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Al
pie de la letra: crítica y periodismo

El Programa Editorial de la Facultad
de Humanidades, en la Universidad del Valle, acaba
de publicar el primer volumen de su colección
Breviarios La Palabra.
Se trata de una recopilación de entrevistas,
artículos y crónicas de periodismo cultural,
recogidos bajo el título de Al pie de la
letra. Reproducimos aquí el prefacio escrito por
el propio autor.
Por Alejandro José López Cáceres
La crítica literaria de prensa tiene
su mayor hito, modernamente, en lo ocurrido con
The New York Times en 1896. Habiendo sido
adquirido por Adolph Ochs, este periódico incluyó
una sección especializada en libros. El nuevo
propietario decidió acoger la propuesta que le hizo
su esposa Iphigene, quien se había desempeñado como
crítica; sin embargo, Adolph puso sus condiciones.
Nada de lenguajes pretenciosos ni referencias
eruditas. El énfasis debía ser la información, el
análisis y la valoración de las obras; pero no se
admitía el uso de recursos que dificultaran la
comprensión. El mandato para redactores y críticos
fue claro: debían escribir para el lector común.
Seguramente, en aquel entonces, Mr. Ochs no
sospechaba la extraordinaria acogida que su
estrategia llegaría a tener. Ya para 1962, buscando
ser reseñados, llegaban mensualmente a The New
York Times más de siete mil quinientos libros.
Aunque la relación entre crítica y
periodismo es muy anterior a esta historia, lo
cierto es que en ella se sintetiza buena parte de
los criterios que normalmente la rigen. Habría que
agregar algunos más, desde luego, puesto que dicha
relación ha dado lugar a un género de escritura. En
la España de su momento, Azorín lo denominó “crítica
militante”. Ahora bien, más allá del nombre que
vayamos darle, vale la pena continuar con su
caracterización, especialmente porque este género
suele ser descalificado e incomprendido desde otros
espectros de la crítica literaria y cultural. En la
academia, por ejemplo, con frecuencia se le echa en
cara una cierta falta de rigor. Pero no hay tal. El
trabajo en los medios de comunicación posee sus
requerimientos
--como espacios reducidos para el
desarrollo de la argumentación o la obligación de
orientarse hacia un público masivo--, así que toda
labor crítica que se inscriba en ellos deberá
derivar de circunstancias como éstas su particular
sentido del rigor.
Destaquemos dos rasgos más de una
definición general. La crítica hecha en prensa se
juega su apuesta definitiva por convencer al lector;
así que, dada la brevedad de los espacios
disponibles, esta práctica equivaldría a los cien
metros planos de la persuasión. Si al cabo de su
argumento el autor no logra la adhesión del lector,
su labor no habrá quedado del todo completa y un
tufillo de fracaso rondará. De otro lado, notemos
que los escenarios dispuestos para este tipo de
escritura son magazines y revistas --muchos de los
cuales circulan insertos en grandes periódicos--; es
decir, estamos frente a textos que reciben un
particular tratamiento editorial, alejados del
ámbito noticioso. Esto indica que quien los lee no
se interesa en ellos por razones estrictamente
informativas, sino por motivos que están ligados de
modo íntimo a las necesidades de esparcimiento y
reflexión. En consecuencia, dichos textos han de
acoger el reto creativo de desplegar una escritura a
la vez amena y perspicaz.
Si nos detenemos a considerar el
ministerio cultural que se ejerce desde esta
crítica, comprenderemos por qué Azorín la denominó
del modo en que lo hizo. Lo primero será señalar su
vocación divulgativa. En efecto, los magazines y
revistas, como ya hemos dicho, suelen parasitar los
espectros de circulación de la gran prensa. Esto les
permite el acceso a circuitos considerablemente más
vastos que los alcanzados por el libro --muchas
veces, en zonas rurales y territorios apartados,
llegan a ser el único contacto con el mundo
literario y cultural--. Quizá dicha circunstancia
ayude a explicar los motivos para que aquí y allá
estas publicaciones sean tan apetecidas e incluso
coleccionadas.
Pero donde se deja ver con mayor
nitidez la idea de una “crítica militante” es en su
disposición hacia el debate. No pocas veces
encontramos que los suplementos culturales, por
ejemplo, sirven de escenario para controversias y
discusiones, polémicas y querellas. De esta manera
--propiciando la confrontación de ideas entre
artistas, escritores y críticos-- hacen un valioso
aporte al fortalecimiento del campo cultural. Con
todo, en nuestra época hay un gran riesgo que
merodea como tiburón hambriento y que amenaza con
engullir la posibilidad del disenso. Digámoslo así:
cuando la crítica hecha en prensa no mantiene su
autonomía de criterio respecto de la industria
cultural, queda convertida en un mero aparato
publicitario y, con ello, desvirtúa su razón de ser.
Los quince trabajos recogidos en este
libro han sido escritos a lo largo de una década y,
en términos generales, se allegan a la
caracterización del tipo de crítica que hemos venido
reseñando. Por haber sido publicados en diversos
momentos y lugares, se han remitido en notas a pie
de página sus procedencias. Y para tratar de darles
una presentación más armónica, han sido catalogados
en tres grandes apartados: entrevistas, artículos y
crónicas.
La miscelánea de tipos textuales a
que se ha apelado tiene que ver con los variados
requerimientos de la crítica literaria y cultural
cuando se vincula con lo periodístico: persuadir,
reflexionar, entretener, divulgar, debatir.
Entonces, se ha echado mano al gran repertorio que
la tradición nos ofrece. Desde modos de escribir tan
antiguos como el diálogo (Las páginas que le
sobran a Capote) y el apólogo (Apólogo del
taller literario), pasando por el moderno ensayo
(Diversas maneras de contar), hasta llegar a
los más contemporáneos como la crónica periodística
(El rey más difícil de coronar) y la
entrevista (Enrique Vila-Matas o la libertad del
escritor).
Finalmente, tal vez quepa la opción
de cerrar esta presentación anotando algo
relacionado con el periodismo en general. Y es que
el paso de los años hace que su ejercicio termine
convertido en un insumo clave para la memoria. En el
caso de este libro, valdría la pena ilustrar lo
dicho señalando que dos de los escritores
entrevistados --R. H. Moreno-Durán y Arturo Alape--
ya no están entre nosotros; de modo que sus palabras
aquí recogidas tienen hoy un valor especial. También
es cierto que otros textos fueron escritos desde el
comienzo con la intención de ser homenajes. Tal es
el caso de las crónicas sobre Estanislao Zuleta y
Carlos Restrepo, dos maestros fallecidos hace ya
varios años a quienes muchísimo se les adeuda y
tanto más se les aprecia.
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