Cine – La soledad del duelo

La soledad del duelo

Fragmentos de una mujer bien podría entenderse como un mosaico del dolor, cuya protagonista es una mujer a quien la muerte solo le deja ser madre por algunos segundos.


Por: Jhon Gamboa
Estudiante de Comunicación Social y Periodismo




Foto: https://www.elle.com/es/living/ocio-cultura/a34722280/fragmentos-de-una-mujer-vanessa-kirby-pelicula-netflix-estreno-trailer/


En esta película, el director húngaro Kornél Mundruczó supo ser efectista sin por ello hacer concesiones. A partir de primeros planos, que potencian un acercamiento al dolor y la angustia casi al detalle, Fragmentos de una mujer se presenta como una exploración íntima y visceral de lo que le ocurre a una pareja –pero, sobre todo, a una madre— cuando ha muerto su bebé, segundos después del parto.

Y lo hace gracias a una secuencia magistral, en la que intervienen dos elementos: por un lado, una cámara invasiva, que graba tanto las contorsiones de desespero como los intentos de contención y serenidad de los padres, Martha y Sean, con una sutileza que le permite pasar desapercibida mientras incrementa la sensación de realismo en los espectadores; y por el otro una consciencia plena del lugar donde ocurre la escena, de la que se sirve Mundruczó para hacinar elementos de tensión, independiente de que sean capturados por el lente, en un intento por intensificar la percepción de inminencia del parto y dotar el instante de una urgencia que en efecto nos asalta con el paso de los segundos.

El final de este primer fragmento, que llegará en forma de tres puntos suspensivos con la irrupción de unos paramédicos a la casa, funciona como un prólogo descarnado a lo que sucederá en adelante: el camino del duelo, un largo trecho sin avisos ni advertencias para los equívocos, que sus protagonistas atravesarán como mejor pueden, sacando lo mejor de los actores que los interpretan.

El cambio obrado en Martha obligará a Vanessa Kirby –cuyo reconocimiento se hizo mundial luego de su papel como la princesa Margareth en The Crown— a encarnar a una mujer que expresa sus emociones con ademanes cargados de hastío y descreimiento, siempre con una mirada que está más allá de todo entusiasmo; y en Sean, la impotencia ante el sufrimiento y la lejanía cada vez mayor de su esposa traerán de vuelta el fantasma de sus comportamientos pasados, una vida que había resuelto la hija en camino, lo que legitimará la versión más brutal de Shia LaBeouf –cuyas reacciones hostiles y de violencia deliberada no nos sorprenden tanto, luego de que él mismo reconociera esta característica y explorara sus orígenes en Honey Boy, la película que escribió y en la que interpretó a su padre—, quien sin embargo tiene la virtud de no atravesar los límites de la cordura, complejizando el sufrimiento que vive su personaje al pasar de un extremo a otro.

Independiente del tipo de conflicto al que se enfrentan Martha y Sean, cuya única salida viene a ser la de su propia destrucción, la realidad de sus vidas les recuerda las obligaciones a que están sujetos. Entre ellas, la decisión de culpar a alguien por la muerte de su hija. De súbito, nos enteramos de que la posibilidad de encerrar por negligencia a la matrona que asistió el parto, Eva (Molly Parker), ha tomado fuerza en el ámbito privado y en el público: aquella muerte temprana se ha convertido en un asunto de ética y moral en todo Boston. Pero esto apenas y le importa a Martha, inmersa en el letargo emocional de su pérdida. La tensión entre ella y su mamá, Elizabeth (Ellen Burstyn), quien la alienta hasta el colmo para que tome las acciones legales pertinentes, no es más que un desacuerdo que pondrá de manifiesto la fragilidad de su relación. Fragmentos de una mujer es tan personal que cualquier otro elemento que no entrañe el universo interior de su protagonista nos es ajeno. De ahí que, como espectadores, estemos de acuerdo con su desinterés. La dinámica familiar, con sus complejidades, está ahí, como un reflejo de la realidad en la que se enmarca la historia, pero no es un motivo en sí. Solo cumple el papel de un compromiso incómodo.

No en vano Martha es un personaje que se empecina en atravesar su duelo por cuenta propia –lejos incluso de Sean, quien termina por abandonarla, en una solución por parte de Mundruczó que no deja de ser arbitraria y facilista, pues supone la renuncia a conflictos más álgidos—, y acepta progresivamente una suerte de consuelo simbólico, que va permeando la totalidad de la película. El juicio se realizará, pero Martha no será capaz de ver en Eva a un verdugo. Tiempo después veremos cómo unas semillas de manzana han empezado a dar frutos en su refrigerador, referencia ineludible al deseo de volver a dar vida y no fallar en el intento. Entonces, percibiremos que ha encontrado su redención. Y, resuelto el mudo lastre de su fractura, la acompañaremos al puente que quedó a medias cuando la muerte llegó –uno de tantos símbolos— para que tire al río las cenizas de su hija.


La última escena concluye el simbolismo que se ha apoderado de la historia y, a su vez, nos concede la oportunidad de trascender el presente del que habla, estableciendo un futuro que es más que una promesa: una niña sube a un árbol a recoger manzanas, años después. Inmediatamente entra en escena Martha. “Es hora de la cena” sería la frase que cifre mejor el devenir de su duelo.

Suscribirse

* indicates required
/ / ( dd / mm / yyyy )