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“Los poetas, hijo, comen el pan duro”, fue la observación que le hizo su padre cuando encontró algunos de sus escritos”

Candelario Obeso Hernández: memoria de un precursor de la  poesía negra 

Hoy, 125 años después de su muerte, el hijo de Mompós sigue vigente con sus historias de bogas y habitantes de las riveras del río Magdalena, parte de nuestra identidad e historia afrocolombiana.

 

Por: Yvonne Barreto

Estudiante de Licenciatura en Literatura

Este año el Ministerio de Cultura conmemora la vida  y obra de dos escritores del Caribe, Candelario Obeso y Jorge Artel. Pensar en el primero, es hacer memoria de pueblos que nacen y mueren a la orilla del río Magdalena y el Océano Atlántico, a la luz de tradiciones y saberes  ancestrales llenos de magia y religión, voces propias y vivas, de una identidad afro-colombiana vital de nuestra nacionalidad.

Candelario Obeso irrumpió en la tradición literaria de la capital, con la imagen de Mompós y sus habitantes. Nació el 12 de enero de 1849, con tres motivos a cuestas que no perdonaba la sociedad de castas momposina. Era hijo natural, de familia no adinerada y  negro. Candelario tuvo que aceptar, más no resignado que no le iba a ser tan fácil alcanzar  sus  metas, quizás por este rechazo pasó largas horas a solas, explorando lo que le permitía su entorno, un ambiente  rico en geografía,  recursos y  tradición oral.

De Mompós a la capital

Hijo de la negra María de la Cruz Hernández y el abogado Eugenio María Obeso, Candelario curso sus primeros estudios en el hogar, después pasó a tomar cátedras de matemática y lenguaje en el Colegio Universidad San Pedro Apóstol, pero la hostilidad de  sus compañeros por su color de piel lo llevó a retirarse. Sin embargo, tenía una férrea resistencia a creer y aceptar esa impuesta inferioridad de clases. Por esto, a los 17 años partió a Bogotá y realizó estudios de secundaria en el Colegio Militar  y superiores en la Universidad Nacional, donde pese a sus escasos recursos económicos obtuvo el título en Ciencias Políticas

Los frutos

“Los poetas, hijo, comen el pan duro”, fue la observación que le hizo su padre cuando encontró algunos de sus escritos. No por ello desistió de su propósito. Burgos Cantor, en el prólogo de ‘Cantos Populares de mi tierra’, lo describe como una leyenda que con su inevitable sombra oculta y despista, marca sus rasgos propios y se consolida con una obstinación ejemplar.

Parte de esta obstinación se ve reflejada en su fructífera  obra, que incluye una gramática de la lengua castellana, traducciones como ’Nociones  tácticas de infantería, caballería y artillería’ de León Sagher,  Otelo de Shakespeare y algunos poetas ingleses, franceses e italianos. Escribió artículos políticos contra el entonces presidente de los Estados Unidos de Colombia Santiago Pérez,  en ‘La ilustración’, un semanario de Manuel María Madiedo. Además, escribió dramas como Secundino el Zapatero, ensayo en verso de tres actos, dos novelas: La familia Pigmalión  y Las cosas del mundo; de la primera se puede decir que es  casi panfletaria réplica de un  amor truncado. Y su poesía, representada en tres trabajos, Lucha de la vida, Lecturas para ti y Cantos populares de mi tierra donde aparece la ‘Canción der bogá ausente’: (fragmento)

¡Qué trijte que ejtá la noche!

¡La noche qué trijte ejtá!

No hay en er cielo un ejteya...

¡Remá, remá!

¡Qué ejcura que ejtá la noche!

¡La noche que ejcura ejtá!

Asina ejcura ej la ausencia...

¡Bogá, bogá!

 

En definitiva, un romántico que escribe sobre amores imposibles, política y defiende  con sus letras  pensamientos y adhesiones. Su obra no fue muy difundida en su época y toma vigencia en el siglo XX, gracias al investigador Lorenzo Prescott que, cautivado por su calidad y cualidad, analiza con detalle los atributos de esta poética. Candelario escribe de lo que vió, olvidó y soñó. El desasosiego e inmediatez del entorno son su insumo. Su obra no se puede reducir a la lucha contra la discriminación de la que fue víctima. En Cantos populares de mi tierra, su obra más conocida, irrumpe de manera novedosa e inesperada. Y si bien, es tributo a la afro-colombianidad, su estética recurre a expresiones regionales de los bogos negros del Magdalena. Sus particularidades fonéticas arrastran a la nostalgia y el extrañamiento, a una ruta antes no transitada que pasa de la lamentación a la acción, que rememora las frases repetidas de generación en generación, junto al río, una  oralidad arraigada y autóctona. Quizás por ello, el poeta cubano Nicolás Guillen y Jorge Artel dijeron: ‘Es el padre de la poesía negra en América’.

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Publicado por la Facultad de Humanidades, Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle.

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