Cine – Dos mundos irreparables. Un drama que nos interpela

Dos mundos irreparablesUn drama que nos interpela

La película turca Vidas de papel (2021), dirigida por Can Ulkay, expone el fracaso y la ruptura de sociedades consumidas por grandes brechas de desigualdad. Los personajes viven infancias rotas y se convierten en adultos atropellados con pocas posibilidades de enmendar el pasado y condicionados a la rudeza de “sobrevivir”.


Título: Vidas de papel
Director: Can Ulkay
Nacionalidad: Turquía
Duración: 96 min.


Por: Yenniffer Cuenú Caicedo
Estudiante Lic. en Literatura-Univalle




Foto: https://bit.ly/3ysFexM


El primer acierto de la película turca Vidas de papel es la tensión indiscreta desarrollada en la narración, hasta desdeñar un plano distorsionado de la realidad y la imaginación del protagonista. El escenario está cargado de recuerdos rotos y cicatrices palpables esperando ser curadas; acontecimientos desgarradores que trazan la línea de un asunto íntimamente político y social. El director turco Can Ulkay también ha representado otros dramas como Turkish Ice Cream (2019), Children of Sarikamis (2017) y Ayla, la hija de la guerra (2017).

La historia inicial nos presenta a un personaje, Mehmet, un adulto enfermo encargado de un garaje de reciclaje. Entre intercambios de papel, vidrio y cartón, el depósito representa la orfandad, el rebusque diario de él, de su amigo Gonzi y de otros niños y adolescentes a quienes ofrece el trabajo de sobrevivir en las calles reciclando. No hay escuelas, no hay familias, pero sí muchos traumas y ausencias. La trama se modifica cuando, entre una de las bolsas de reciclaje, aparece Ali, un niño atemorizado a quien el destino ha llevado hasta allí, y resignifica el camino de Mehmet, quien le brinda protección y desplaza la enfermedad que padece, mientras los sueños de Ali desdoblan su mundo interior y exterior.

Ali representa en la vida del protagonista la esperanza de un nuevo comienzo, a pesar de ser conducido a enfrentarse a su pasado. Mehmet pretendió ser parte de una sociedad reparadora, capaz de re-dignificar la vida de otro, y en esta misión también está intentando sanar. Así, experimenta un retrato inconsciente de perdón a sí mismo y de aceptación. La imagen de sus traumas añora una respuesta de protección maternal reiterativa. Cuando Tahsin pregunta a Mehmet: “Todas las madres aman, protegen y adoran a sus hijos, ¿no es así? Entonces, dime, Mehmet, ¿dónde están las madres de todos estos niños? ¿Dónde está la madre de González? ¿Dónde está la madre de Pulga? ¿Y la madre de Arab? ¿Por qué están en la calle, Mehmet?”, de cierta forma, la película desarrolla en varios planos una culpabilidad machista hacia las madres porque no se pregunta por la paternidad.

Los recuerdos y el presente de Mehmet tienen el frío fragmentado de “la infancia que nunca acaba”, como lo plantea el epígrafe del escritor Juan José Millás en el libro El Mundo (2007), enquistada en todas las áreas de su vida y su cuerpo. La enfermedad del riñón consumía lo último disponible: amigos, vida y resistencia física, pero los traumas desplazaron a su “yo” hasta convertir su circunstancia en un daño psicológico irreparable que le conduce a la pérdida absoluta de su identidad. Al final, la voz en off de Gonzi une cabos a la trama y confirma el mundo imaginario del personaje principal, diciendo: “Simplemente quería unir su infancia abandonada con su madre”.

En la tarea de desdibujar la infancia del protagonista, se desborda una realidad que da cuenta del fracaso de las sociedades y evidencia la ausencia estatal, un fallo social y político para enfrentar con prontitud los daños ocasionados por el abandono. Mehmet es un adulto desprotegido y conducido a la soledad interna de su pasado. Entre el desconcierto y los impulsos, el personaje se sumerge a una niñez infeliz, y esta se adapta en una adultez agotada y forzosamente normalizada como “una forma de sobrevivir”. ¿A qué? A la orfandad; al maltrato intrafamiliar; a la pobreza y al hambre; al escándalo de no pertenecer, ser excluido y vulnerado; a las drogas como escape de un mundo que te promete “olvidar” y pasar página; al trabajo infantil y a la infinita miseria sustentada en un mundo de papel, sin ningún auxiliar disponible para reparar el sufrimiento y sin posibilidades cercanas para una vida digna.

El ambiente frío de las primeras escenas recrea una sensación de libertad y estabilidad escondida de Estambul. La viveza de los colores son la apariencia oculta y fugaz de quienes perciben grandes ciudades refugiadas por la oscuridad de la marginalidad y la podredumbre. El día, la luz y los colores representa lo bello; las tierras, los árboles, los mares (también la esperanza para la infancia de Ali), pero la oscuridad y la falta de luminosidad, muestra el dolor, la pobreza y la orfandad (Mehmet muriendo y enfrentado a sus recuerdos).

Además, muestra la vulnerabilidad de infancias históricamente estigmatizadas y excluidas por los gobiernos y la sociedad, indispensables para comprender parte del gran estallido social que está viviendo Colombia a raíz de la violencia estructural y la precariedad latente en varias comunidades y territorios del país. Los habitantes de calle son una realidad cada vez más alarmante y todavía son insuficientes los proyectos y las políticas públicas que logran abastecer la crisis para reparar tantos huecos. La película Vidas de papel habla de nosotros, de Colombia y de sus alrededores; un país con diversos matices y colores, pero sepultado por manchas de sangre y de violencia. Hoy en día, las brechas de desigualdad y pobreza siguen igual de abiertas como las heridas y las infancias rotas.

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