Cine – Hienas: la verdad como factor común

Hienas: la verdad como factor común


Por: Yaír André Cuenú Mosquera
Licenciado en Literatura
Universidad del Valle




Foto: https://www.imdb.com/title/tt0104467/


Durante varios segundos vemos las patas de un elefante que se desplaza lento, luego la manada, todos juntos haciendo camino. Después aparece en la pantalla un grupo de personas que caminan, y lo que sigue son sus pies: uno en común, común unidad, unidad común, comunidad. Así se nos presenta la relación entre el individuo y la comunidad en Hienas (1992), de Djibril Diop Mamberty (Senegal), referente de la cinematografía africana. Una metáfora de la colectividad que se construye con el emblema del reino animal africano. Asistimos a un drama propio de la pura condición humana. En esta ocasión con maneras, sutilezas y símbolos que llenan de comicidad lo que pudiera ser consumada tristeza. El texto primigenio es La visita de la vieja dama (1956), obra dramatúrgica de Friedrich Dürrenmatt. Pasemos a la película: una mujer, Linguere Ramatou, regresa a su pobre pueblo con dinero suficiente para acabar con tantos problemas económicos. Además de eso, trae el deseo de ajustar una cuenta pendiente con quien fuera su antiguo enamorado, Draman Drameh. Popular tendero que está a punto de ser nombrado alcalde cuando esta mujer regresa y trastoca la realidad de la comunidad, pero fundamentalmente el destino de su propia existencia.

Nuestro telón es el territorio, Colobane (en Dakar, Senegal), y la tienda el escenario donde todo sucede; lugar de denuncia, cooperación y egoísmo. Draman da una mano a quienes lo necesitan, pero en la tienda se fía y pocas veces se paga, sin embargo, en el inicio carece de fuerza para decidir: nuestro protagonista cuenta a otro hombre que una mujer está en embarazo, y le acusa, a manera de chiste, de “haber sido él”. Tras las carcajadas, algún bebedor pide servicio y el cobro que pretende hacer Draman se convierte en música donde corean su nombre y, de repente, él mismo se envuelve en la danza. Aparece su esposa, primera figura femenina en pantalla. Ante ella la actitud de todos cambia, como al arribo de la autoridad que reposa en aquella mujer inmutable. “¿Has pagado por tu trago?”, pregunta al de la barra, aquel del chiste y chisme acerca del embarazo, “Claro, por supuesto”, responde éste. “¿Cuánto cuesta?”, pregunta ella. Él se pone de pie y se marcha.

Aunque en esa comunidad ciertas actitudes de las mujeres las convierten en fuente de autoridad, siguen siendo las figuras masculinas en quienes recae el poder de decisión. El alcalde es hombre, y su posible sucesor también lo es. La llegada de Linguere Ramatou transforma la realidad de la comunidad, pero porque representa un poder económico; su dinero hace que importe su llegada, no su historia, no su origen, no sus razones para volver. Ramatou quedó en embarazo de Draman Drameh, su primer amor y primera vez sexual. Draman Drameh no solo la abandonó, sino que se puso de acuerdo con dos personas para que dijeran que también se habían acostado con ella y de esta manera el destino de Linguere Ramatou quedó sentenciado: humillada, abandona y desterrada. Pero la memoria de los dolores suele mantenerse fresca en quienes han padecido, mientras a los demás simplemente intentan recordar. “Tú has elegido tu vida, y me has impuesto la mía”, dice Ramatou a Draman Drameh cuando este le pide que olvide lo ocurrido y siga la vida. Lo que propone, no a Draman, sino al pueblo, es dar cien millones a cambio de la muerte de Draman Drameh. “Antes morir de hambre que mancharse de sangre”, responde el alcalde rechazando la oferta. “Por encima de mi cadáver”, dice la esposa de Draman Drameh, quien se pone de pie al lado de su esposo, dispuesta a defenderlo.

Sigue el drama: Draman intenta salvar su destino y el de la comunidad; su esposa busca evitar perder todo en la tienda, que los demás toman asumiendo que Draman está en deuda con todos; Ramatou siente que puede hacer justicia tomando la vida de quien arrebató la dignidad de la suya; la comunidad lucha por conservar sus principios, respetar su cosmovisión, los valores base de su existencia común: no es el dinero, sino la verdad lo que importa. Presenciamos la creación de conceptos espirituales, comunitarios y filosóficos, la ancestralidad en escena. La comunidad se sabe a sí misma organizada a partir del interés común, un deseo de bienestar colectivo, una necesidad de cooperación. No es camino de rosas. El director no muestra un paraíso sin conflictos, hay generosidad, pero también egoísmo. Como inició cierra, pura metáfora: las máquinas extranjeras anuncian intervención en los territorios; donde pisaron elefantes ahora rompen las máquinas; al fondo vemos el Baobab, donde reposa la memoria al amparo de sus protectores y frente al riesgo de los invasores.

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