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“Caliwood no
dead” O el renacer de un sueño
Por: Juan Felipe Galindo Márquez*
“No es sino que te levantes un poco para que veas
esas piedras enormes, míralas, esas que están allí,
cubiertas de maleza: esa es la portada de los
Studios del Río, el centro más gigantesco en el
mundo de la producción cinematografica, que
comenzaba allí mismo y abarcaba toda la ciudad de
Cali…”
¿Producto de una cinefilia delirante, exacerbación
de un imaginario local, mito o utopía? ¿Qué hay de
real en estas palabras, fragmento de ‘Los
mensajeros’, cuento de Andres Caicedo de 1969? Para
decifrarlo tenemos necesariamente que referirnos al
famoso “Caliwood”, movimiento cinematográfico de
vanguardia generado en lo sesentas por Luis Ospina,
Carlos Mayolo y el escritor, ideologo y cinefilo
Andres Caicedo. Este movimiento sentaría las bases
de la posterior creación audiovisual en la ciudad,
hasta el punto de mitificarse en el imaginario
regional y convertirse en referente obligado para
los realizadores locales.
Recientemente, diversos medios de comunicación,
entre ellos el periódico El tiempo, han hablado de
un renacer de “Caliwood”. La afirmación puede leerse
de diferentes maneras, dependiendo el punto de
vista; podría considerarse bastante certera si se
tiene en cuenta que con “El rey”, de Antonio Dorado
(realizador audiovisual y docente de la escuela de
Comunicación social de la Universidad del Valle), el
cine caleño volvio a la vida después de un luto de
diecisiete años. Desde una perspectiva más amplia
podría decirse que el cine caleño nunca murió, si se
tiene en cuenta que la producción documental en el
Valle del Cauca y especialmente desde la Universidad
del Valle, ha sido bastante prolija; claro, si se
afirma esto no es pretendiendo olvidar las
distinciones entre ficción y documental sino
teniendo en cuenta que actualmente las distinciones
entre los géneros son cada vez más difusas, pues
constantemente se imbrican y funden, además que la
antigua (y un tanto obsoleta) querella en torno a la
objetividad del documental parece hoy inclinarse
hacia la idea de que el documental no es un registro
prístino de la realidad, sino que, como todo texto,
es una interpretación de ésta, constituyendo así una
forma de creación autónoma no mas “real” que la
ficcion.
Estrenos a la carta

Lo que es indiscutible es que las oportunidades de
hacer cine en Cali se han multiplicado, pero esto no
se debe a un inexplicable golpe de suerte por parte
de los realizadores o a que sus plegarias hayan sido
por fin escuchadas, sino a una coyuntura actual que
lo ha permitido, como la promulgación de la Ley de
cine (excepción de impuestos para aquellas empresas
que patrocinen producciones cinematográficas),
además, del desarrollo de las tecnologías que
abarata el costo de los equipos provocando una
suerte de democratizacion de la producción
audiovisual. Tan sólo en el presente año se
estrenarán cinco producciones de ficción: “Yo soy
otros”, de Óscar Campo; “Adiós a Ana Elisa”, de
Antonio Dorado; “Perro come perro”, de Carlos
Moreno; “Cuarenta”, de Carlos Hernández, y “Helena”,
de Jaime Cesar Espinosa. Además, Oscar Ruiz, “Papeto”,
rodara próximamente “El vuelco del cangrejo”, su
primer largometraje.
Entre estos largometrajes puede encontrarse
diferentes propuestas narrativas y estéticas, además
de diferentes generaciones de realizadores. Uno de
ellos es Antonio Dorado, quien lleva a cabo
actualmente varios proyectos audiovisuales, entre
ellos el largometraje “Vuela la paloma”,
cuyo guión fue elaborado en compañía del escritor
Umberto Valverde y que se rodará a principios del
proximo año. Esta película se constituye como la
segunda fase de una trilogía sobre el impacto del
narcotráfico en nuestra sociedad, que empezó con “El
rey”. Sin embargo, “Vuela la paloma” no es la
continuación literal de esta historia sino que es
una historia independiente, aunque inscrita en el
mismo marco temático. Como la mayoría de
realizadores caleños, Dorado cuenta con una
experiencia que proviene en su mayor parte del
documental, incluso afirma que dicha actitud
documentalista en la indagación de la realidad le
sirve para que sus historias esten dotadas de mayor
verosimilitud. Para estructurar sus historias,
Dorado se atiene a estructuras narrativas clásicas,
argumenta no incurrir en narrativas más
experimentales para segurarse que la película sea
entendida y disfrutada por un amplio espectro del
público.
Desde una perspectiva diferente, Oscar Ruiz, uno de
los más jóvenes realizadores de la región, opta por
una narrativa que se aleja del modelo espectacular
importado de Holywood, buscando la poética implícita
en lo cotidiano y aparentemente intrascendente.
“El vuelco del cangrejo” relata la historia de
un hombre que decide abandonar su ciudad y en su
rumbo indefinido llega a un pueblo afrocolobiano de
la Costa Pacífica; allí se encuentra con una
problemática social no muy alejada de nuestra
realidad, la usurpación de las tierras campesinas
por parte de terratenientes invasores. Sin embargo,
dicho personaje no toma posturas heroicas como
podría esperarse sino que permanece apático ante la
situación. Ante la idea generalizada de que el cine
colombiano debe manejar estructuras y estéticas
tradicionales de fácil comprensión para el público,
Ruiz afirma que los públicos se forman de acuerdo a
lo que los cineastas produzcan y que lo que el cine
colombiano necesita no es una industria sino un
lenguaje propio.
Otro realizador, Óscar Campo, estrenará su
largometraje “Yo soy otros”, que narra la historia
de un hombre que tras la explosión de una bomba en
su ciudad encuentra que su yo se ha fraccionado,
proliferando en una multitud de dobles que se
enfrentan y eliminan. Campo utiliza la metáfora del
doble para reflexionar cómo la guerra colombiana nos
convierte en sujetos escindidos, conviviendo en
nuestro interior deseos, morales e intenciones
opuestas. En una posición que podría considerarse
mediadora entre los autores anteriormente citados,
Campo decide trabajar dentro de los modelos clásicos
de narración, para lograr una efectiva comunicación
con el público, pero generando ciertas rupturas
dentro de este modelo, como la inclusión de
metáforas u otras figuras retóricas que Campo retoma
del videoarte o el videoclip, y que utiliza como
herramienta para referir estados mentales o
acciones de carácter introspectivo.
Sin duda, estos son tiempos prósperos para la
producción cinematográfica local. Sin embargo,
deberemos esperar el ulterior desarrollo de nuestra
cinematografía ¿Habrá espacio para para la
diversidad estilistica y para la construccion de un
lenguaje propio, o la consolidación de la industria
cinematográfica consolidara también una retórica
basada exclusivamente en presupuestos comerciales?
*Estudiante de Liceciatura en artes visuales.
malquerencia00@hotmail.com |