Crítica – Guerra y Paz

Guerra y Paz

Por: Luis Carlos Castillo
Profesor titular de la Universidad del Valle, sociólogo, Doctor en Ciencias Políticas y Sociología, miembro del Programa de Paz de la misma universidad e integrante del grupo de investigación sobre Estudios Étnicos y Raciales




Caricatura: TavoArt


En el imaginario popular, a lo mejor por influencia de los científicos sociales, se ha cimentado la idea que Colombia es un país históricamente violento, que, desde los inicios de la República, nos hemos matado en una tendencia patológica y autodestructiva. A esta interpretación se suma el anacronismo que hay un hilo de continuidad entre las guerras del siglo XIX, la Violencia de mediados del XX y la confrontación más reciente entre las guerrillas y el Estado. Buscando respuesta a este supuesto, Paul Oquist, en la década de 1970, planteó la idea que la violencia en Colombia y sus diversas guerras obedecieron al “derrumbe” parcial del Estado. Ante una estatalidad raquítica, diferentes clases sociales hicieron uso de la violencia no legítima (en el sentido weberiano) para imponer sus intereses y obtener el control del aparato estatal. Para controvertir esta hipótesis, el colombianista Daniel Pécaut postuló en varios libros que la violencia en Colombia era más compleja, que no había necesariamente continuidad entre las violencias de los siglos XIX y XX y que las últimas tenían causas estructurales relacionadas con los valores de ciudadanía y la debilidad de la sociedad civil. Sin embargo, recientemente, se han puesto de moda las novísimas teorías del neoevolucionismo tipo Yuval Harari (Sapiens. De Animales a Dioses) y Dawkins (El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta) que postulan que los seres humanos somos violentos por naturaleza, es decir, que a través de nuestros genes se inocula de generación en generación la tendencia a la violencia, sin importar el contexto histórico. Es decir, que la propensión a utilizar medios violentos haría parte de la herencia genética humana.

Para reflexionar sobre los planteamientos anteriores y sobre los desafíos que está enfrentando la paz en el país, es relevante el libro recientemente publicado de tres historiadores colombianos: Margarita Garrido, Daniel Gutiérrez y Carlos Camacho titulado: Paz en la República. Colombia, siglo XIX, editado por la Universidad Externado de Colombia. Este grupo de estudiosos hace una pregunta fundamental para la Colombia de hoy: ¿Cómo pasar de la guerra a la paz? Y tan importante como el interrogante es la conclusión que: “Entre 1832 y 1946 Colombia habría tenido 100 años de paz versus 14 de guerra civil”. Cada uno de los siete capítulos que componen el libro estudia cómo terminó cada guerra civil, los esfuerzos hechos para construir la paz y su destrucción, que llevó a una nueva guerra. Su cronología fue: 1839-42, 1851, 1854,1860-62, 1876-1877, 1885,1895, 1899-1902. Esta última la de los Mil Días. Este libro deja múltiples enseñanzas para el momento por el cual está atravesando el país de destrucción de la paz, cuando se intenta salir de la guerra. “Quien no conoce la historia está condenado a repetirla”, dijo Marx. Sin embargo, lo que menos queremos para la martirizada Colombia es que se cumpla la sentencia: que se destruya la paz, surgida de la conclusión de la guerra, para iniciar otra guerra.

En efecto, después de cuatro años de negociación, el 24 de noviembre de 2016, en el Teatro Colón de la ciudad de Bogotá, se firmó el pacto de paz entre la guerrilla de las Farc y el Estado colombiano con el propósito de terminar con el conflicto político armado más antiguo del Hemisferio Occidental que ha significado para Colombia dolor, sangre y lágrimas. Sin embargo, por los obstáculos que se le han puesto al acuerdo, parecería que es más fácil hacer la guerra que construir la paz. La traba más reciente son las seis objeciones que el Presidente de la República, Iván Duque, ha hecho al proyecto de ley estatutaria de la Justicia Especial para la Paz (JEP), que refieren a la reparación de las víctimas, la verificación de los postulados a esa justicia, la suspensión de procesos en la justicia ordinaria contra quienes se han acogido a la JEP y la renuncia a la persecución penal de quienes no son máximos responsables, pero cometieron delitos de lesa humanidad, entre otras. Sin duda estas objeciones, que, a primera vista, parecen razonables, podrán dinamitar la arquitectura sobre la cual se construyó dicha Justicia como columna vertebral del tratado de paz.

No obstante que la ley estatutaria había superado el examen de la Corte Constitucional y estaba lista para ser sancionada y entrar en vigencia, la Corte se ha pronunciado en el sentido que el Congreso debe debatir las objeciones presidenciales. Con lo anterior, se abre un escenario político de mucha incertidumbre y de confrontación política entre las fuerzas que le apuestan a la paz y los halcones de la guerra. ¿Se destruirá la paz, e iniciaremos otra guerra?, ¿Repitiendo la interminable historia del Coronel Aureliano Buendía en Cien años de soledad?




Carátula del libro Paz en la República. Colombia, siglo XIX, Universidad Externado de Colombia, 2018.
Foto: https://publicaciones.uexternado.edu.co/paz-en-la-republica-colombia-siglo-xix-historia.html

Comments

  • El profesor Luis Carlo Castillo ha hecho una buena nota bibliográfica sobre el asunto paz violencia y guerra de la realidad histórica y actual en el Estado Nación Colombiano, además de citar grandes autores y buenos intelectuales estudiosos de la colombianidad a su buen juicio recomienda un texto que seguramente sorprenderá al lector.

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