Cine – Once Upon a Time… in Hollywood

Once Upon a Time… in Hollywood
Derroche de nostalgia más que de sangre

Por: Ricardo Bolaños
Candidato a Licenciado en Literatura




Foto: https://www.wakeandlisten.com/once-upon-a-time-in-hollywood-banda-sonora-tarantino/


El más leve vistazo a la filmografía de Quentin Tarantino nos muestra a un poeta del exceso y ante todo un habitante de la nostalgia, como atestiguan sus tributos al pulp y filmes clase B de su infancia. Once Upon a Time… in Hollywood (2019) -fórmula tradicional para abrir cuentos de hadas que paradójicamente titula la última película de la carrera del director-, da rienda suelta a la nostalgia sin otro pretexto o fin, en la cual se confunde el aura siniestra que rodea la película desde que confirmó la presencia de Charles Manson y Sharon Tate.

Once Upon a Time… es de esas producciones densas en renombre y calidad actorales, al agrupar un elenco que en su mayor parte no necesita presentación, con figuras de la talla de Brad Pitt, Leonardo DiCaprio, Margot Robbie, Al Pacino, Luke Perry, Dakota Fanning, e infaltables fetiches de Tarantino como Michael Madsen, Kurt Russell, Bruce Dern, entre muchos otros… más allá del volumen de sus participaciones.

La película sigue las andaduras de Rick Dalton (DiCaprio), Cliff Booth (Pitt) y Sharon Tate (Robbie) por el Hollywood de finales de los 60. Dalton, un clásico héroe de televisión western quien, tras una charla con el productor Marvin Schwarz (Pacino) sobre la transición de la industria, siente –más que ve– aproximarse el ocaso de su carrera; Booth, un veterano de guerra señalado en el pasado de matar a su esposa, que se gana la vida como doble de riesgo, e inseparable de Dalton dentro y fuera de los estudios. Rick Dalton vive en Beverly Hills, más exactamente en Cielo Drive, justo al lado de la actriz Sharon Tate y el cineasta Roman Polanski, vecindad que en pleno año de 1969 marca una encrucijada fatal para los caminos del dúo de amigos y el de esta pareja.

De principio a fin, la miscelánea de historias se va alternando entre una Sharon Tate aún absorta en el encanto de sus primeros pasos en Hollywood; la angustia, por contraste, de un alcohólico Rick Dalton con la certeza de ser degradado por no adaptarse a los cambios en la industria cinematográfica; y el estoico, leal pero inquietante Cliff Booth, por medio del cual se introduce la trama de la “Familia Manson”. Sin embargo, el lente de la película se va elevando gradualmente por encima de la trayectoria de los personajes, hacia una contemplación panorámica de una ciudad y una época: Fords Galaxie y Cadillacs DeVille llenando Sunset Boulevard, producciones western con sus decorados de postal, el spaghetti western italiano, matinés, fiestas de la mansión Playboy, íconos del jet set como Bruce Lee, Steve McQueen, James Stacy, George Spahn… vibrante movida cultural presentada como detrás de un velo transparente que no termina de correrse, y que simplemente no puede correrse: es el Hollywood que se fue, en todo el esplendor de su extrañeza histórica. Es de notar que en esta pintura de época no hay mayor lugar para los conflictos sociales en curso -como suele suceder en filmes de esta naturaleza-, más allá de los hippies y breves referencias a Vietnam. Esta opacidad de lo social se explica en el cuidado con que Tarantino ha construido un universo cuyos límites coinciden con los del circuito cinematográfico, blindado de otros fines que no sean la entrega a la nostalgia hollywoodense.

Este tour de la añoranza, que a decir verdad puede por momentos llegar a ser mareante y arrítmico, tiene, sin embargo, episodios dignos de mención como la producción de películas western en las que participa Rick Dalton, donde asistimos a una singular puesta en abismo (entre otras cosas esperable, tratándose de un film sobre el quehacer fílmico). De forma canibalesca, la cámara de Tarantino entra al set de rodaje ficticio devorando otras cámaras y camarógrafos, pasando, de pronto, la “película dentro de la película” a alcanzar una inmersión casi total, que da cuenta en el proceso de un soberbio desempeño actoral de DiCaprio (sí, uno más).

Por otra parte, no hay inmersión plena en el tiempo y la añoranza cinematográfica sin la música, y Tarantino, fiel a su estilo, le asigna al soundtrack un papel fundamental en esta película, recuperando bandas como The Village Brothers, The Bravos, Bob Seger, los representativos Deep Purple y Simon & Garfunkel, además de anuncios radiofónicos, para transmitir el espíritu despreocupado y si se quiere inocente de esa edad de oro… antes de la gran caída. Mención aparte el clásico California Dreamin’ en la voz de José Feliciano que, en contraste con la versión de The Mamas & the Papas, le imprime el tono melancólico que requiere tal perspectiva de lo perdido.

Dicha expansión sentimental, sin embargo, hace más inquietante la película conforme la “Familia Manson” va ocupando más tiempo y espacio en la pantalla, y por supuesto, se va acercando el momento fatal de Tate. Es dentro del tramo de la última hora donde la película se torna plenamente tarantinesca, al incorporarse la voz en off y una explosión catártica de violencia acompañada de una singular apropiación de este instante histórico.

Clímax de todo un periplo sonoro y visual que nos devuelve la sensación de haber sido invitados a un sueño salido de la máquina de sueños de Tarantino. En una conclusión cinematográfica que el común de los espectadores concebía jubilosamente visceral y sangrienta, Once Upon a Time… in Hollywood plasma a un Tarantino más sobrio y personal, quizá un tanto ensimismado, pero no por ello menos imaginativo.




Quentin Tarantino, director de cine estadounidense.
Foto: https://www.larata.cl/editorial/los-mejores-cameos-quentin-tarantino-peliculas/

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