Crítica – En torno Marea de sombras, de Fabio Martínez

En torno Marea de sombras, de Fabio Martínez

Marea de sombras
Fabio Martínez
Pigmalión, 2017
164 páginas


Por: Jorge Urrutia
Catedrático emérito de la Universidad Carlos III de España, poeta y crítico literario




Marea de sombras. Fabio Martínez


Marea de sombras es un libro absolutamente americano que se comprende mejor conociendo la realidad teórica, social y política de Latinoamérica y, especialmente, de Colombia pero, sin embargo, y como ocurre con las obras literarias de interés e importancia, cobra una trascendencia que la hace llegar más allá de las fronteras nacionales.

La costa colombiana del Pacífico es una zona que, en los últimos cincuenta años, ha sufrido un aislamiento del resto del país por el peligro que, en aquella región, han significado el intento de control del territorio y de su economía por la violencia, tanto de los grupos guerrilleros como de los paramilitares, agravada por la fácil salida al mar que esa costa ofrecía a los mercaderes de la droga del valle del Cauca. Los esfuerzos por normalizar la vida hechos por los gobiernos y por varias instituciones, como la propia Universidad del Valle, a la que pertenece el Fabio Martínez, se han estrellado, unas veces más y otras menos, con una triste evidencia en la que no resulta necesario insistir. Opiniones influyentes como las de Mario Vargas Llosa quien, en su libro último La llamada de la tribu (2018), llega a asegurar que un Estado moderno tiene primacía, pero no monopolio, sobre la defensa, la justicia y el orden público, no ayudan en nada, puesto que significan literalmente aceptar y aconsejar la creación de juzgados, policías y ejércitos privados, tanto de un signo como de otro, perpetuando de ese modo los enfrentamientos y las muertes.

Ante este telón de fondo socio-político –que trazo rápidamente con afán informativo— se desarrolla la peripecia narrativa de Marea de Sombras; un telón tan conocido que acaba por no percibirse, encubierto por la costumbre de la vida diaria de los habitantes y, literariamente, de los personajes. Así, cuando el protagonista de la novela, el poeta Felipe Gardenia, se traslada a vivir a la Bahía de Ziuz sólo piensa en escribir y en complacerse, y deja transcurrir diez años. Sin embargo, desde el primer día le comentan: “Cuando los paras llegaron del golfo, la guerrilla se replegó a la selva”, o bien: “La guerrilla entró y se tomó los barrios de bajamar…”, entre otros actos de violencia en la ciudad. Aunque en un momento el poeta nos indique que durante seis meses estuvo soportando una violencia demencial, y en otro se sienta apresado en su trabajo, busca siempre normalizar la vida, aislarse anímicamente del entorno violento. Hay, por lo tanto, en el libro una ficción novelesca que se ve trufada de manifestaciones calificables como testimonio. La primera de ellas es la voluntad, imposible de llevar a cabo, de pretender una vida normal en Buenaventura, como debería ser en cualquier ciudad del mundo.

La costa americana del Pacífico ha sufrido también, históricamente, maremotos, eso que ahora algunos denominan ahora tsunamis, un evento complejo –como dice la definición— que involucra un grupo de olas de gran energía y de tamaño variable que se produce cuando algún fenómeno extraordinario desplaza verticalmente una gran masa de agua. No es necesario insistir en la fuerza destructora de las olas gigantes que el maremoto ocasiona, olas que estéticamente hemos conocido a través de las famosas estampas del pintor japonés Katsushita Hokusai, impresas hacia 1830. La gran ola puede fácilmente, claro es, convertirse en símbolo de la destrucción, y así lo hace Fabio Martínez ya en la primera línea de su libro: “El tsunami que llegó a la Bahía de Ziuz parecía la acéldama”.

La acéldama o aceldama es como se llamó el campo comprado con las treinta monedas de la traición de Judas, según dice el Evangelio de San Mateo (27.6-9) y ratifica Los hechos de los Apóstoles (1.18-19), aclarando que se llamó “Campo de sangre” (del arameo jaqal demâ). La tradición asegura que en ese terreno de arcilla roja, propia para el trabajo alfarero, apenas si crece alguna vegetación. Está, pues, desprovisto de vida. Entre maremoto y acéldama se instala esta novela.

Desde las primeras líneas de Marea de sombras se nos anuncia que vamos a asistir a una tremenda destrucción. La naturaleza lo va a arrasar todo, y se especifica. “casas, barcos, iglesias, edificios, calles, puentes, árboles, hombres, mujeres y animales”. Pero antes del maremoto, que resulta ser en una nota inicial del autor a la vez agente y resultado, ola gigante y campo de sangre, con anterioridad a su llegada, se sitúa la historia, el relato. Una narración que se declara “testimonio de un poeta que vivió allí durante los últimos diez años”.
Es importante que la obra declare ser testimonio, porque se instala así en lo que muchos críticos entienden que es tradición y característica definidora de la literatura latinoamericana. El primero en formalizar esa opinión fue el novelista colombiano Oscar Collazos, nacido en un pueblecito de la costa del Pacífico y educado en Buenaventura, la ciudad en la que va a transcurrir esta novela de Fabio Martínez quien —y no puede ser casualidad— la dedica a la memoria, precisamente, de Oscar Collazos.

No voy a entrar a discutir ahora la teoría latinoamericana del testimonio, pero sí conviene observar que modernamente se ha despertado el interés por los relatos orales como discursos de la memoria, al hilo de dos preocupaciones simultáneas que se dan en América: la atención de la crítica llamada poscolonial por las poblaciones indígenas y las declaraciones de los testigos en los procesos contra las dictaduras. Estos relatos corresponden, según explica la ensayista argentina Beatriz Sarlo, a modalidades no regladas de la historiografía pero que constituyen, por lo general, la única fuente posible de conocimiento de los hechos. Estos relatos pretenden sumergirse en la memoria y testimoniar unos hechos sucedidos; nada tienen que ver, pues, con la tradición de los cuentistas orales.

En los discursos testimoniales latinoamericanos el sujeto se sitúa en el centro de los mismos con carácter de subordinado y resistente, aunque pueda tener actividad política incluso destacada. Es así en ejemplos como La montaña es algo más que una inmensa estepa verde (1982), de Omar Cabezas, o Las huellas de Guatemala (2009), de Gustavo Porras Castejón. Otros libros más conocidos presentan problemas en los que no me es posible detenerme (me refiero a obras como Juan Pérez Jolote (1952), de Ricardo Pozas; Los hijos de Sánchez (1961), de Oscar Lewis, y sus secuelas; Biografía de un cimarrón (1966), de Miguel Barnet; Hasta no verte Jesús mío (1969), de Elena Poniatowska; Si me permiten hablar…Testimonio de Domitila (1977), de Moema Viezzar, o Me llamo Rigoberta Menchú (1985), de Elisabeth Burgos. También manejan el concepto de compromiso, con particularidades, la novela Mamita Yunai (1941), de Carlos Luis Fallas, o los libros de Alfredo Molano, por citar a un autor de Colombia, Aguas arriba, entre la coca y el oro y Desterrados. Crónicas del desarraigo (ambos de 2001). La lista sería demasiado larga y discutible.

La reclamación obsesiva del sujeto en primer persona explica que, por ejemplo, un libro tan interesante e inteligente como La bemba. Acerca del rumor carcelario (2006), del argentino Emilio de Ípola, escrito dentro del género ensayístico y en tercera, no se haya considerado dentro de la literatura testimonial. Por lo tanto, aunque cuente también con una obra de ensayista, si Fabio Martínez quería manifestar su testimonio sin entrar en los campos de la confesión (y digamos ahora que este autor desempeñó por algún tiempo un cargo académico de la Universidad del Valle en Buenaventura), era preferible que se adentrara por los campos de la novela. Y así lo hace.

Naturalmente, la literatura de testimonio no es exclusiva de Hispanoamérica y es una escandalosa extralimitación las pretensiones de Oscar Collazos y otros críticos del continente. No hay más que repasar los libros que, en Europa y en los Estados Unidos, se publicaron con motivo de la Primera Guerra Mundial. Pero lo que ahora nos importa es que el testimonio atribuye al enunciado la posesión de la verdad, pese a que únicamente pueda aspirar a la veracidad. Ésta se verifica en el interior del mismo enunciado, mientras que la verdad del significado se comprueba, desde el punto de vista semiótico, en el enfrentamiento con otros enunciados (lingüísticos o no), gracias a la práctica de la coincidencia. Pongamos un ejemplo sencillo: el relato de un testigo puede ser veraz por coherente, pero sólo resulta realmente creíble si coincide con otros relatos. Junto al enunciado “Fulano estuvo allí” se hace coincidir el enunciado del ADN, como muestran tantas series de televisión.

Ahora bien, el testimonio siempre es incompleto, porque quien vive el incendio hasta el final acaba no siendo sino ceniza. El muerto no declara. La novela puede, en cambio, por medio del uso de la tercera persona narrativa omnisciente, contemplar toda la temporalidad (hay un famoso ensayo de Michel Butor sobre el uso de las personas gramaticales en la narrativa). Claro que, la tercera persona no es la que corresponde retóricamente al testimonio.

Desde el momento en que la novela no es ni debe ser un texto notarial, ni siquiera puede confundirse con un libro de historia, su función no consiste en pretender reproducir la realidad (algo por demás imposible), sino en manifestarse como discurso coherente y pleno que se cierre sobre sí mismo y, por ello, se presente como veraz, en cuanto a discurso, y verdadero, en cuanto a simbolización de la realidad.

Para ello, en esta novela, Fabio Martínez opone la peripecia de su protagonista, el poeta Felipe Gardenia, con dos tipos de relatos en primera persona entreverados (el de Dolfin, el contramaestre del barco de la empresa, y el de Karen, la secretaria de la que Felipe se enamora) y, además, con una serie de discursos que calificaremos de imposibles.

El novelista brasileño Joaquim Machado de Assis, empieza su novela Memórias póstumas de Brás Cubas (1881) diciendo: “Algum tempo hesitei se devia abrir estas memórias pelo principio ou pelo fim, isto é, se poria em primeiro lugar o meu nascimento ou a minha norte. […] Dito isto, expirei às duas horas da tarde de uma sexta-feira do mês de agosto de 1869, na mina chácara de Catumbi”. Expiré un viernes de agosto de 1869. Nadie puede escribir esto. Ningún personaje histórico, de esos que llenan los libros de texto, pudo alguna vez firmar una línea como ésa. He aquí el modelo genial, consciente o no, pero casi olvidado por la novelística del siglo XX, de la técnica narrativa de Marea de sombras, los personajes de los discursos que he llamado imposibles, cuentan su vida desde su propia muerte.

Las confesiones mortuorias constituyen un amplio apartado del libro de Fabio Martínez. El primero se había iniciado con el reconocimiento de unos miembros descuartizados y se termina con el detalle del descuartizamiento. Abrazados por los dos medio-relatos del hecho terrible, se ofrecen al lector los posibles testimonios imposibles. La lista es larga: El hijo de Sócrates Carabalí y María Elena Reina, Andrea Ocoró, El carnicero, Juanito Madriñán, Maritza la bailarina, Roberto Castañeda, Lenin, el comunista que no lo era, El lanchero, Uno que estudió en Cali, La reina de belleza, La cocinera, El marica, La niña de 5 años, El fotógrafo, El sepulturero. En total, un tremendo panorama que sólo desaparecerá cuando arribe el maremoto, cuando las olas limpien la ciudad definitivamente, pero que dejará todo corrompido, todo hecho podredumbre, todo habitado por las ratas. Es la corrupción de la corrupción. ¿Cómo contemplarla si no es desde el manicomio?

Esta novela de Fabio Martínez no habla sólo de Buenaventura. Habla de un mundo que, sin pretenderlo, tal vez todos hemos hecho. Lo denuncia, pese a que a veces la novela parezca bordear lo grotesco. Es nuestro presente ya y es, sin duda, un tremendo y posible futuro generalizado. Lo construimos. Con el silencio. Con la complicidad soterrada. Con la búsqueda de la comodidad. Y con esa frase que nos dictan la inconsciencia o el miedo cuando algo le ocurre al vecino: “Algo habrá hecho”. Marea de sombras es, en el fondo, una novela sobre el miedo y lo que más nos asusta es que las novelas sobre el miedo y el propio miedo empiezan a ser entre nosotros algo cotidiano.

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