|
|
“Ché Guevara”, una
vida revolucionaria

Apartes del libro “Ché Guevara, Una vida
revolucionaria”, del escritor norteamericano Jon Lee
Anderson. Hace cuarenta años cayó el combatiente
heróico que alguna vez hizo decir al poeta Roque
Dalton: “El socialismo es una aspirina del tamaño
del sol”.
Por Jon Lee Anderson
Ché se despide por última vez de sus hijos, antes de
viajar a Bolivia
La partida inminente del Che era una situación muy
penosa para Borrego, que trató de pasar el mayor
tiempo posible con él. Viajaba frecuentemente a la
casa de Pinar del Río, lo mismo que Aleida, quien
pasaba ahí los fines de semana y cocinaba para
todos. Sus hijos se quedaron sin saber que su padre
estaba en Cuba, pero, en una ocasión, Aleida llevó
al bebé Ernestito que el Che apenas había visto
antes de marcharse al Congo y también a Celita, que,
con sólo tres años, no lo reconocía. Borrego estaba
ahí, y dijo que fue una de las experiencias más
desgarradoras que jamás presenció. Ahí estaba el Che
con su hijita, sin poderle decir quién era ni
abrazarla como padre, porque no podía confiar en que
guardara el secreto.
Borrego presenció la última metamorfosis física del
Che. Aparte de colocarse una prótesis bucal para
inflarse las mejillas, debía hacerse depilar una
buena parte del cráneo para mostrar la calvicie
avanzada de un cincuentón. Borrego se sentó a su
lado cuando un barbero empezó a arrancarle los pelos
uno por uno. Ante un chillido de dolor, Borrego dijo
bruscamente al “especialista en fisionomías” de la
inteligencia cubana a cargo de la operación que
tuviera cuidado, pero el Che gruñó: “¡Tú no te
metas!” Para que la calvicie pareciera natural era
necesario arrancar el pelo de raíz, y el dolor era
una prueba más a soportar.

Un día de octubre, poco antes de la partida, Borrego
llevó unos quince litros de su helado preferido de
fresas al campamento de instrucción. Era un día de
fiesta y todos ocupaban una mesa larga. Cuando todos
había comido, Borrego fue a servirse más helado,
pero el Che exclamó:
“Oye, Borrego. Tú no vas a Bolivia, ¿por qué vas a
servirte más? ¿Por qué no lo dejas para los hombres
que sí van?”.
Esa crítica oída por todos lo desgarró; no pudo
contener las lágrimas. Se alejó sin decir palabra,
ardiendo de indignación y vergüenza. Sentado sobre
un tronco, escuchó a sus espaldas las risitas de los
rudos guerrilleros que luego se volvían carcajadas y
supo que se mofaban de él.
Momentos después escuchó unos pasos. Una mano se
posó sobre su cabeza y le revolvió el pelo. “Perdona
por lo que dije– susurró el Ché-. Vamos, no tiene
importancia. Vuelve a la mesa.” Borrego no alzó la
vista: “Vete a la mierda”, dijo, y se quedó donde
estaba un buen rato más. “Es lo peor que jamás me
hizo”, dijo Borrego.
Con traje y sombrero, el Che tenía un ligero
parecido con el actor mexicano Cantinflas, como
había descubierto el difunto Jorge Ricardo Maseti.
Así es como Fidel presentó a su “amigo” extranjero a
un grupo de ministros de Cuba uno o dos días antes
de la partida del Che. Nadie reconoció al hombre de
traje. “Era perfecto, de veras – diría Fidel años
después -. Nadie lo reconoció, ni siquiera los
compañeros más íntimos, que hablaban con él como si
fuera un huésped. Llegamos a hacer chistes sobre eso
el día antes de su partida.”

Fidel dijo que se despidieron con un abrazo viril,
como corresponde a dos viejos camaradas de armas.
Como ambos eran hombres rescatados, poco dados a las
demostraciones públicas de afecto, su abrazo “no fue
muy efusivo”. Pero Benigno, uno de los guerrilleros
presentes en el banquete de despedida del Che, dice
que fue un momento cargado de gran emoción.
Por fin había llegado el momento: la operación para
“liberar” a Sudamérica estaba en marcha y todos los
presentes sintieron la solemnidad de la ocasión. Se
había preparado una comida especial, asado de vaca y
de cerdo, vino tinto y cerveza, porque el Che había
pedido un menú “argentino-cubano”. Pero Benigno
recuerda que a medida que Fidel se explayaba, daba
consejos y alientos y recordaba los tiempos de la
sierra, todos dejaron de comer y lo escucharon
fascinados. Pasaron las horas. Casi al amanecer,
cuando era el momento de partir, el Che se levantó
de un salto.
Se abrazaron brevemente, luego se tomaron de los
hombros y se miraron a los ojos durante un largo
rato. Acto seguido el Che subió a su vehículo, dijo
al conductor: “¡Vamos, carajo!”, desapareció. Un
silencio melancólico cayó sobre el campamento, dice
Benigno. Fidel no se fue: sólo se apartó de los
demás y se sentó. Así permaneció un largo rato con
la cabeza gacha. Los hombres se preguntaron si
lloraba, pero ninguno osó acercarse.
Los últimos días fueron de gran emoción para todos,
pero los momentos más penosos fueron los que pasó
con Aleida y los niños. Un día antes de su partida
de Cuba, al Che lo trasladaron de la finca a una
casa segura en La Habana. Pidió ver a los hijos una
última vez. Aleida los llevó a todos, menos a
Hildita, que ya tenía diez años y quizás podría
reconocerlo. Para el Che el encuentro era la prueba
suprema de su disfraz; si sus propios hijos no lo
reconocían, nadie lo haría. Y así fue: el Che no
reveló su identidad: dijo que era el “tío Ramón”.
Les traía noticias de su padre, ausente desde hacía
tanto tiempo, quien le había encargado que les
trasmitiera su amor y algunos consejos. Almorzaron
juntos; tío Ramón ocupaba la cabecera como solía
hacer “papá”.
Como en su encuentro anterior con Celita, el Che no
pudo manifestarles su cariño de padre. Lo único que
se atrevió a hacer fue pedirles que le dieran un
beso para transmitírselo a su padre. En determinado
momento, Aliusha se cayó y se lastimó la cabeza. Él
la atendió y le dio un beso en la mejilla.
Ella corrió hacia su madre y le susurró: “Mamá, creo
que ese hombre está enamorado de mí.”
El Che la oyó y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Aleida estaba conmocionada, pero contuvo las
lágrimas hasta que pudo alejarse de los niños.
En el momento de la despedida, “tío Ramón” agitó la
mano para saludar a su esposa y sus hijos. Fue la
última vez que se vieron y, tal como había predicho
en su cara despedida, sus hijos menores no
guardarían recuerdo de él.
El asesinato del Che
El gobierno de Estados Unidos quería “conservar al
dirigente guerrillero con vida cualesquiera que
fueran las circunstancias”; aviones norteamericanos
aguardaban para transportar al Che a Panamá donde lo
someterían a interrogatorio. Zenteno Anaya respondió
que no podía desobedecer una orden que venía
directamente del presidente Barrientos y el Estado
Mayor Conjunto. Dijo que enviaría el helicóptero de
vuelta a las 14:00; quería su palabra de honor de
que para entonces el Che estaría muerto y que se
ocuparía de llevar el cadáver a Vallegrande.
(...) Después de la partida se Zenteno y Selich,
Rodríguez estudió sus alternativas. Esa mañana,
después de identificar a Guevara, había enviado el
mensaje a la CIA y pedido instrucciones, pero éstas
no habían llegado y ya era tarde. Podía desobedecer
a Zenteno y desaparecer con el Che, pero en ese caso
existía la posibilidad de cometer un error de
magnitud histórica; Batista había encarcelado a
Fidel Castro, pero con ellos no había podido detener
su acción. Al fin y al cabo, escribió: “La decisión
era mía. Y mi decisión fue dejarlo en manos de los
bolivianos.” Mientras aún trataba de decidirse, oyó
un disparo en la escuela. Corrió a la sala donde se
encontraba el Che, quien lo miró desde el suelo.
Fue a la sala contigua, donde vio a un soldado con
su fusil aún humeante y más allá estaba Willy
“derrumbándose sobre una mesita. Literalmente
escuché cómo se le escapaba la vida”. El soldado
dijo que Willy había “tratado de escapar”.
Según su cronología de los acontecimientos,
Rodríguez volvió a conversar con el Che y lo sacó
fuera para fotografiarlo. Esas fotos, que la CIA
conservó en secreto durante años, aún existen. En
una se ve a Rodríguez, de rostro juvenil y
regordete, rodeando con un brazo al Che, que parece
una bestia sometida, la cara demacrada vuelta hacía
el suelo, el pelo enmarañado, las manos atadas
delante de su cuerpo.
Luego regresaron a la escuela y reanudaron la
conversación hasta que los interrumpió una serie de
disparos. Esta vez el ejecutado fue aparentemente el
Chino Chang[1],
a quien habían llevado allí aquella mañana, herido
pero con vida; para entonces también habían traído
los cuerpos de Aniceto y el cubano Alberto Fernández
(“Pacho”), muertos en la quebrada. “El Che dejó de
hablar – recordó Rodríguez -. No dijo nada sobre los
disparos, pero su rostro expresó tristeza y meneó la
cabeza lentamente de izquierda a derecha varias
veces. Tal vez en ese momento comprendió que era
hombre muerto, aunque yo no se lo dije hasta poco
antes de la una de la tarde.”
Rodríguez salió para ordenar sus documentos y
“postergar lo inevitable”. En ese momento se acercó
la maestra del pueblo a preguntar cuándo matarían a
Guevara. Le preguntó a su vez por qué quería
saberlo, y ella dijo que según la radio, el Che ya
había muerto de heridas recibidas en combate.[2]
Rodríguez comprendió que no podía demorarlo por màs
tiempo y entró en la escuela. Dijo al Che que lo
“lamentaba”, que había hecho todo lo posible pero
que la orden venía del alto mando boliviano. No dijo
nada más, pero el Che comprendió. Según Rodríguez,
palideció por un instante y dijo: “Mejor así... no
debí permitir que me tomaran con vida.”
Rodríguez preguntó si quería enviar un mensaje a su
familia. “Dígale a Fidel que pronto verá una
revolución triunfante en América... Y dígale a mi
esposa que vuelva a casarse y trate de ser feliz.”
En ese momento, Rodríguez se adelantó y lo abrazó.
“Fue un momento de tremenda emoción para mí. Ya no
lo odiaba. Le había llegado el momento de la verdad,
y se portaba como un hombre. Enfrentaba la muerte
con coraje y dignidad.”
Rodríguez abandonó la sala. A petición del teniente
coronel Ayoroa, un hombre ya se había ofrecido como
voluntario, un sargento menudo y de aspecto rudo
llamado Mario Terán que esperaba afuera. Su cara
resplandecía como si hubiera bebido. Terán había
participado en el tiroteo el día anterior y quería
vengar la muerte de tres camaradas.
“Le dije que no disparase al Ce a la cara sino del
cuello para abajo – dijo Rodríguez -, porque debían
presentar el aspecto de heridas recibidas en
combate. Subí la cuesta y empecé a escribir mis noas.
Cuando oí los disparos miré mi reloj. Eran las
13:10.”
Las versiones difieren, pero según la leyenda, las
últimas palabras del Che al ver a Terán en la puerta
fueron: “Sé que viene a matarme. Dispare, cobarde,
sólo va a matar a un hombre.” Terán titubeó, apuntó
su fusil semiautomático y le disparó a los brazos y
las piernas. Mientras el Che se retorcía en el suelo
y aparentemente se mordía una muñeca para contener
los gritos, Terán disparó otra ráfaga. La bala fatal
le perforó el tórax y sus pulmones se llenaron de
sangre.
El 9 de octubre de 1967, a los treinta y nueve años
de edad, el Che Guevara había muerto.
[1]
El relato de Rodríguez se
contradice en algunos aspectos con los de
los oficiales bolivianos que estuvieron
presentes en la Higuera, pero las
discrepancias entre éstos son igualmente
notables. Por ejemplo, según el ex teniente
coronel Miguel Ayoroa, encerraron a Willy y
Juan Pablo Chang juntos en la otra aula de
la escuela y los ejecutaron simultáneamente.
Este testimonio coincide con la versión màs
ampliamente aceptada de los acontecimientos,
según la cual la versión fotográfica del Che
con Rodríguez tuvo lugar antes de la
ejecución de Willy, y, después, el Che,
Willy y Juan Pablo Chang fueron ejecutados
prácticamente al mismo tiempo por
“voluntarios” del ejército boliviano.
[2]
La versión de la maestra, Julia Cortez,
entonces una joven mujer de veintidós años,
ha sido impugnada por los militares que
estuvieron presentes, pero ella asegura que
le permitieron ver al Che esa mañana a
petición de él. Estaba nervosa, y cuando
entró el Che clavó en ella una mirada que no
pudo sostener. Señaló el pisaron, indicó u
error gramatical en lo que ella había
escrito y a continuación dijo que la
suciedad de la escuela era vergonzosa, que
en Cuba sería una prisión. Ella salió
después de conversar brevemente. El Che
volvió a llamarla poco antes de su
ejecución, pero ella tuvo miedo de regresar.
|