamente de sus actuaciones políticas y administrativas habremos transitado de la democracia a la tiranía.

Sin embargo, se trata de una tentación permanente. Porque somos propensos a esta cándida ilusión: “Lo mejor es permitir que Otro ─más idóneo, inteligente o carismático─ piense por nosotros”. En efecto, resulta más simple y más cómodo proceder así; pero, invariablemente, estamos frente una decisión fatídica. Ya que ningún ser humano posee la verdad revelada, ninguno es infalible. Al contrario, el principio que funda toda civilización es la acumulación de los saberes. Y ésta viene dada por la aportación múltiple. Gentes de diferente condición y de diversos oficios, personas de disímil procedencia y de distintas generaciones nos han legado su trabajo, sus ejecutorias y sus ideas. Esa inmensa despensa de conocimiento que se forma colectivamente constituye el bien más preciado de cualquier sociedad: su cultura.

Por contrapartida, la primera ejecutoria de todo caudillo es eliminar la diversidad y hacerle creer a la ciudadanía que sólo existen dos opciones. De modo que la escogencia es muy clara: “O ellos o nosotros”. Y ya entrados en gastos, sus fanáticos seguidores lo traducirán radicalmente: “O ellos, los malos; o nosotros, los buenos”. Dicho maniqueísmo en la visión del mundo configura una lamentable simplificación de la vida social. No obstante, esta visión absurda arroja una ganancia fundamental para los intereses del líder: impide, una vez más, que los ciudadanos piensen. De allí que siempre el caudillo necesite crear un enemigo público, un peligrosísimo enemigo que debe ser combatido y eliminado a toda costa: “¡Si no se le extermina, el monstruo voraz y mortífero devorará la nación entera!”. Tras este grito de batalla, todo ejercicio de la política terminará convertido en una cruzada. Y, entonces, el caudillo sabrá reservarse para sí mismo el papel de héroe absoluto.

Entretanto, los ciudadanos tendrán que cumplir con el sagrado ritual de la claudicación. Primero que todo, habrán de girarle un cheque en blanco a su líder, habrán de extenderle una patente de corso para que él pueda obrar a sus anchas y salvar la patria: “No más leyes, pues, ni más mecanismos institucionales que puedan estorbar sus procederes”. El segundo mandato es que nunca más deberá preguntársele públicamente por asuntos que no apunten concretamente a la cruzada. Todos los demás ámbitos de la vida social tendrán que pasar a un segundo plano, ya que serán considerados preocupaciones menores. Estos pasos mencionados equivalen, como puede advertirse, a herir de muerte una democracia. Con ellos, los demás intereses e inquietudes de la colectividad quedarán diluidos o subordinados ante las veleidades del caudillo.


Benito Mussolini (1883 – 1945).
Foto: https://www.history.com/news/9-things-you-may-not-know-about-mussolini


Con todo, algunos países como el nuestro incurren una y otra vez en este recurso al caudillismo. Probablemente tenga esto que ver, entre otras cosas, con una comprensión demasiado instrumental de la democracia. Pareciera que una buena parte de la ciudadanía entiende el voto como su fin último. Como si se perdiera de vista que las urnas son sólo un instrumento ─uno muy importante, desde luego, pero un instrumento al fin y al cabo─, como si se olvidara que la democracia es una extraordinaria y compleja manera de concebir la vida social. Y esta manera tiene que ver con la libre elección de los gobernantes, sí; pero también con la necesidad de tramitar pacíficamente los disensos, con la obligación de estimular el debate público, con la división de poderes ─concebida precisamente para evitar el advenimiento de una tiranía─, con el deber de impartir justicia de manera eficaz e imparcial, con la exigencia de generar inclusión en la dinámica social, con el imperativo de producir equidad en la distribución de los bienes materiales y simbólicos que permiten el bienestar de las personas, con el cometido de construir instituciones sólidas y confiables; en fin, con garantizar el pleno ejercicio de los derechos por parte de toda la ciudadanía.

Miradas así las cosas, se nota que las nuestras son democracias muy embrionarias y frágiles. Constituyen un valor en sí mismas frente a las atroces dictaduras de otros tiempos; no obstante, está claro que son demasiado perfectibles. Todavía estamos muy lejos del funcionamiento que presentan las democracias modernas. Y es precisamente dicho funcionamiento el que ha permitido a las naciones más avanzadas de Occidente el gran desarrollo de sus sociedades. También podrían decirse las cosas del modo inverso: las sociedades desarrolladas de Occidente lo son porque han logrado consolidar democracias modernas; es decir, sistemas políticos en los cuales es posible verificar el cumplimiento de los indicadores sociales que se han señalado atrás.

El desarrollo de las naciones jamás llega como una dádiva otorgada por un caudillo generoso. Todo lo contrario, se forja en largos y difíciles procesos sociales cuyos protagonistas esenciales son siempre los ciudadanos. Mientras el caudillismo procura la disolución de lo público para convertirlo en dominio personal de un líder y sus allegados, la democracia se afirma mediante el fortalecimiento de lo público a través de las dinámicas institucionales. De manera que es indispensable superar el mesianismo político para que una democracia llegue a consolidarse plenamente. Y esto implica que la colectividad se ocupe de buscar soluciones a sus conflictos y actúe críticamente frente a sus gobernantes. Sin ciudadanos no hay democracia.




Moneda de 10 céntimos con la cara del caudillo Francisco Franco, 1959.
Foto: https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:1959_10_Centimos.jpg?fbclid=IwAR175TSyLMJWbyDoKWJqqWvzYjMdraeHwiQmHgS1hhXBiwkft4Cx67dB6cM

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