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La calle: una
selva de cemento
Por Ángela Castro*
“La
calle es una selva de cemento y de fieras salvajes,
cómo no, ya
no hay quien salga loco de contento, donde quiera te
espera lo peor”. Esta vieja retahíla de Lavoe, se
convierte en la excusa perfecta para entender la
complejidad y al mismo tiempo dinámica de la Calle
12. Hay lugares que parecen detenerse en el tiempo,
pero al entrar en su cauce comprendemos que lo
postmoderno resurge para cambiar su
panorama.
Parada en la esquina
de la calle 12, justo al lado de Casa da Troya,
restaurante español fundado por Manuel Soilan, en
medio del olor a paella valenciana, escucho a un
hombre de unos cuarenta y tres años, piel morena y
arrugada, que al verme cruzada de brazos me grita la
sentencia desde la butaquita que lo aguarda,
mientras que dos clientes le piden la boleta del
chance: “No cruces los brazos niña, porque tendrás
mala suerte en diez años” Lo miro y le regalo una
sonrisa bribona y bailarina, bajo los brazos a la
altura de mis piernas. El hombre se ríe, se alegra
de mi acto, y deja de mirarme.
Continuo y observo en
silencio a los chanceros, emboladores, vendedores de
tinto, de minutos, los desplazados del ornato,
lectores de periódicos, fumadores, pero aún no
levanto la mirada. Es sábado, son las diez de la
mañana y ya se empiezan a escuchar las voces de los
jubilados, quienes salen después de haber cobrado su
cheque, y se dirigen al casino más
cercano: Aladin o
Casino Plaza. El olor es blando, porque del teatro
Jorge Isaacs empiezan a salir los primeros bajonazos
de Fab que se confunden con el café derramado, los
pequeños trozos de papa rellena y grandes gotas de
jugo de naranja.
Un caminante osado,
que gira su cabeza y la levante pocos centímetros,
recordará que en la calle 12 hay dos cines: Cine
American y Cine Video Multisex II. En el primero
sólo se permite la entrada a mayores de dieciocho
años y el costo para disfrutar de alguna de las
películas (Milfita # 2, One on One o Lewd Conduct)
es de cuatro mil pesos. Después del infaltable juego
de Sapo Willy, encuentro el famoso almacén ‘Foto
Sport Ltda’, que pertenece a la casa Agfa. Este
negocio lleva 55 años, es un consorcio
colombo-alemán en donde se puede encontrar desde
cámaras fotográficas hasta la joya más antigua y
extraña. Pero la gente que tiene poder adquisitivo
ya no viene al centro de la ciudad; además las obras
del MIO son otro factor que afecta el comercio de la
calle, asegura la propietaria. De ahí que este
tradicional negocio que ha estado desde 1954, se
traslade pronto al Norte para poder sobrevivir.
Salgo del negocio y me
topo con una mujer, que agachada frente a un hombre
le lustra sus zapatos mientras deposita su cuchara
en el portacomidas y saca unas migajas de arroz.
Sigo mi caminata por la pequeña y convulsiva calle
12 y descubro la ‘Barbería Nueva York’, la más
antigua de Cali, que desde hace 60 años presta su
servicio a los caleños. Es curioso como se siente el
olor a tabaco desde que se cruza la puerta de
vidrio: la nicotiana tabacum se vende a santeros y a
simples consumidores del alcaloide; los que más
tienen acogida por los transeúntes son los Philip
Morris y el tabaco Premiere.
Todo aparece blanco,
limpio… tranquilo ante mis ojos. Los clientes son
señores que oscilan entre los 40 y 60 años, sus
atuendos más que tradicionales se advierten frescos,
anchas camisas posan sus cuerpos. En el segundo piso
una cliente, quien lee una revista mientras otra
mujer le embellece la parte menos noble de su
cuerpo. De repente, el sonido de una música de piano
ameniza el momento. Héctor Herrera es quien está a
cargo de la barbería, y recuerda con emoción el paso
de Mariano Ospina Pérez, los Lloreda, los Caicedo,
hasta Cantinflas; aquí no se topa con una cara de
amargura sino a contentos trabajadores que llevan
cuarenta y cinco años desempeñando su oficio en la
‘Barbería Nueva York’. En los años 50 con la
liberación femenina, la barbería se vuelve unisex,
generando contrastes entre el primer piso, lugar de
las barberas y el segundo piso para la manicurista.
Un hombre de canas,
mejillas rojas, piel blanca color hueso, es atendido
con prestancia por los barberos, abre sus ojos
mientras separo la puerta y me dirijo al restaurante
‘La Palma’, en donde hacen los mejores jugos
naturales de la calle, comida criolla y platos
internacionales. Su primer nombre fue ‘La española’,
aunque en estos momentos platos como el Filet mignon
hacen parte del menú cotidiano. Desde ‘La Palma’ que
lleva más de 30 años de tradición y es el comedero
de los jubilados, muchos han visto a lo largo de 50
años las distintas transformaciones del teatro Jorge
Isaacs y la peatonalización de la calle, que le da
un sabor diferente, un cambio de caminos… un sinfín
de rumbos.
“Vea mami, por el
momento desde hace que nos pasaron del parque de
Caicedo pa’ca estamos mal, porque nos metieron con
los maquinistas, emboladores y loteros. A la gente
le da miedo pasar por el bolsilleo, además los
dueños de los casinos y restaurantes se quejan
porque les tapamos la entrada” dice Edinson Lozano,
un lotero que en medio de números y con una sonrisa
que aparece en sus labios me habló. De repente su
compañera de oficio, que ha estado escuchando la
conversación, se voltea y dice que sabe que los
están perjudicando, entonces para qué hablar. Me
despido de los vendedores y me detiene un joven, que
lleva su ropa ajada y sostiene una lata de cerveza
en sus manos, de su cuerpo pende la conocida
mochila. Ya son las doce del medio día y de su voz
sale: “¿Qué eres tú? Me atraes por ser arcaica,
¡Mírame a los ojos! Estoy cansado de tantas cosas y
sé la verdad, ¿Cuál es tu afán?”.
Los hombres caminan
con rapidez, hay aquí una combinación de dilación,
pero al mismo tiempo de labor desmesurada, caras
amargas y contentas que tratan de vender al menor
postor. La competencia está dura y aún quedan varios
puestos de lotería por visitar a unos pocos pasos.
De pronto, el vendedor de bolsos pasa, este es ya su
sexto intento en la misma calle.
Esta vía me recuerda
que hay calles que se fingen muertas ante nuestros
ojos, pero la Calle 12 me ofrece el toparme con la
realidad de Cali. Es un encuentro de enclaves de
tradición, en donde vemos al típico caleño,
carismático, de hecho. Conozco a los que ven con sus
propios ojos las transformaciones de su ciudad. Son
muchas las personas que pasan por las
viejas calles caleñas
sin observar con detenimiento los mundos y
miniciudades en medio de la gran urbe que esta a su
alrededor, lugares que se convierten en inéditos
para aquellos que no giran su cabeza breves
centímetros de su apreciado y convulsivo tiempo. No
es una calle de fieras salvajes, pero me queda duda
si al final les espera lo peor.
*Estudiante de
Licenciatura en Literatura, Univalle.
angieca18@hotmail.com |