Cine – Sobre el sinsentido bélico

Sobre el sinsentido bélico

Es muy probable que quien vea 1917 con detenimiento saque a relucir su mayor ironía: el verdadero acierto, si merece la pena concederle alguno, radica en aquello que no sucumbe ante la pretensión de su cámara febril y prefiere, en su lugar, sugerirse.


Por: Jhon Gamboa
Estudiante de Comunicación Social y Periodismo




Foto: http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-265567/


Hablar de 1917 es tratar –quizá en vano– de recuperar el recuerdo de una película que no hizo más que dilatar hasta el tedio su propio argumento. De principio a fin la historia se mantiene en pie a causa de la orden dictada al soldado Blake –Dean-Charles Chapman–, quien junto a su compañero Schofield –George Mackay– acepta la misión de atravesar el campo enemigo, según informes sin mayor amenaza, para entregar una carta destinada al frente donde combate su hermano mayor, y así ponerlo al tanto de la trampa inminente en la que caerá si se realiza el ataque planeado. Su propósito será, entonces, salvar de la muerte a cientos de sus compañeros.

Lo anterior es –como toda lógica militar tiende a revelar— suficiente para describir la película de Sam Mendes, si no fuera por cómo se pone en escena la linealidad del viaje de sus protagonistas y el efecto que ello causará en el espectador.

Si bien el mayor atractivo que ofrece 1917 se encuentra en el manejo de su único plano, ceder ante la sorpresa es ingenuo y anacrónico: en primer lugar porque la tecnología de que se dispone ahora –y esto parece saberlo muy bien Roger Deakins, camarógrafo reconocido por sus destrezas en este campo– hace que un plano secuencial de tales magnitudes haya dejado de ser la misma proeza que fue, en su momento, La soga de Hitchcock, restándole importancia al punto de reducirlo en la actualidad al deseo esnob de ciertos cineastas, la deuda a pagar con su vanidad y ego. Y, en segundo lugar, porque ese mismo avance en términos técnicos revela cómo un guion pierde autonomía al considerar, antes que cualquier otro elemento dramático, la forma que tomará según el encuadre destinado a la cámara, pues implica una toma de decisiones que con otro tratamiento le hubiera convenido más a la historia.

Quizá por eso la película de Sam Mendes no sea capaz de entregar mayores resoluciones y nos tengamos que conformar con la irrisoria muerte de Blake a manos de un enemigo a quien le ha perdonado la vida. Aunque dicha muerte sea una muestra de ingenuidad e inocencia acorde con lo que hemos visto en él desde el inicio de su viaje y nos permita concebir la verosimilitud de su final, avanzada la misión. A partir de ese momento, la misma recaerá en los hombros de Schofield, sin que sobre este pese el deber con la misma urgencia vital, cambiando la naturaleza de los códigos que subyacen en ella. Y con eso, inevitablemente, el tono y la velocidad de la narración, prodigándose desde entonces en combates y huidas a muerte, situaciones que el sentido común nos indicaría innecesarias.

Por otra parte, la opción por este tratamiento visual no representa un logro para la película –su falsa novedad deja de importar en muy poco tiempo, cuando nos acostumbramos a ella y la atención total que nos exige–. Pero sí es lícito admitir que es bastante útil la relación de cercanía que establece con los protagonistas y el limitado cuadro de acción al que nos confina como testigos. Además del oportuno acompañamiento sonoro por parte de Thomas Newman, quien atiza la angustia del espectador hasta un extremo que amenaza con desdibujar la realidad pretendida, parte de la tensión al ver 1917, esa sensación de incertidumbre perpetua a la que nunca logramos habituarnos, le debe mucho al desdén con que la cámara ignora el peligro que la rodea en el campo de batalla. Blake y Schofield, al igual que nosotros como sus vigías eternos, se enfrentan siempre al advenimiento de un peligro que puede venir de todas direcciones, y esto se intensificará cuando el recorrido que estos realizan deje atrás la seguridad de las trincheras y se abra a ambientes extensos, en donde su muerte parecerá ocultarse entre los restos desmembrados de compañeros y enemigos, siempre ansiosa por acertar su golpe sin retorno.

En el final de la película, luego de toparnos con el rastro vivo del dolor que causa la guerra en los cuerpos de soldados anónimos –y de ver con incredulidad que se ha relegado a un actor como Benedit Cumberbatch al papel efímero de un comandante a quien no le corresponden más que unas líneas autoritarias e impotentes–, Schofield sabrá estar a la altura de su responsabilidad, descifrando los códigos de esta película en una suerte de heroísmo y valor que pondrá en duda la legitimidad de aquello que narra. El encuentro entre él y el hermano de Blake acentuará el absurdo del conflicto que los ha confinado a ese lugar, pese al estoicismo con que este recibe las pertenencias que aquél ha sabido quitarle a su compañero antes de abandonar su cuerpo en procura de seguir con la misión, entre ellas una fotografía ensangrentada cuya evocación basta por sí sola para confirmar el verdadero fin de 1917: dar cuenta del sinsentido al que se enfrentan quienes dan su vida por unos ideales que terminan por corromperse en manos de terceros, dejándolos sin más alternativa que rendir sus esperanzas ante una muerte prematura, la única certeza que sobrevive.




Samuel Alexander Mendes (Reino Unido), director de cine.
Foto: https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20200109/entrevista-director-sam-mendes-estreno-pelicula-1917-7800075

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