Crítica – Karmen, con “K” de Karma

Karmen, con “K” de Karma


Por: Julio César Pino Agudelo
Estudiante de Lic. en Literatura




Foto: http://teatrolamascara.com


El pasado mes de mayo el Teatro La Máscara presentó en el Coliseo Gallístico Pico de Oro, la obra Karmen, dirigida por Susana Uribe, adaptación de la novela Carmen, del escritor francés Prospere Merimée. Debo admitir que, al término de la obra, salí un poco sorprendido. Ya había leído con gran placer la novela y también había visto la bellísima adaptación al cine dirigida por Vicente Aranda, con una Paz Vega memorable, por lo que mis expectativas eran altas. Si bien estéticamente no hay nada que reprocharle a esta adaptación al teatro, pues, muy por el contrario, la puesta en escena es bellísima, la propuesta está teñida de una relectura basada en el enfoque de género y en la idea religiosa brahámica del ‘karma’, en la que ya no se contempla la tragedia de Carmen y Don José como un arrebato pasional, sino como un sangriento feminicidio, lo que me dejó rumiando el siguiente interrogante: ¿Hasta dónde puede el arte reescribirse para alinearse con las exigencias políticas, éticas y morales de una época, o para denunciar problemas actuales?

La Carmen de Merimée es revolucionaria porque trastorna y escandaliza a la sociedad del siglo XIX y reivindica la emancipación de la mujer en la praxis sin límite de sus libertades. Su muerte no implica una apología de la violencia de género. Pretende exactamente lo contrario: hacer pensar a la gente y concientizar sobre nuestras conductas primitivas. Carmen perece para que los asistentes a teatro la resuciten en sus conciencias. Si bien la Karmen que presenta la obra de teatro mantiene intacta a la Carmen de Merimée, la relectura de género se presenta de una manera pedagogizante y moralizante, infantilizando y subestimando al público al mostrar el destino de la feroz cigarrera andaluza como un caso de feminicidio perpetuo producto del machismo de ahora y siempre por los siglos de los siglos, en detrimento de la dialéctica con la que la concibió Merimée: el choque trágico entre la pulsión del erotismo y la pulsión de muerte. Es decir: esto es un feminicidio y punto.

El arte, inevitablemente, vehiculiza preceptos morales, sin duda. Pero el arte no tiene moral, como decía Oscar Wilde. No es moralizante. El teatro en particular, es el gran ámbito catárquico. Lo que ahí pasa trasciende el tiempo y el espacio. Nos convida a reflexionar, a sentir dolor, a indignarnos, pero no desde pedagogización de los clásicos o infantilizando a los espectadores. En arte, es la estética la que produce la ética, no al contrario. No podemos confundir el acto escénico con una catequesis feminista bien intencionada.

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