Cine – Distancias pertinentes

Distancias pertinentes

Con Pájaros de verano, Cristina Gallego y Ciro Guerra asumen de nuevo la responsabilidad de contar una historia enmarcada en formas lejanas de concebir la vida. El simbolismo y las insinuaciones que proponen en esta película no son prueba de una especulación irresponsable, sino un acercamiento en el que prima el respeto ante lo sagrado.

Pájaros en verano
Dirección: Cristina Gallego y Ciro Guerra
Año: 2018
Duración: 125 minutos
Países: Colombia, México, Francia y Argentina.

Por: Jhon Gamboa
Estudiante de Comunicación Social y Periodismo




Foto: https://twitter.com/pajarosdeverano


Esta historia, que se ambienta en el período de la bonanza marimbera en la Sierra Nevada de Santa Marta, se abre con la puesta en escena de un ritual de iniciación en el que Zaida Pushaina (Natalia Reyes) sale de su encierro adolescente y se encuentra con Rapayet Abuchaibe, (José Acosta), quien después de bailar con ella la Yonna la pretende por esposa.

Una vez se hace público su interés, y con el visto bueno –aunque receloso- de Úrsula Pushaina (Carmiña Martínez), quien guarda el tesoro protector de su clan y es además la mamá de Zaida, Rapayet sabrá ver en la ansiedad de unos extranjeros la posibilidad de conseguir el dinero de la dote. Y comenzará a traficar marihuana en su asocio, un negocio que lo llevará a él y su familia, años después de lujosa vida, a la muerte y la vergüenza.

Es este escenario, precisamente, el mayor escollo al que se enfrentan sus realizadores. Y es también, conforme avanza la historia, lo que representa su mayor logro: Pájaros de verano nos permite asistir a un tema que hoy por hoy es lugar común, sin la decepción de confirmar que se hace uso de las escenas repetitivas propias de él –una vez se introduce el tema del narcotráfico, los espectadores evocan la cinematografía que se ha hecho al respecto, y no pueden evitar cierta reticencia–. Pues la perspectiva que establecen en la película, al preferir como protagonistas a comunidades indígenas de La Guajira, da lugar a una narración lejana a los clichés.

En primer lugar, por la atmósfera constante de simbolismo, que inicia con un primer plano de una langosta como antesala de la peste que Rapayet y sus negocios traerán a la familia, y que seguirá afirmándose en el tiempo por medio de otros símbolos Wayúu –elementos que nos permiten acercarnos a una idiosincrasia sin la cual no estaríamos en condiciones de entender su mensaje, gracias a su insistencia en la historia y a lo que personajes como Zaida y Úrsula dicen de ellos-. En segundo lugar, por el uso acertado de un acompañamiento sonoro en ciertas escenas, que afirma la sensación premonitoria ante futuros males para la comunidad. Y, en tercer lugar, por la escogencia de planos amplios que consiguen dar cuenta de lo remoto de sus aldeas y lo distinta que es la vida en estos lugares.

El valor de esta película comienza a ser indudable cuando, en lo que respecta al tema de las drogas como actividad ilícita, esta logra mantenerse al margen de la ciudad y lo que nos es conocido, exhibiendo eventualmente los choques culturales no sin cierta exageración, y complejizando su trama de traiciones y deudas por pagar con el sinfín de valores que se ponen en juego dentro de dichas comunidades.

Cabe recordar que alguien, en las primeras escenas, ha dicho que el sueño es señal de que tenemos alma. Aunque en los momentos cruciales se ha venido barajando esta premisa, no es sino hasta el desenlace cuando su significado se hace explícito: alejado de su esposa e hijos por orden de Úrsula debido a la amenaza de guerra, Rapayet es encontrado por su tío, quien le apunta con un pistola, urgido por el deseo de venganza, y le pregunta por el paradero de su cuñado, Leonidas, culpable de violar a la hija de este. Rapayet, ante la amenaza de la muerte a su frente, le confiesa con desasosiego lo que presintió desde que los sueños abandonaron a su familia: ya no importa nada, todos estamos muertos. La escena final, donde un hombre da por terminado el relato y la pantalla muestra a una niña –hija de Rapayet y Zaida- tratando de darle rumbo a unos becerros que acaba de comprar, como una sobreviviente destinada a errar hasta la muerte, parece ir de la mano de la metáfora de aquella otra en la que las langostas finalmente lanzan su ataque sobre el territorio.

La sensación que queda luego de ver Pájaros de verano no tiene que ver –en esencia– con el narcotráfico. Es claro para nosotros que desde un principio estamos ante una simbología que nos excede, pese a las argucias por parte de sus realizadores, pero eso no nos impide reconocer que lo más inquietante tras su historia es la manera en la que se retratan los valores morales y éticos en este lugar, además de cómo los efectos de una actividad del primer mundo pueden desencadenar tragedias como la que Cristina Gallego y Ciro Guerra quisieron contar.

Si bien algunos críticos han reducido la película a una suerte de exploración antropológica basada en el hecho de haber mantenido su lenguaje original a lo largo de la cinta, y otros la falta imperdonable del aburrimiento, debido a diálogos y actuaciones desprovistas de complejidad, prefiero defender una forma de interpretación distinta: la apuesta de Pájaros de verano busca sobresaltar aquello que he expuesto con anterioridad en procura de aproximarnos a la vida de los pueblos Wayúu, sin sucumbir a la fácil alternativa de una didáctica que derivaría en su caricatura.

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