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¡Que vivan la música,
la literatura y la gallada en Calicalabozo!: Andrés
Caicedo nos hace falta

Por El Zudaca*
Revisitando un cadáver exquisito
Uno debe tener un límite de días hasta donde se
puede volver atrás y empezar a comerse los días
perdidos, para terminar con una deuda de mil y de
allí en adelante vivirlos completos.
Andrés Caicedo
La reciente aparición y circulación del libro El
cuento de mi vida, Las memorias inéditas, Colección
Historias no contadas (Norma, 2007) --donde Luis
Andrés Caicedo Estela (Cali, 1951-1977), en tono
confesional, se ausculta, se exhibe sin pudor
alguno, se recrimina, se compadece, dialoga consigo
mismo, con su familia, con sus amores, con sus pocos
buenos amigos-- logra escenificar de manera
explícita los deseos y la intencionalidad de la
industria cultural en torno a la intensa publicidad
que lo personal, lo privado, lo íntimo tiene en las
sociedades actuales. Se reabren las viejas
discusiones y reflexiones sobre el escrito
autobiográfico como objeto fetiche u objeto
reliquia, como dispositivo de canonización y
sacralización de un autor que siempre cuestionó las
convenciones y normas establecidas de su tiempo,
hasta llegar a beber el néctar del ideal libertario
del desclasamiento, a navegar en zonas temporalmente
autónomas de marginalidad literaria, alcanzando
merecida consagración con la publicación de su
novela Que Viva la Música (Colcultura 1977),
texto pionero en la narrativa subterránea para
jóvenes en términos de profunda ruptura a nivel de
forma y contenido.
Luego su trágico suicidio, hace 30 años,
con 60 pastillas de Seconal en su habitación del
Edificio Corkidi, en el corazón de la Avenida sexta,
conmocionó a toda la pléyade adolescente de
angelitos empantanados que lo rodeaban, pero
conscientes de la revelación del paisaje infernal de
la absoluta coherencia de los actos con sus
palabras. Osadía concretada para no traspasar las
fronteras de la juventud.
El Panteón de la Contracultura**
Ya nos lo había advertido hace una década, Carlos
Patiño
- poeta y soldado voluntario del Ejército de
Salvación del Rocknroll--: “Calicalabozo el video
creación de Jorge Navas significó la (di)versión
onírica del mito, una ofrenda en el altar del héroe
contracultural, y el documental Un ángel del
Pantano, de Oscar Campo es la perversión del
mismo”, enfatizando que Caicedo, como todo sujeto
que accede a la celebridad y se convierte, a su
pesar o no, en un notorio ejemplo a seguir, al cual
no lo queremos dejar descansar en paz con tanto
culto e idealización semejante a la de rock stars
como Jim Morrison, Jimmy Hendrix y Kurt Cobain, lo
cual muchas veces no permite otro tipo de lecturas
más agudas y hermenéuticas que, en la delgadez de su
riqueza, nos ofrecen pistas y claves para entender
una de las más sugerentes, inteligentes, vitales,
trágicas, agresivas, divertidas y representativas
obras literarias de la segunda mitad del siglo XX en
Colombia.
Por encima de cualquier otra consideración, lo más
importante de este nuevo texto, rescatado de los
viejos baúles, es la plena vigencia de la estética
caicediana en el imaginario socio cultural de este
trópico embrujado, tanto así que Sandro Romero, uno
de sus lectores más avezados, define el carácter
aurático de la obra de A.C como una “feliz
amargura, y estas memorias como una poderosa manera
de enfrentarse a la autodestrucción, con las
herramientas intactas de un escritor que decide
inmolarse mientras se enreda en sus palabras”.
Estos manuscritos, guardados celosamente durante
tantos años,
nos regalan una bella polaroid introspectiva de sus
anhelos, sueños y temores, sus peleas con la
institución familiar, con la sociedad, con los
valores morales y culturales, sus afectos, odios,
desilusiones y desencantos con el séptimo arte, sus
incesantes proyectos, su relación con las drogas,
sus alucinantes visiones en el campo, sus fantasías
sexuales, sus depresiones sentimentales, en fin
todo un arsenal de variadas sensaciones que son
vomitadas como un soliloquio de angustiante
lucidez, hermosa honestidad y sublime sinceridad de
una escritura que nunca dejó de combinar de forma
esplendida la realidad y la ficción, la
autobiografía y las trampas de la imaginación, la
cinefilia y la obsesión perenne por la creatividad,
su rechazo genuino al mundo adulto, y escupir sobre
todo cuanto le pareciera una hipocresía del sistema.
Es inocultable y comprensible que actualmente la
obra de Andrés Caicedo se lee mucho más, y se relee
con misteriosa pasión, se inauguran colecciones en
la Biblioteca Luís Ángel Arango, se reeditan sus
libros de culto y se traducen a otras lenguas, se
montan adaptaciones teatrales, se cuelgan paginas en
Internet, sus escritos mutan hacia formatos
experimentales de video, se mercadea su imagen en
camisetas, se cita y se recita con devoción su
acertada definición sobre nuestra urbe Maldita
sea, Cali es una ciudad que espera pero no le
abre las puertas a los desesperados… donde todos
nos enrumbamos para luego derrumbarnos. Sin embargo
la apatía y el veto a su literatura en nuestra
ciudad sigue presente aún en muchas escuelas
públicas y privadas, que poco enseñan autores
locales, pues sus textos desmesurados, comprometidos
y tercos con representar la caleñidad
desde los ángulos más descarnados, viscerales,
amorales, a pesar de convertirse en piezas
memorables que documentan la decepción de la
juventud de la posguerra, la efervescencia del
espíritu juvenil en su negativa a aceptar el
aprendizaje tradicional, siguen siendo bastante
explosivos e incómodos para los parámetros morales
de las élites dirigentes, que no saben como
disfrazar el fracaso del proyecto de ciudad que
habitamos.
Esta nueva y mercantil entronización, deja entrever
la asimilación de su legado por parte de una cultura
oficial, ahora un poco más receptiva a aceptar las
formas narrativas y delirantes del universo
caicediano, singular mezcla de horror y vampirismo,
como de la salsa más salvaje de la Fania All
Stars, Richie Ray and Bobby Cruz, y la
actitud lumpen del espíritu rocker de Rolling
Stones, como bien lo sintetiza A.C en el gesto
transgresor de la carátula del libro. Agúzate que te
están velando. Aguante la calle y el sentimiento
afromestizo de la Calicalentura.
* Nómada urbano egresado de Comunicación Social,
Universidad del Valle
zudacaboy@ Hotmail.com
** Toda una serie de movimientos y expresiones
culturales, regularmente juveniles, colectivos, que
rebasan, rechazan, se marginan, se enfrentan o
trascienden la cultura institucional. Y por cultura
institucional se da a entender a la cultura
dominante, dirigida, heredada y con cambios para que
nada cambie, muchas veces irracional, generalmente
enajenante, deshumanizante, que consolida al status
quo y obstruye, si no es que destruye, las
posibilidades de una expresión autentica, además de
que aceita la opresión, la represión y la
explotación por parte de los que ejercen el poder,
naciones, centros financieros o individuos (
Jose Agustin, La Contracultura en Mexico. Ed
Grijalbo, Mexico 1996 )
*Nómada urbano egresado de Comunicación Social,
Universidad del Valle/ zudacaboy@ Hotmail.com |