Cine – Un voyerista con excusa

Un voyerista con excusa

Con Niña errante, Rubén Mendoza nos demuestra con cuánta facilidad una historia puede concebirse para dar paso a otra, y cómo estas no necesariamente tienen que compartir los mismos intereses.

Por: Jhon Gamboa
Estudiante de Comunicación Social y Periodismo




Foto:
http://www.proimagenescolombia.com/secciones/cine_colombiano/peliculas_colombianas/pelicula_plantilla.php?id_pelicula=2233


Niña errante es, para decirlo sin ambages, una mirada exageradamente masculina sobre el misterio que reside en el cuerpo de la mujer, cuya prueba radica en la reiteración desmedida con la que su autor captura las partes más íntimas de aquel. Su argumento (una niña llamada Ángela (Sofía Paz) se encuentra con sus otras tres hermanas, todas ellas de mamá diferente, tras la muerte de su papá, para después embarcarse en su compañía a lo largo de un viaje que las llevará hasta la casa de su tía, quien será la encargada de cuidarla en adelante) es el punto de partida del que se sirve Rubén Mendoza para explotar la inocente curiosidad de su protagonista ante los inminentes cambios en su cuerpo, a causa del crecimiento y su despertar hormonal, en beneficio de unos propósitos puramente visuales. Propósitos que, sin que haya cómo evitarlo, promueven la pérdida de toda base dramática que motive el desarrollo de la historia.

A medida que la película avanza, lo que parece evidente en Rubén Mendoza es su deseo por anteponer el simbolismo y la imagen como tal ante aquello que nos presenta (y en algunas ocasiones este deseo implica logros dignos de admirar, más allá de escenas como en las que se muestra a una excavadora destruyendo un piano, en las cuales la apuesta estética es ingenuamente gratuita). Debido al poco sustento dramático que reviste dicha historia, al espectador no le queda más opción que conformarse con un viaje de varios días en el que la cámara no pierde oportunidad de sorprender con la creatividad de sus encuadres, rebosantes de arte muchos de ellos, pero ante los cuales cabe detenerse con mayor rigor: además de concentrarse en las actrices que entran en escena, estos encuadres también buscan sacar el máximo provecho de la belleza intrínseca de la naturaleza que rodea el camino por el que avanzan, lo que da cabida a la pregunta acerca de en qué habría de recaer el valor real de Niña errante.

Porque tanto el exterior como el interior son explorados hasta el punto de la saturación. Y esto no vendría a suponer un problema (cualquier autor está en la libertad, a final de cuentas, de apostarle a un cine contemplativo en el que la imagen no sea más que retórica) si no fuera porque tanta insistencia por la imagen da como resultado que Rubén Mendoza pierda de vista el conflicto que ha propuesto en escenas iniciales, como la primera noche que pasan en el hotel, donde el relato nos sugiere un crecimiento mucho más complejo al sacar a relucir las rencillas que sienten las hermanas tanto entre ellas como ante lo que representó su papá en sus vidas, por ir tras la seducción visual de sus cuerpos. Transcurrida más de la mitad de la historia, se hace explícito cómo el autor opta por dejar en un tercer plano el origen errante de Ángela (cuyo desarrollo hubiera potenciado los alcances de la película) para enfocarse en la curiosidad a la que me refería antes, pues es gracias a esta que logra justificar escenas en las que asistimos a una contemplación que algunos no dudarían en definir como del más verde voyerismo, y cuyo énfasis no termina por aportar mayores elementos a la trama.



Rubén Mendoza, director de cine.
Foto:
https://www.revistaarcadia.com/cine/articulo/ruben-mendoza-director-cine-ganador-del-estimulo-integral-del-fdc/44914


Cuando el final se acerca, y el viaje de las hermanas parece renovarse luego de algunas dilaciones imprevistas, es que se confirma que el drama que dio origen a Niña errante no es más que una excusa. Después de que las circunstancias de sus últimos días les han dado la oportunidad de acercarse mucho más, dejando de lado la aprehensión causada por lo que cada una recuerda del papá, y les han brindado la oportunidad de reconocerse en una misma familia (pese a que vienen de familias y vidas contrarias), la película parece insistir en un camino diferente. Y, sin embargo, Mendoza se mantiene inamovible ante su historia: en el momento cuando una de sus hermanas deja a decisión suya seguir junto a ellas o recluirse en el encierro de la casa de su tía, Ángela no muestra duda alguna ante el destino que prefijó desde el comienzo su viaje, y guarda un silencio que es a la vez el fin de toda sospecha en el espectador.

A pesar de que la búsqueda de Rubén Mendoza en esta ocasión ha trascendido para mal el universo que se propuso (lo dejó a un lado, en procura de suplir motivaciones de otra índole) es justo celebrar su final. El interminable plano con el que la historia llega a puerto vuelve a centrarnos en Ángela, mostrándonos su soledad y orfandad inicial, y también nos recuerda que su drama ha estado presente, si bien de manera insuficiente, en la película, mientras observamos el deterioro de la breve felicidad que la acompañó en el viaje con sus hermanas, y que ahora se desvanece en lágrimas, dejándola sola con el dolor renovado por la muerte de su padre y el futuro ajeno al que esta la ha obligado.

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