Cine – Sobre la vacuidad de ciertas imágenes

Sobre la vacuidad de ciertas imágenes

Parasite es una película que uno hubiera preferido distinta: pese a la maestría que la erige como el gran estreno de la temporada, su tratamiento no hace más que acentuar ideas que han devenido prejuicios, restándole interés al asunto central que debería de tener una discusión propia de la historia que pone en escena.


Por: Jhon Gamboa
Estudiante de Comunicación Social y Periodismo




Foto: http://www.reeladvice.net/2019/08/sm-cinema-exclusively-releases-award.html


Si el cine es una ventana al mundo, Parasite nos confina a uno que pareciera estar hecho de blancos y negros, en el que las causas son olvidadas en razón de un deseo desmedido de poner el énfasis en sus descarnados efectos.

Cercana a Roma, de Alfonso Cuarón, al ser un retrato de sociedad protagonizado por personas en las antípodas de la pirámide social, Parasite empieza cuando parece llegar al colmo de la desesperación el desempleo de los Taek, una familia norcoreana cuya aparición subterránea al inicio definirá el punto de partida de sus objetivos, la naturaleza de sus movimientos y el destino inevitable de sus integrantes, y Gi Woo, el hijo que ha fallado repetidas veces sus exámenes de admisión a la universidad, recibe la visita de su amigo Min, quien le propone ser el profesor de inglés de la hija de los Park –quienes fungirán en adelante como los ingenuos adinerados que después del desastre verán con estupor las consecuencias de su desmedida credulidad, ay–.

A partir de la irrupción de Gi Woo en el mundo amplio de los Park, los Taek aprovecharán cada circunstancia, gracias a los artificios precisos del guion, para hacerse a todos los empleos restantes en procura de un bienestar que después se transformará en grotesca avidez.

Habría que reconocer, para empezar, que el oficio de Bong Joon-ho es tal que conforme se desarrolla cada una de las circunstancias que componen su película, uno como espectador no tiene otra opción que rendirse ante la risa cada vez que los Park son timados, en momentos en los que la balanza se pone cada vez más del lado de los Taek, y luego, sin saber cómo ni por qué, sentimos que nos sobrecoge la tensión que se evidencia cuando todo el fraude empieza a desdibujarse en razón de su codicia, poniendo en peligro lo que han logrado hasta el momento.

Sufrimos, sí, aunque las nociones de ética y moral nos indiquen lo contrario, cuando nos ponemos del lado de los Taek, aceptando como justo lo que estos realizan. Y luego, cuando no les queda más que escapar, asistimos a la revelación más humillante de esta película, que es a la vez su síntesis: la idea de “parásitos”, aunque bien podría uno llevarse a engaños al seguir al pie de la letra la traducción del título, se recrudece y va más allá de la historia misma cuando la condición de intrusos de los Paek es puesta en escena: al buscar salir indemnes de los problemas a los que son llevados por la trama –sus decisiones–, sus movimientos son propios de animales en fuga, “cucarachas” que se esconden y que, pese a sus intentos, nunca parecen dejar de lado sus rasgos más desagradables, como el olor corporal que se descubrirá como la espada de Damocles en el clímax de la película. Momentos como estos son los que aprovechará Joon-ho para acentuar su dibujo de ambos mundos, sin detenerse a pensar –sin darnos mayores elementos a los espectadores para que hagamos lo propio– en qué alienta las sicologías de estas familias, más allá de lo evidente.

Parasite es una comedia que pronto se torna trágica y que, vista con mayor detalle, no hace más que ejemplificar –reproducir– los patrones conocidos detrás de la desigualdad social en el mundo. Y, pese a los imponentes laureles que la acompañan –la Palma de Oro en Cannes, el Globo de Oro y probablemente el Oscar–, no deja otra alternativa que verla como una película de apariencias, la imagen que se basta a sí misma, en la que se escamotean los problemas fundamentales por mostrar –y aquí es literal hasta el pasmo– una mirada sobre cómo sobreviven unos y cómo disfrutan otros, y lo que ocurre cuando el genio narrativo de un realizador tan híbrido como Bong Joon-ho los lleva al cine.

No sería justo descalificar el valor de Parasite en sí, pues es muy difícil imaginar un mejor desencadenamiento de hechos, junto a un montaje sobresaliente, cuya complejidad y acierto le permite al director transitar de un género a otro dentro de la misma historia, pero es pertinente cuestionar la ingenuidad del mundo que de esta manera nos brinda, dado lo que se puede ver en él a través de la relación entre los Paek y los Park.

En una entrevista reciente Bong Joon-ho confesó que su propósito era que “los espectadores se sienten a tomarse algo mientras discuten ideas y pensamientos que tuvieron mientras vieron la película”. ¿Qué pensarán, se imagina uno, las personas asistentes a una sala de cine comercial que bien podría competir en fastuosidad y exclusividad con la casa de los Park –y que se ha constituido como la única opción para ver la película, impidiéndoles la posibilidad de presentarla a espacios alternativos como la Cinemateca del Museo La Tertulia–, después de ver Parasite? ¿Cuáles serán, a partir de esta historia, las ideas y pensamientos ante una realidad que negamos con complacencia cuando gozamos de tiempos de bonanza? ¿Pensaremos en desigualdades u optaremos por acentuar nuestros propios prejuicios?




Director de cine y guionista surcoreano Bong Joon-ho (1969).
Foto: https://www.fotogramas.es/noticias-cine/g19113014/bong-joon-ho/

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