Crítica – La sombra de Orión. Tras las huellas del olvido

La sombra de Orión
Tras las huellas del olvido

La violencia y la impunidad forman parte del paisaje estremecedor plasmado por Pablo Montoya a través de su obra. Cada página de La sombra de Orión pone en evidencia a una sociedad consumida por los horrores de la inextinguible guerra. La Escombrera, lejos de toda ficción, es presentada por el autor como el reflejo exacto de una Nación que esconde entre las grietas del suelo, los despojos mortales de innumerables víctimas.


Por: Natalia Candado López
Estudiante de Licenciatura en Literatura





Foto: https://cutt.ly/1x9k2NF


Luego de 19 años de impunidad, Pablo Montoya recopila a través de su obra los hechos atroces que enmarcaron el desarrollo de la controversial Operación Orión dentro de la Comuna 13 de Medellín, los días 16 y 17 de octubre de 2002. Más cerca de la realidad que de la ficción, el autor logra transmitir en cada fragmento del libro el dolor insoportable de una herida abierta en el tiempo, capaz de estremecer el alma y la conciencia de todo aquel que, siguiendo los pasos de Diego Cadavid, recorre y se adentra a través de las 436 páginas del libro, en las estrechas calles y laberintos de La Comuna.

Mediante un cúmulo de historias entretejidas a manera de flashbacks, un narrador omnisciente nos presenta el contexto personal, social, cultural y político que envuelve al protagonista, recién llegado a Colombia después de 20 años de exilio en París. La primera parte del libro expone el evidente desacuerdo del profesor universitario frente a las inhumanas políticas de gobierno establecidas por el recién nombrado presidente de la República, Álvaro Uribe Vélez, quien, haciendo uso de su mano firme, apoyó la intervención de militares, policías y paramilitares en San Javier, con el fin de exterminar a los milicianos y simpatizantes residentes en el lugar. La Operación Orión dejó, según la Corporación Jurídica Libertad de Medellín, 80 civiles heridos, 88 personas asesinadas, 12 torturadas, 92 desapariciones forzadas y 370 detenciones arbitrarias.

En este sentido, Montoya pone en evidencia el interminable paso de la violencia desde el momento mismo de la fundación de las primeras bandas criminales, creadas por grupos de jóvenes explosivos sin recursos ni oportunidades, dispuestos a cruzar cualquier límite por obtener el poder. Así pues, el autor expone cómo la llegada de un Mago con aspiraciones políticas, capaz de hacer nevar en la ciudad de la eterna primavera, fortaleció la delincuencia común, dotando con armas y motocicletas a aquellos pobladores que pasarían a formar parte de su grupo de sicarios. Entre techos pintados de blanco y aceras bañadas de sangre, el Capo convirtió a la Comuna en un campo de guerra. De esta manera, Pablo Montoya reconstruye el entorno necesario para generar el encuentro entre Cadavid y Alma, la estudiante de literatura encargada de conducir al profesor hacia el temeroso infierno representado a través de La Escombrera. La sombra de Orión nos expone una historia de amor en medio de desaparecidos, Diego y Alma son el reflejo de la esperanza de una ciudad que, según el personaje Ciro Pérez, “está condenada al horror”. En medio de su enamoramiento, el hombre se adentra en la profundidad de La Comuna, donde guiado por el músico Mateo Piedrahita y su sonoteca, aprende a reconocer los sonidos que emiten los desaparecidos. Son los muertos quienes reclaman y nombran lo innombrable. Sus lúgubres voces atestadas de dolor, asedian a Cadavid y lo convierten en un cementerio andante, enfermo por la violencia. Alma, quien desde un principio asume el papel de la tierra a través de los ojos de su amado, intenta desenterrarlo, pero este reconoce en el mismo elemento la cura y la enfermedad: la tierra es el trasfondo de todo. En ella se levanta la ciudad y por su dominio se derrumba la existencia.



Pablo Montoya, escritor colombiano.
Foto: https://www.elespectador.com/noticias/cultura/pablo-montoya-a-la-sombra-de-orion/


El escritor santandereano logra trascender las fronteras del inquebrantable silencio y plasma a través de su obra una realidad ignorada por nuestra sociedad; esa en la que abundan las víctimas de un país enfermo y conformista, acostumbrado a la corrupción y la impunidad. Montoya persigue el rastro del olvido y crea a través de Medellín, la metáfora de una nación que arde en las llamas producidas por la guerra. La ciudad de la Eterna Primavera, antes de ser Ave Fénix, esconde entre sus cenizas un pasado oscuro y doloroso plagado de desapariciones, asesinatos y violaciones sin rastros ni condenas. De este modo, La Escombrera como símbolo de descomposición social, es la imagen viva de un país que, en la extensión de su territorio, se transforma día a día en una gran fosa común.

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