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10 años de la Escuela de Estudios Literarios

Una década de creación y reflexión entre las letras. Por: Redacción de La Palabra

Cuando el maestro Óscar Gerardo Ramos terminó su disertación sobre la cultura en el Valle del Cauca, muchos de los estudiantes presentes en al auditorio Germán Colmenares supieron parte de una historia pocas veces contada a viva voz por uno de sus protagonistas. Ramos, profesor jubilado de Univalle y fundador de la Facultad de Humanidades, aderezó su charla con aspectos de la cultura vallecaucana, pero sobre todo centró su atención en la intrahistoria del Departamento de Letras que luego dio paso a la Escuela de Estudios Literarios, para contar, entre nostálgico y risueño, sus recuerdos de la eterna terquedad de Gustavo Álvarez Gardeazábal, la impetuosidad de Carmiña Navia, y la fija belleza de Amparo Urdinola, ilustres egresados, escritores y profesores (Urdinola, hoy jubilada) que al lado de muchas otras personas le han dado vida a la creación y a la reflexión de las letras en el espacio de la Escuela de Estudios Literarios.

La anécdota se enmarca, justamente, dentro de las jornadas de celebración de los diez primeros años de esta unidad académica, que en días pasados recibió para su Licenciatura en Literatura la acreditación de alta calidad académica otorgada por el Ministerio de Educación Nacional. Pero así mismo ha sido noticia durante muchos años, dado sus logros en materia docente e investigativa, y los premios literarios que sus estudiantes y profesores han ganado a nivel nacional e internacional.

La novela: memoria de la historia a través de la ficción

Las jornadas académicas y creativas –porque la poesía y el cuento tuvieron lugar prominente en esta celebración— se extendieron del 7 al 11 de mayo. El lunes participaron en una mesa redonda los escritores Fabio Martínez, Octavio Escobar Giraldo y Roberto Burgos Cantor, quien lanzó su más reciente novela, La Ceiba de la memoria. El tema del encuentro fue la novela histórica, género en el cual los tres autores han incursionado hasta el punto de publicar biografías y narraciones que dialogan desde la ficción con el discurso histórico. Tal el caso de Fabio Martínez con Balboa, el polizón del Pacífico, y de Octavio Escobar, con 1854: Folletín de cabo roto.

Cartagena es una ciudad con memoria, un sitio donde a diario confluyen un sinnúmero de narraciones acerca del pasado, donde incluso el gran e indefectible castillo de San Felipe da cuenta de una localidad que tiene una historia y que quiere contarla.  Un lugar donde escribir sobre el pasado es imposible de evitar para un escritor nativo.

La presentación de la novela de Burgos Cantor –autor de El patio de los vientos perdidos y de El vuelo de la paloma, entre otros—fue particularmente afectiva porque incluyó no sólo las consideraciones críticas del profesor Darío Henao sino también el recuento amistoso del escritor Umberto Valverde acerca de su cofradía con Roberto Burgos, junto a quien en su momento hizo parte de la Generación Post-Boom. Después de la discusión entre la novela histórica y la ficción quedó claro que la historia termina enriquecida y reinventada gracias a la creación de mundos posibles que pueden ser nuestra propia realidad.

Creadores y críticos frente a la palabra

En otra de las jornadas participaron los escritores Juan Manuel Roca, Piedad Bonnet y Fernando Cruz Kronfly. Desde la visión poética de un país que como él afirma ha escrito su historia por la punta del borrador del lápiz, Roca vino a Cali a presentar la más reciente de sus antologías, La casa sin sosiego, en la cual agrupa poemas en cuyo gesto estético afronta el tema de la Violencia mediante la metáfora y la alusión a días de sangre y de horror. Roca también leyó una muestra de su poesía y dialogó con un público que quiere su obra y que aplaudió la obtención por parte del poeta del Premio Casa de las Américas José Lezama Lima.

Igualmente, la poeta Piedad Bonnet condujo su reflexión por las tierras de las poetas latinoamericanas Delmira Agustini, Gabriela Mistral y Blanca Varela, para insistir en la presencia fundacional de estas voces que aún repercuten en la historia de las letras de nuestros países. Bonnet, poeta y novelista, autora de los libros De círculo y ceniza, Las tretas del débil y Nadie en casa, entre otros más, participó en un recital de poesía al lado de Carmiña Navia, Carlos Patiño y Hernando Urriago.

De otro lado estuvo el novelista y profesor vallecaucano Fernando Cruz Kronfly, autor de novelas y ensayos de renombre internacional.  Sus palabras volvieron a conducirnos por los senderos de una escritura cuyas claves descansan en la soledad y la memoria, espacios donde el oficio del escritor cobra sentido mediante la lectura y la delectación de las palabras que otros han saboreado antes que nosotros. En esto coincidió con el profesor y poeta Carlos Vásquez Zawadzky, hoy jubilado de la Escuela de Estudios Literarios, quien se refirió al universo creativo de Arturo Álape, específicamente sobre su última novela, El cadáver insepulto. La mirada plural de Vázquez logró rescatar la faceta de novelista y ensayista de Carlos Ruiz, más conocido como “Arturo Álape”, muerto el año pasado en Bogotá.

Y, claro, también hubo espacio para la pregunta por la crítica literaria en el contexto colombiano. En primera instancia, el profesor jubilado Eduardo Serrano profirió una conferencia sobre la omniscencia del narrador, recurriendo a ejemplos de la narrativa contemporánea. Posteriormente, Olga Lucía Vallejo, profesora de Literatura de la Universidad de Antioquia, compartió la propuesta que lidera en torno a la construcción necesaria de una Historia de la Literatura Colombiana en la que se invita a participar a toda la institución literaria nacional. Enseguida, los profesores Juan Moreno, Fabio Martínez, Carlos Rosso y la misma Olga Vallejo integraron una mesa en la cual la discusión derivó hacia problemas como el de la “tradición de la pobreza” –que, en consenso de todos, no existe en nuestro medio—y de la necesidad de actualizar el canon crítico en nuestros estudios literarios.

Entre poesía, cuento y libros 

La poesía tiene un lugar especial en la Escuela de Estudios Literarios y en la Facultad de Humanidades, donde no en vano sale año tras año la Colección Escala de Jacob y desde donde tiene origen la Feria del Libro Pacífico. En la celebración de los diez años de la unidad académica sonaron los versos de poetas como Piedad Bonett y Juan Manuel Roca, al lado de las voces de Carmiña Navia, Carlos Patiño, Óscar Osorio, Julián Malatesta, Laura Lee Crumley y Elizabeth Marín. Y los cuentistas también llegaron con narraciones cargadas de elementos amorosos y urbanos: Orlando López, Tim Keppel, Harold Kremer, Alejandro López y Gabriel Alzate protagonizaron un verdadero duelo literario en el que finalmente el ganador fue el público y la propia literatura.

Cerrando el evento fueron presentados los libros publicados recientemente por los profesores de la Escuela. Hernando Urriago Benítez con El signo del centauro…; María Eugenia Rojas con Fabulaciones de Maqroll el Gaviero; Fabio Martínez con Balboa, el polizón del Pacífico; el grupo del antiguo PNU (Plan de Nivelación Universitario) liderado por el profesor Tito Nelson Oviedo;  Julián Malatesta con El mecanógrafo del parque, y Alejandro José López con Al pie de la letra –el primero de los Breviarios La Palabra—clausuraron una celebración a la que se sumó no sólo la comunidad académica univalluna sino otros sectores de la cultura de la ciudad; sectores que reconocen en la Escuela de Estudios Literarios una realidad académica y un espacio idóneo de discusión y de creación alrededor de la literatura, ámbito estético que mejor habla de nuestra condición humana.