Cine – El padre: de la enfermedad a lo innombrable

El padre: de la enfermedad a lo innombrable
La angustia como metáfora

La película británica El padre (2020) es el relato de un enfermo en busca del sentido de la identidad perdida. Expone la realidad en función de inconciencias inquietantes, perturbadoras y asfixiantes. Reconstruir una línea lógica del tiempo desvanecido será el reto de un protagonista desorientado al que acompañará el espectador guiado por la angustia como metáfora de una enfermedad con nombre puntual, pero innominable.


Por: Jhonedyer Henao Flórez
Estudiante Lic. en Literatura y Sociología




Foto: https://www.filmaffinity.com/es/film701512.html


Título: El padre (The father)
Director: Florian Zeller
Reino Unido, 2020
Duración: 97 minutos

La película británica El padre, dirigida por el escritor francés Florian Zeller, es el primer largometraje realizado por el artista, adaptación de su propia obra teatral homónima. Su historia es sencilla: Anthony (Anthony Hopkins), un adulto mayor de 83 años, fuerte e independiente, se ve enfrentado al miedo y a la angustia cuando la demencia senil desdibuja la lógica de la realidad. La preocupación de su hija Anne (Olivia Colman) por el bienestar de su padre inicia el conflicto de la trama. Orgulloso y prepotente, Anthony se opone a la custodia voluntaria que su hija le ofrece y, sin saber qué sucede, sumergirá a su familia en un asfixiante intento por encontrar una explicación racional de la realidad.

En la tarea de transmitir desde lo subjetivo el sentir tormentoso de un anciano, Zeller demuestra una profunda audacia en construir una narración no lineal que sumerge al espectador en el misterio. En ningún momento hay un parlamento que, de forma directa, exponga el diagnóstico patológico que sufre el protagonista Anthony. La ausencia del nombre da la posibilidad al espectador de sentir el desconcierto del personaje, pero con la ventaja de armar la línea de tiempo y los fenómenos acaecidos en el psicodrama. Esta será la imposibilidad del protagonista.

Enfrentar la enfermedad es uno de los miedos más usuales en la vida humana. Dice la ensayista estadounidense Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas, que “es el lado nocturno de la vida”. Como sociedad nos es menos traumático elaborar construcciones lingüísticas para evitar la sonoridad de una palabra o de un nombre que cargue con algún significado que proyecte el fin de la existencia o, como es más frecuente, evitar la traducción social de ella. De allí la intimidad que logra la propuesta de Zeller al mantener la órbita de la enfermedad de Anthony en un plano familiar, íntimo, con pocos personajes externos, en donde se desarrollan los conflictos ocasionados por las dolencias de la edad de un padre problemático y orgulloso encerrado en las cuatro paredes de su memoria atrofiada.

Cabe señalar que el enfermo no sólo padece las dolencias de su condición, también padece la interpretación social que se hace de ella, que, en muchos casos, es más lacerante que los achaques biológicos. “¡Hay algo en esto que no tiene sentido!”, se plantea Anthony en algún momento del filme cuando las desconexiones continuas del espacio y tiempo alteran su tranquilidad, más aún cuando empieza a percibirse como objeto de infantilización por parte de su hija, su yerno y su cuidadora.

Cuán equívoca estaba la escritora inglesa Virginia Woolf en Estar enfermo al concebir con la lucidez de su enfermedad una generalidad de la condición: no todos los enfermos ven el mundo con la exacerbante contemplación que ella plantea. La dolencia de Anthony lo impide, de allí que la creatividad del alma humana buscando lo desconocido de la esencia, como lo plantea Woolf, es facilitada por la singularidad de la patología y no por la generalidad del estadio transitado.

También dice Sontag: “Al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar” ¿Se ha preguntado usted cómo será migrar a ese otro lugar y quedar atascado en la bruma de la enfermedad, en un estadio infantil sin posibilidad de surgir ni entender el estatus migratorio? La película de Zeller responde a este cuestionamiento elaborando una concepción e interpretación del enfermo y del alzhéimer, siendo el principal logro de la propuesta cinematográfica. Allí la enfermedad no se nombra, no se dice, pero se padece en la intimidad. Se convierte en una especulación continua, invisible: no duele el pie ni la cabeza ni el brazo, tampoco el corazón. Es omnisciente, latente y la angustia la delata.

En el Diccionario de la Lengua Española existen siete acepciones para la palabra angustia. Al analizar cada uno de sus significados hay temas que la articulan: ansiedad, temor, sofoco, dolor, estrechez. Todas estas nociones enriquecen esa palabra, y con tal abundancia, Florian Zeller elabora a manera de construcción lingüística de la enfermedad un recurso narrativo que convierte a la demencia senil en la enfermedad innombrable y a la angustia en metáfora evasiva y comprensible del regreso a la etapa infantil y del desvanecimiento de la identidad del ser.

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